¿Qué hora es? La vecina está lavando el patio, es la tercera vez en la noche y no sé cuántas veces lo hizo en el día. No puedo concentrarme. Bajo el libro y suspiro. El balde raspa, el agua corre. La enredadera separa los patios, es lo único que veo por la ventana de la cocina. La luna no tiene suficiente fuerza para iluminar. Tengo la ropa húmeda, la piel pegajosa, me tendría que haber bañado apenas terminé la rutina que mandó el profe. Sobre la mesa están los platos sucios. Los levanto. La casa está prácticamente a oscuras. Vera está en el sillón, no se puede dormir: ¿Vamos a jugar papi? Vera vive en Rosario, yo en Buenos Aires. Estamos juntos en cuarentena. No sé como explicarle que si es la tercera vez que la vecina baldea el patio en la noche debe ser tarde. Internet no anda, se traba, cable no tenemos, Julia lee bajo el velador, una explosión amarilla llega desde la pieza. Dale, papi ¿jugamos? Y sí, Veri, por qué no, vamos a jugar. La luz del patio está quemada, pruebo varias veces con el interruptor; no es grande el patio, tiene cuatro metros de ancho por siete de largo; los objetos parecen flotar en las sombras, sobre las baldosas; por todos los laterales las plantas rebalsan, también son manchas negras. Encuentro la pelota bajo el jazmín. No entiendo qué hace una pelota en lo de Julia; el cuero pelado, húmeda, pero por suerte inflada ¿Qué hora es a todo esto? Busco arriba el pedazo de cielo que nos corresponde, pero un tanque de agua me lo tapa. Una estrella se asoma como jugando a las escondidas; no sé si es intrépida o está perdida, pero brilla. Corro la mesa, algunas macetas. Vera se está sacando el pijama de unicornios, le gusta presentarse de manera formal a nuestros encuentros. Botines, camiseta, todo. Empieza el partido, ella patea, yo pateo, un pedazo de planta vuela y Vera quiere que juguemos brusco, más brusco, le gusta que le haga fules, que la tire de la camiseta, que nos caigamos juntos. Tiene seis años, patea con la derecha y pienso que le sería fácil aprender, ahora que es chiquita, a patear con la zurda, pero no digo nada, que aprenda después, si ella quiere. Me da un pelotazo en los huevos y se ríe, sus dientes y ojos brillan en la noche. Se te van a escapar los pollitos, me dice y ríe más fuerte, yo no me quedó atras, y nuestras risas suenan en la ciudad como perros vagabundos; yo pateo, ella patea, otras hojas vuelan junto con una maceta, Vera cruza el dedo índice en su boca, le digo ok y me callo, hacemos caras raras, cómplices, y escondemos las hojas rotas para que Julia no se dé cuenta. Seguimos el partido; pateo con zurda, le pego mal y pum, se la doy en la cara. Vera llora y no quiere jugar más; me mira con bronca, me dice que no pertenece al fútbol, sus compañeras no se la pasan. La dejó desahogarse, llora un rato y cuando para le digo que fue dos veces nada más a fútbol. Ya te la van a pasar, cuando vuelvan los entrenamientos. No, no, no pertenezco, jamás voy a pertenecer. Y llora de nuevo, nunca voy a jugar como vos, me dice. Yo callo. Ahora se sentó en el piso apretando sus rodillas contra el pecho y sigue: extraña a su mamá, a sus abuelos, a sus amigues de la escuela, a su monopatín, a Willy, que era mi perro, y aunque ella nunca lo conoció sabe que dormíamos juntos cuando yo tenía su edad. ¿Por qué se tuvo que morir Willy?, me pregunta, y yo también me lo preguntaba, hasta que fui grande me hice esa pregunta, pero no digo nada porque yo también extraño a Willy. La vecina tira otro baldazo, con bronca, parece, el secador vuela contra el piso, también refunfuña, enojada, no la veo, pero la imagino, debe estar molesta por nuestros ruidos, no sé cómo se llama, vive sola, prende y apaga la luz de su patio, como pidiendo S.O.S. Vera se pone de pie y me mira, tiene los ojos brillosos, se acomoda el pelo con decisión, dice: ¿podemos jugar un rato más? Le paso la pelota y la para con la suela, la duerme un rato ahí, parece olvidarse de todo y se prepara para patearme. Toma carrera, yo me agacho y abro los brazos, estamos a tres metros, mi arco es una silla y la bici pinchada. Antes de arrancar me hace un gesto con la mano, para que espere, y me pregunta:

-Pá, ¿cuándo te vas a quedar a vivir acá para siempre conmigo?

La vecina nos hace shhhh, shhhh. Con bronca.

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-Estoy acá, Veru, ¿me ves? Estoy acá. Dale pateá.

Y Vera se ríe de nuevo, está corriendo, a punto de hacerme un gol.