Vuelvo a citar, esta vez más completamente a don Antonio Machado: «Españolito que vienes al mundo te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón».

También soy un buen «españolito» en el documento, a pesar de Rajoy y del bando incontrolable de fachas; pero además porque mi hija nació y vive aquí. En fin, por tal razón, Zaragoza es mi primera ciudad en el mundo. Ya lo dije.

No voy a ser hipócrita, no diré que me da igual o que festejaría un gol del contrario, no, que bah… Pero sí, reconozco, que la alegría o satisfacción de Vera me importan, aunque sus razones más íntimas, tal vez sus motivos de sentir un triunfo indiquen de una u otra manera, incluso el sentimiento que la pudiera guiar ante mi propia manera de sentir una derrota, o la de su abuela paterna, mi vieja. Lo ignoro totalmente. Cosas de la edad por un lado y cuestiones de relación personal actuales, por otro.

En fin. A los trapos, sean de Malvinas o Gibraltar. Me dispongo a sentar por primera vez y evitar ya más elucubraciones vanas en este novedoso sitio, rincón argentino en la ciudad que se llama «El Ciruja».

Algo cercano a la superstición se me viene cuando en la previa vuelven a entrevistar a ese dirigente del fútbol español tan parecido a Sturznegger. Ya no me causa gracia. En la previa se puso lindo el lugar con la llegada de mucha gente, casi toda en grupo familiar con el condimento argento. La carta promete y cumple, sobre todo una fugazzetta que hace tiempo no saboreaba más allá de la frontera porteña, exquisita.

Los shows de la final, un caso aparte… Cuando vi de lejos a Tom Cruise, lo confundí con un holograma de Sergio Denis. Alguien sentado detrás se confunde a no sé quién, perdón que no conozca a casi nadie del ambiente; y me dice que es Robbie Willams y veo que aparece a Shakira, una que sí robó hace 25 años de la mano de un crack del choreo del Estado que combaten, un tal Antonito de la Rúa. Todo se vuelve a dar vuelta como una pelota y lo peor es que siempre en las zonas bajas se nos pega el peor de los zapatazos. Asco. Lo dije en voz alta.

El partido fue lo de menos, el cansancio de los nuestros, alguna mala decisión en cambios y la expulsión de Enzo, anticipaban el desenlace.

Salí a la calle, satisfecho y agradecido con el lugar y con el marco que se amargó al final. Pero eso sí: salí a la calle con la sensación de querer compartir con mi hija su alegría, aunque el marco creativo y folklórico inmediato haya sido escaso de poesía. El ingenio tribunero español parece que quedó huérfano, aunque desde lo alto de la palabra ilumine la maravillosa verba de poetas como Machado, Hernández, Lorca, Gil de Biedma, Chicho Sánchez Ferlosio o Angel Guinda.

Nada que valga la pena recalcar por la morada baja, obviando ese «yo soy español!» que no llego a captar a quién se lo cantan, con tanto chaval alto y rubio, como otros negritos o mestizos. Por ahí, tal vez me pierdo algo, pensando en mi hija y toda la complejidad genética que lleva encima. Un aparte de observador curioso, se lleva la baja participación femenina en esos territorios corales entusiastas. A mínimos, digamos todo, o sea…un poco hielan el corazón de la alegría.

Una familia entera posa con vestimenta argentina en medio de la multitud, me puso de buen humor. Distensión y paz. Chapó a Zaragoza por el buen rollo. Mientras, no encontré a mi hija, y su única llamada perdida hacia mí, fue por equivocarse. Resignado pero tranquilo de saberla, me retiré a escribir estas cosas. 

Para este grupo comandado por Scaloni, una verdadera armada que entregó todo y que seguramente se renovará, más allá de que el 10 ya no forme parte de la foto y sea comienzo de leyenda para futuras generaciones: le damos las hurras. Con los botines puestos, la camiseta sin manchas a modo pelota y sobre todo, por haber convertido en trapo de honor una bandera que jamás se entregará de nuestra parte a quienes la quieren en la vitrina de los vencidos.

Como en todo, el fútbol no escapa como herramienta de construcción social y cultural: El que no sabe perder, nunca llegará a saber lo que ganó, así cantamos en «Los Perdidos», poderoso tema de Miguel Suárez en mi repertorio, y desde el cual en digna caravana saludamos ahora a la inolvidable Scaloneta. Corazón caliente.

Besos de esquina y abrazos de cancha.

El trapo como bandera