Diez años después del portazo del Brexit –la decisión del Reino Unido de romper con los preceptos comunitarios de la Unión Europea (UE)– los británicos entendieron que en este mundo no es bueno andar en soledad. Los números del bienestar prometido por los sectores fascistas que auspiciaron el quiebre no existen. En todas las áreas de la economía las cosas dieron mal. Ahora, en consecuencia, los británicos quieren volver a la UE y están decididos a aceptar normativas que en aquel 23 de junio de 2016, el día del nefasto referéndum sobre la escisión, parecían una entrega de soberanía: el libre tránsito de personas y la integración de su fuerza nuclear a la defensa continental. En estos diez años se sucedieron seis primeros ministros, una realidad símil Perú que en días del aniversario se cargó a Keir Starmer y en la onda occidental deja con fichas blancas a la ultraderecha que jugó por el Brexit.

Starmer renunció al máximo cargo ejecutivo y al liderazgo del Partido Laborista desde la puerta del emblemático 10 de Downing Street (ver aparte), para ponerle la lápida a uno de los mandatos más breves y convulsos de la historia reciente. Estuvo en la histórica casa del barrio viejo de Londres apenas 717 días desde que el laborismo ganó las elecciones generales de 2024 con una mayoría no recordada en la Cámara de los Comunes. La dimisión no fue producto de un solo error sino de una sucesión. En las elecciones de mayo pasado el laborismo perdió 1114 concejales en todo el Reino, mientras el fascista Reform UK, el partido antiinmigración, ganó más de 1450. Los resultados fueron leídos como si la votación hubiese sido un plebiscito sobre la gestión Starmer.

No está a la vista ningún nuevo referéndum para revisar aquella decisión, pero hoy el 57%  de los británicos reconoce que el Brexit fue un error, y si hoy hubiese una nueva consulta el 63% pediría que se priorice la relación con la UE en todos los ámbitos, y estaría dispuesta a aceptar a trabajadores de otros países. Con su encuesta, el Centro Europeo de Relaciones Internacionales de Bruselas –sede de los organismos administrativos de la UE– sorprendió al mundo, pues sus índices sociopolíticos van en contra de la ola xenófoba europea. Frente a lo que dicen sus líderes, el 84% de los laboristas y el 59% de los conservadores se mostraron a favor de la libre circulación de personas en el espacio UE.

La simpatía por Europa es mayoritaria entre los jóvenes. El 70% de quienes hace diez años no podían votar son hoy partidarios de volver al ámbito comunitario. Creen que el Reino debería establecer una estrecha relación comercial con el continente, incluso si eso significara permitir que los ciudadanos de Gran Bretaña y de la UE viajen, vivan y trabajen libremente en los territorios de los otros. La ultra derecha del ReformUK de Nigel Farage encabeza las encuestas electorales con una oposición extrema a la UE. Paradójicamente, Níger es el gran beneficiario de los daños provocados por el Brexit, aunque hace una década fue el mayor impulsor de la salida. Logra canalizar el disgusto de adultos y jóvenes para quedarse con algo más del 30% de los votos.

Un analista del diario catalán La Vanguardia, prolijo seguidor del tema, recuerda que en el momento del referéndum “el mundo era más predecible”, y habla de la “errática” política del presidente norteamericano Donald Trump –que provocó guerras tanto militares como económicas–, el auge de China y la eclosión de la inteligencia artificial, un paquete que hace del mundo actual un lugar más peligroso. La encuesta del Centro Europeo auscultó sobre un escenario de crisis global, incluyendo un eventual choque entre las superpotencias. El 47% estimó que sus intereses estarían mejor en manos europeas y solo un 10% consideró que Estados Unidos los defendería mejor. Y más: ante la posibilidad de que Gran Bretaña sufriera un ataque militar, el 72% se mostró seguro de que algún socio de la UE acudiría en su ayuda. Solo un 35% cree que Estados Unidos también lo haría.

