La investigación empieza con una sospecha. Patricia Chaina encuentra un diario de 1939 que afirma que a Tomás Marilef, su bisabuelo mapuche, lo mataron cerca de Bariloche para robarle un revólver. La versión contradice la memoria oral familiar. Decide indagar y demuestra que lo que ocurrió fue otra cosa: le arrebataron un campo fértil de 17.000 hectáreas donde vivía con otras cinco familias mapuches. Esa fue al génesis de la obra El alambrado.
Ese trabajo se convierte en su tesis de maestría en Comunicación en la UBA. A partir de ahí, sus primas toman ese material y lo transforman en un biodrama que cruza historia e identidad. El alambrado se presenta en El Galpón de Guevara (Guevara 326, CABA), cada sábado hasta el 11 de mayo inclusive. Actúan Cielo Chaina, María del Valle Chaina y Luciana Wiederhold, bajo la dirección de Catalina Krasnob.
“El genocidio indígena fue nuestra primera tragedia, la fundacional. Conocerlo y saber cómo se consolidó en el período de población en el norte de la Patagonia nos fortalece como país. Para que las nuevas generaciones tomen conciencia y nunca más se repitan situaciones semejantes. El caso es único porque sus antecedentes, que incluyen un juicio en 1939, aún se conservan en el Archivo Histórico de la provincia de Río Negro. Esto le permitió a la familia recuperar la historia oficialmente silenciada. Y hoy llega a la escena teatral porteña para hablar de la identidad indígena, la discriminación, la vergüenza y el orgullo de saber lo que pasó”, afirma Chaina.

-¿Cómo surge la idea de hacer este biodrama?
-Es algo que no fue buscado. Mi mamá siempre traía a las conversaciones familiares la figura del abuelo Tomás y que lo habían matado para quitarle el campo; eso estaba siempre dando vueltas. Pero nunca hubo nada que lo confirmara y, al imaginar a mi bisabuela echada con sus siete hijos, sentí la necesidad de una reparación, de que se sepa la verdad. Era una familia indígena que trabajaba en un campo junto con otras cinco familias mapuches: tenían el concepto de unidad económica, no era una propiedad individual sino comunitaria. Y se los quitaron. Desde una motivación racista, se las entregaron a gente que supuestamente buscaba eficiencia, pero en realidad eran ladrones violentos de una cultura ancestral que se conecta con la naturaleza. La conquista había hecho lo suyo, cultural y socialmente. No eran muchos, pero eran los que estaban ahí, y aun así lo hicieron. Logré demostrar con documentos todas las complicidades estatales para que vinieran y arrebataran esas tierras. Yo sabía que después se refugiaron en una gruta y que en la entrada pusieron las chapas que quedaron del techo de la casa. Esa imagen me impulsó a seguir. Cuando terminé, mis primas tomaron la investigación y la tradujeron a un lenguaje teatral para llegar a más gente.

-¿El teatro tiene una fuerza única?
-Sin dudas permite hablar, por ejemplo, del racismo estructural de nuestra sociedad de otra manera. Eso fue un hallazgo. Durante siete años investigué en archivos oficiales de toda la Patagonia. Encontré denuncias que hacía mi bisabuelo porque lo amenazaban, cartas al gobernador diciendo “Me quieren sacar de la tierra”, y también escritos de otros pobladores en su defensa. Todo eso arma la investigación que, cuando se la cuento a mis primas, las lleva a trabajar sobre su propia historia y sobre qué significa ser mapuche. Deciden hacer un biodrama con ese material. Ya es ganancia. En nuestra familia hay también árabes, una abuela española, abuelos alemanes. Todas esas ramas pueden contar de dónde vienen, pero la parte indígena siempre quedó silenciada.
-¿Por qué está tan estigmatizado ser mapuche?
-Es algo que se construyó desde la educación y desde la religión, porque así convenía. Se intentó invisibilizar un pasado que es nuestro en nombre de un supuesto progreso. Además, hoy hay un uso político de lo mapuche que funciona como cortina de humo en negocios inmobiliarios y en la entrega de soberanía. Vivir en Buenos Aires a veces hace que esa raíz parezca lejana, pero acciones como esta forman parte de una recuperación de la identidad. Mis primas lo descubrieron en la pandemia; yo había empezado dos años antes. Entendimos que hay sectores que lo ven como una amenaza permanente. Sigue habiendo conflictos de tierras y decenas de litigios activos en el país. Terratenientes con títulos dudosos intentan desalojar comunidades y muchas veces lo logran. Ocurrió en Cushamen, donde murió Santiago Maldonado. También aparece en la última película de Lucrecia Martel sobre el cacique Chocobar.
-¿Eso es lo más importante?
-Que se pueda hablar del tema, hacerlo visible. Entender que hubo pueblos nativos con una forma propia de ver el mundo. Más allá de haber demostrado que no lo mataron por un arma, sino para quedarse con sus tierras, también demostré que el poder institucional respaldaba a quienes hostigaban y asesinaban indígenas. El caso de mi familia es excepcional porque se puede documentar, pero funciona como reparación. Es una forma de justicia para los pueblos originarios. La Universidad Nacional de Río Negro lo reconoció y a partir de eso se hizo esta obra.
El alambrado
Biodrama de una familia mapuche. Con Cielo Chaina, María del Valle Chaina y Luciana Wiederhold, bajo la dirección de Catalina Krasnob. Sábados de abril a las 19.30, en El Galpón de Guevara, Guevara 326.