El pensamiento contemporáneo debe despedirse de uno de sus faros más longevos, ascendentes y preclaros. El influyente filósofo, sociólogo y ensayista francés Edgar Morin falleció este último viernes a los 104 años de edad, según confirmó su familia al periódico parisino Le Monde.
Creador de la teoría del pensamiento complejo y referente ineludible de la intelectualidad, en un lapso que va desde la segunda mitad del siglo XX a las primeras décadas del XXI, Morin dedicó su muy extensa trayectoria académica y vital a combatir la intolerancia y a desarmar los reduccionismos teóricos. Es para destacar, además, que lo realizó a través de una mirada despejada, sumamente amplia, que tuvo una connotación y una esencia profundamente humanista.
En realidad, Edgar Morin, luego de su nacimiento, el 8 de julio de 1921, en los suburbios de la ciudad de París fue inscripto bajo el nombre de Edgar Nahoum. Creció, desde entonces, en el seno de una familia de inmigrantes judíos laicos. Ya muchacho, adoptó el seudónimo «Morin». Lo hizo durante su incorporación a la Resistencia contra la ocupación del nazismo en 1941, al tiempo que paralelamente decidió su afiliación y el comienzo de su activa militancia en el Partido Comunista francés.

El propio pensador calificaría más tarde como sus dos grandes errores de juicio el haber defendido inicialmente una resistencia de carácter pacífico frente al flagelo del fascismo y, casi al mismo tiempo, su temprano respaldo al estalinismo. Con el tiempo, justamente, pasó a renegar de las teorías y las prácticas del militar y revolucionario soviético, aunque lo hizo sin abandonar jamás su firme y decidido posicionamiento en las filas de la izquierda política.
A lo largo de su evolución intelectual, Morin rechazó las fronteras epistemológicas rígidas y prefirió definirse bajo el concepto de «humanólogo».
Desde esa perspectiva, su vasta obra articuló de manera orgánica elementos provenientes de la filosofía, la psicología, la etnografía y la biología con el fin de desentrañar la naturaleza de la condición humana.
Vale destacar que el corpus teórico de Morin quedó cifrado muy concretamente en la monumental propuesta del «pensamiento complejo». Este concepto, cuya premisa central exige conectar los saberes dispersos en campos de investigación de muy distinto índole y características, para poder interrogar fenómenos globales y multidimensionales.

La pantalla y la pelota
Su inquietud intelectual también dejó una huella indeleble en la historia de la cinematografía mundial. Durante los primeros años de la década de los ’60 se unió al trabajo del cineasta Jean Rouch. Esa conjunción resultó magnífica. Así Morin pudo concebir el exquisito documental Chronique d’un été (Crónica de un verano). La producción es otra de las perlas culturales que dejó Morin: se trata de un retrato directo sobre la vida cotidiana de un grupo de jóvenes parisinos, con una puntualización fundamental: a partir del interrogante sobre la felicidad, el documental permite generar e interpretar intensos debates en torno a las problemáticas de clase, raza y colonialismo.
Aquella experiencia estética es considerada como la que fundó el denominado «cinéma vérité», un original método de registro que verdaderamente marcó una revolución en las estructuras operativas y estéticas del género documental.
Esta mirada integral e indisociable de los fenómenos humanos lo convirtió a Morin, de manera acaso inesperada para la academia tradicional, en una referencia teórica fundamental para la comprensión y la táctica del fútbol contemporáneo.
En ese sentido, no fue sorpresivo que fuera elogiado y muy considerado por estrategas y entrenadores prestigiosos como César Luis Menotti, Matías Manna, José Mourinho y el preparador físico Paco Seirul. Es más: el Flaco lo calificó lo como «el padre de la concepción sistémica del juego». Es que Morin impugnaba la hiperespecialización y el saber parcelado, argumentando que un equipo (de fútbol o de lo que fuera en la vida) constituye un sistema vivo, guiado por la incertidumbre y la emergencia espontánea, donde el todo es siempre más que la suma de las partes.
El pensador supo definir al deporte más popular del planeta como una «poesía colectiva». Sin lugar a dudas era un ferviente apasionado que atesoraba la memoria el «éxtasis histórico» de Francia, al obtener la Copa del Mundo 1998, que se jugó en su país.
Décadas después, casi centenario, Morin manifestó su deseo de cancelar cualquier compromiso para volcarse por completo a la lúdica del juego generalizado.
La docencia y la circulación de sus ideas en el espacio iberoamericano y global ocuparon un lugar prominente en su biografía. Durante la década de los ’60 impartió cátedra en Santiago de Chile, además de ejercer la docencia en la Universidad de San Diego (California, Estados Unidos), ámbito donde asentó los cimientos conceptuales de su teoría. En lengua castellana, su legado bibliográfico se consolidó a través de traducciones fundamentales como Introducción al pensamiento complejo, Lecciones de la historia, La mente bien ordenada y los tomos que componen su obra cumbre, El método.
Tras conocerse el deceso del intelectual, a quien el diario Libération definió oportunamente como «el abuelo de todos los franceses y la memoria del siglo pasado», las máximas autoridades institucionales manifestaron su pesar.
Por ejemplo, el propio presidente de la República, Emmanuel Macron, despidió al pensador ponderándolo como «el humanismo hecho persona». Visiblemente consternado, el mandatario a su vez resaltó elogiosamente la historia de Morin, destacando su condición de soldado de la Resistencia, y también la de «un fervoroso militante, un hombre libre y un gran defensor de la naturaleza», cuya «incesante curiosidad continuará iluminando el porvenir cultural de Occidente».