La ultraderecha explotó el odio de los británicos a los inmigrantes para, con una campaña sucia conducida por expertos, y en la que se puso en juego toda la parafernalia informática que ya había irrumpido en la vida política de los pueblos, aprovechar el descontento anti UE. Ninguna de las promesas se cumplió. La vida al margen del resto de Europa supuso más burocracia, menos trabajadores comunitarios y alimentos y servicios más caros. En esta década la economía se retrajo de un 6 a un 8%, el empleo es un 3% menor, la productividad también cayó un 3%, la inversión empresarial se derrumbó entre un 12 y un 18% medida sobre la trayectoria esperada, el costo de la vida se disparó y los nuevos acuerdos comerciales con países de fuera de la UE no compensaron la pérdida de negocios con Europa.

La salida de la UE se dio por un estrecho margen. Sólo el 51,9% había votado por el Brexit, un índice demasiado bajo para una decisión de semejante centralidad. El referéndum operó también como un poderoso factor de ruptura en términos generacionales, con los jóvenes votando por quedarse y los mayores de 50 –más permeables a una campaña publicitaria mentirosa– partidarios del portazo. Brexit: the uncivil war, una película documental de 2019, mostró cómo la consultora política Cambridge Analytica y el inescrupuloso estratega electoral Dominic Cummings utilizaron técnicas de big data y las redes sociales para redireccionar las tendencias de la opinión pública y así lograr que, con su larga historia y su corta memoria, los británicos rompieran con la comunidad a la que ahora querrían volver. «

Larry, el gato justiciero del 10 Downing Street

El 10 Downing Street existe como residencia de los primeros ministros del Reino Unido desde hace 291 años, pero para los argentinos sólo tiene 44, porque recién cobra entidad con la aparición de la ultra liberal Margaret Thatcher (1979-1990) como cruel protagonista de la Guerra de Malvinas. De esos años poco se conserva en la majestuosa casona de la peatonal londinense, salvo la vajilla de porcelana Royal Albert, de finos motivos florales y bordes de oro, con la que desde hace un siglo y medio se cumple el ritual del Five o’clock tea. Sigue reinando, eso sí, el Chief Mouser to the Cabinet Office (el Jefe Ratonero de la oficina del Gabinete), y a él se destina un presupuesto creciente, dado que al irse Thatcher dejó una población de ratas sólo comparable a la de las áreas más insalubres del Reino.

Sin necesidad de moverse como gato entre la leña, simplemente porque es imprescindible, en medio de una década de inestabilidad política que se devoró seis primeros ministros, la única figura intocable de Downing Street es Larry, un felino callejero de pelaje bicolor que desde hace 19 años –todo un récord para un gato– está encargado de mantener a raya a las ratas que se aquerenciaron en el 10 de la célebre callejuela desde aquella otra década. La primera evidencia de la existencia de un comandante en jefe gatuno es de 1929, cuando el Tesoro autorizó el gasto de «un penique diario de la caja chica para mantenimiento de un gato eficiente». Tres años después el gasto pasó a ser de 18 peniques por semana y desde principios de este milenio el cat salario se situó en 100 libras (10 mil peniques).

Larry fue incorporado al gobierno durante el mandato de David Cameron (2010-2016) y compartió gabinete con conservadores y laboristas: Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak y el todavía vigente Keir Starmer. No pudo superar aún el orgulloso pasado de Peter III, que convivió con figuras de lustre, como Clement Attlee, Winston Churchill, Anthony Eden, Harold MacMillan y Alec Douglas-Home. Sin embargo, sólo por ser un efectivo combatiente de las ratas, ostenta una galería fotográfica que muchos presidentes americanos querrían igualar: Barack Obama, Emmanuel Macron, Ángela Merkel, Lula da Silva, Hugo Chávez, Silvio Berlusconi y hasta el aventurero Volodímir Zelenski.