Suiza es un país impecable. Hasta los paisajes son perfectos (y lo son en verdad), acompasados en lagos, bosques y ríos. Aunque de vez en cuando te sueltan un Rousseau (1712-1778) que piensa la política, un Pestalozzi (1746-1827) que transforma la educación o un Ziegler (1934-2026) que expone al poder.

Hablaremos pues de Jean Ziegler, doctor en derecho y en sociología. El año 1934 nació como Hans Ziegler, en una acomodada y prestigiosa familia de Zurich. El padre era a la vez juez y coronel, en el envidiable sistema de ciudadanos-soldados que caracteriza a Suiza. Estudió en el París de los años ’50 (¡suertudo!) y entre jazz y libros conoció a Sartre y Beauvoir y escribió en “Les Temps Modernes”. Fue cuando Simone le sugirió cambiar el nombre a “Jean”. El joven Jean completa los estudios en Nueva York y en Ginebra, la que será la ciudad elegida para vivir. Pero el Ziegler que vuelve al pago ya es existencialista, marxista y cristiano. Ha nacido un traidor a la clase de origen, sin duda un rebelde. En 1964 dicen que ofició de chofer de una delegación cubana, pues en Ginebra existe una sede de las Naciones Unidas. Ziegler pidió ir a la Isla para combatir al imperialismo, pero quien encabezaba la delegación le dijo que debía quedarse en “el cerebro del monstruo” y luchar desde allí. Las victorias que consiguiese serían de todos. Y así fue.

Será profesor, concejal en Ginebra y, diputado en Berna. Esa trayectoria es inseparable de los artículos y libros con que Ziegler la emprende contra la trama de la injusticia que estructura al mundo. Y empieza por casa. En efecto, considera que la posición de Suiza no es inocente. En 1976 publica Una Suiza por encima de toda sospecha, en la que denuncia las cuentas discretas en las que multinacionales y dictadores esconden los dineros mal habidos. Insiste en 1990 con Suiza lava mejor, libro en que condena las facilidades prestadas por la banca suiza para blanquear capitales de manchada procedencia, en especial del narcotráfico. Es demasiado. Atentaba contra la respetabilidad del establishment. Falta que denigre al chocolate y estamos hechos, sin duda pensaron en Berna. Así que Ziegler será despojado de los fueros parlamentarios y entregado para quedar a merced de bancos y especuladores. ¿Traidor a la Patria? Discutible. De Arnold Winkelried a Guillermo Tell, la historia Suiza tiene héroes populares que vencieron a imperios, como el Habsburgo, y derribaron duques, como el de Borgoña. Si fue hace tanto tiempo, ¿por qué no ser héroe ahora? Por suerte para Ziegler los libros se vendían bien, ya que las demandas lo dejaron en la lona. Para qué. En 1997 se les para de manos de nuevo con Suiza, los muertos y el oro, donde denuncia la complicidad de la banca helvética con el régimen nazi, así como la reticencia en entregar los fondos depositados a los sobrevivientes del Holocausto en los años de posguerra. Así es como nuestro revolucionario atestigua ante el comité bancario de los Estados Unidos, en el marco de una causa iniciada por el Consejo Judío Mundial, para que al menos no se la llevan toda de arriba y algo pueda volver a los legítimos propietarios. Tuvo éxito.

La lucha de Ziegler no se acantona en Suiza. Incansable, recorre lo que llamamos hoy el sur global, que por entonces ya era “el tercer mundo” para denunciar libro a libro el orden mundial dominante y dar a conocer al público europeo quiénes son los rebeldes. Cada escrito que publica es un manifiesto. Aquí denuncia al Estado de Israel que oprime a Palestina, allá informa sobre las insurrecciones en África, alerta sobre la desigualdad en América Latina, y apoya a las tropas cubanas y angoleñas que terminan con el apartheid en Sudáfrica. Un tipo que molesta.

Luego vendrán para Jean Ziegler los años de Naciones Unidas, donde desempeña el rol de miembro informante sobre el hambre en el mundo. Con la misma fuerza que Rousseau –otro ginebrino- abre el “Contrato social” con “el hombre nace libre, y sin embargo está encadenado en todas partes”, Ziegler muestra y demuestra que el mundo produce bastante alimentos para todos los habitantes del planeta, pero que el hambre está en todas partes. Al no ser un fenómeno natural, como lo pregonan las oligarquías “cosmócratas”, entonces es una decisión política. Esa decisión política tiene una cara económica: el endeudamiento externo. Si hay deuda, entonces habrá hambre. Para Ziegler, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio son los jinetes de ese apocalipsis neocolonial. “La obsesión patológica por el beneficio de sus respectivas oligarquías guía las políticas exteriores de los Estados occidentales. Constituyen democracias internas, pero practican el fascismo exterior frente a los pueblos del Sur y aplastan toda rebeldía”, escribió por entonces. Fue leal al consejo que le dio Ernesto “Che” Guevara en los años ’60, cuando hacía de chofer y quería salir a tirar tiros. Hasta siempre, Jean Ziegler, que “en la resistencia está todo el hidalgo valor de la vida”.