Mediados de los noventa. En plena ola de privatizaciones y en nombre de la “revolución productiva”, el gobierno de Carlos Menem impulsó la renovación de la maquinaria agrícola, obligando a los productores a hipotecar sus campos para hacer frente a los nuevos costos. Los intereses, pronto, se volvieron impagables y la pesadilla de perderlo todo se volvió una realidad. Una mujer de Winifreda, en La Pampa, desesperada por el remate del trabajo de toda una vida, se convenció de que era la hora de actuar.

“Me fui a una radio del pueblo –cuenta ahora Lucy de Cornelis desde su casa en Santa Rosa– y denuncié lo que estaba pasando. Después hice lo mismo en Castex, donde varias mujeres me habían esperado para hablar conmigo. A los pocos días ya éramos una asamblea con 350 mujeres de más de veinte localidades de la provincia y en una época en que el hombre de campo no te dejaba salir a pelear a la calle. Cuando lo hacía mi marido me cerraba la puerta con llave, no me dejaba entrar a mi casa, le daba vergüenza lo que yo estaba haciendo. Hasta que comprendió que las mujeres defendíamos el hogar, nuestros hijos y el futuro de la Argentina”.

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El 3 de junio de 1995, Lucy oficializó el nacimiento del Movimiento Nacional de Mujeres Agropecuarias en Lucha, una organización que, en palabras de su fundadora, “salvó 14 millones de hectáreas que Menem le iba a vender a Bush padre”.

“Yo creo que fuimos feministas –define– porque nos tocó enfrentar a todos los hombres, a los banqueros, a los rematadores, a los que manejaban el sistema financiero, a los políticos, a los dirigentes de la Sociedad Rural. Soportamos el maltrato, los golpes, que nos metieran presas, pero todo valió la pena. El papel de la mujer hoy cambió mucho, tiene otra participación, empezó a tener opinión. Antes no teníamos ni voz ni voto en la familia. Siempre la decisión la tomaba el hombre. Bienvenido sea este cambio, esta lucha feminista que, a mí cuando inicié el movimiento, me costó mucho”.

– ¿Cómo ve la situación actual del campo con su modelo agroindustrial?

– Lo que veo es que cada día desaparecen más pequeños y medianos productores y que continúa una concentración silenciosa de la tierra. Creo también que se necesita un cambio urgente de modelo. El Estado va a tener que asumir en algún momento la cantidad de enfermos que están dejando los agrotóxicos; las fumigaciones sobre los pueblos provocan que haya chicos con cáncer, con tumores, con problemas en la piel. Pero cuando salimos a hablar de estos temas, algunos te dicen que no queremos a nuestro país. Justamente, yo quiero que la gente viva dignamente, que coma sano, que no se quemen los campos.

– Un modelo agroecológico.

– Exacto. Hoy la soberanía alimentaria está en peligro. Son los pequeños productores los que llevan comida saludable a las ciudades y, en cambio, son los pools y los grandes terratenientes los que te despojan de la tierra y la acaparan. Tengo 75 años, pero todavía me da bronca escuchar a gente que critica proyectos como el de Dolores Etchevehere y aplaude a los grandes terratenientes, ¿cómo vas a aplaudir al que genera el hambre de tus compatriotas?”.