El arte de Julio Le Parc, de Mendoza al mundo
Hace una semana se produjo el fallecimiento de Julio Le Parc a los 97 años de edad. Se trataba de una de las figuras más influyentes del siglo XX y un auténtico faro en el desarrollo del arte cinético y óptico a nivel internacional.
El artista había nacido en la localidad mendocina de San Martín, en 1928, y su excepcional trayectoria trascendió largamente las fronteras locales para conquistar los principales centros culturales del planeta entero.
La producción de Le Parc rompió los moldes de la contemplación pasiva y tradicional. Su prolífica obra se caracterizó por una constante y rigurosa experimentación con la luz, el movimiento real y reflejado, y, fundamentalmente, la participación activa del público, un elemento revolucionario que convirtió sus piezas en experiencias vivas y dinámicas. Con sus instalaciones lumínicas y sus célebres móviles, modificó de forma permanente la relación entre la obra de arte y el ciudadano común, transformando los museos en espacios de juego, sorpresa y democratización cultural.
Gran parte de esta revolución estética se gestó en Francia. Fue en ese país donde se radicó a finales de la década de 1950 y donde integró el histórico Groupe de Recherche d’Art Visuel (GRAV). Desde este colectivo de vanguardia, Le Parc fue uno de los mayores impulsores de las nuevas formas de interacción social y de estética que rápidamente llamaron la atención de la crítica especializada.
Claro que su consagración definitiva en la escena global llegó en 1966, año en el que obtuvo el Gran Premio Internacional de Pintura en la prestigiosa Bienal de Venecia, uno de los máximos reconocimientos a los que puede aspirar un artista en toda su carrera.
A lo largo de más de siete décadas de producción incansable, sus obras y grandes instalaciones cinéticas formaron parte de las colecciones de las instituciones más prestigiosas del mundo, incluyendo el Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York, el Centre Pompidou de París, y numerosos museos de Europa, América Latina y Asia.
A pesar de su proyección global, Julio Le Parc mantuvo siempre un lazo estrecho con su tierra natal. Fue de esto modo que Mendoza rindió homenaje a su figura en reiteradas oportunidades con muestras antológicas que celebraron no sólo su innovación técnica, sino también su inquebrantable compromiso con el acceso popular al arte contemporáneo.
Justamente, en ese sentido, en 2012, la provincia reconoció al artista plástico imponiéndole su nombre al Espacio Cultural ubicado en la calle Mitre de Guaymallén y fue una de sus últimas visitas a la provincia. «Que este Espacio lleve el nombre del artista plástico mendocino Julio Le Parc no es casual ni azaroso. Le Parc perteneció a una generación de artistas latinoamericanos que aportan al arte mundial la excelencia y la apertura a nuevas posibilidades expresivas contemporáneas. Es, ni más ni menos, que un homenaje a quien nació en nuestra provincia, recibió su formación en nuestro país e hizo trascender su obra al mundo», explicaron en su momento desde el gobierno de Mendoza.