Termina el partido y en el grupo de whatsapp familiar hay 253 mensajes. Solo leo el último, donde Sobrina Maca escribe: “El hombre de mi vida, después de mi marido, es el Cuti Romero”.


Cuando la Selección Argentina caminaba por la cornisa del abismo en Atlanta ante un Egipto tácticamente perfecto, la fisonomía del defensor cordobés emergió entre la desesperación como la cuota de calma necesaria. El reloj devoraba las ilusiones en esos octavos de final que parecían sentenciar una despedida prematura del Mundial, pero un centro de Messi encontró el cabezazo furioso del Cuti para revivir los corazones rotos. Sin siquiera festejar el 1-2, sin un grito ni un abrazo con los compañeros, Romero salió galopando hacia la mitad de la cancha para apurar el reinicio del juego, revoleando los brazos en señal de arenga por la épica posible. El Cuti inició la milagrosa remontada.

El Cuti Romero, nuestro hombre de hierro más querible
Foto: @CONMEBOL

Ese gol sintetiza a la perfección el espíritu competitivo de un hombre que habita las áreas propias y ajenas como si fueran un territorio de guerra. Su brutal despliegue físico desborda los límites de cualquier esquema, persiguiendo delanteros hasta la mitad de la cancha con una ferocidad que muchas veces coquetea peligrosamente con las tarjetas rojas. El Cuti juega siempre al límite absoluto.

Esa misma vehemencia es el combustible que alimenta su estatus de héroe nacional inamovible en la selección de Scaloni. Mientras en el fútbol inglés lo cuestionan por border, aquí se lo espera con la devoción que se le profesa a un gaucho corajudo y primitivo, capaz de poner el cuerpo faca en mano frente a la adversidad que haga falta. Cuti Romero transforma el temor en rebeldía.

El Cuti Romero, nuestro hombre de hierro más querible

Sin embargo, detrás de esa armadura intimidante de gladiador rústico que promete no perdonar ni a su propio padre si vistiera la camiseta contraria, habita un muchacho sencillo que conserva intacta la frescura de sus orígenes en Córdoba. Esa particular contradicción entre el verdugo implacable en la cancha y el pibe tímido pero siempre sonriente que les hace escuchar cuarteto a sus compañeros en la intimidad, genera una empatía genuina con el pueblo futbolero. Es imposible no tomarle cariño al Cuti.

Terminada la batalla ante Egipto, cuando las cámaras siguieron durante largos minutos a Messi y su llanto, apareció otra vez en escena el Cuti. Se abrazaron seis veces. Los veinte centímetros de altura que le saca Romero a Lionel, hicieron la imagen aún más conmovedora: las lágrimas del 10 fueron a secarse al pecho inflado del cordobés, que apenas le susurraba vaya uno a saber qué mientras lo envolvía con sus brazos tatuados. El rústico se volvió pura ternura y allí nació otra postal histórica de este Mundial inolvidable.

El Cuti Romero, nuestro hombre de hierro más querible