Sin Finlandia no habrá una Groenlandia hecha a la medida de Estados Unidos, al menos tal como lo desea el presidente Donald Trump. Es seguro que ni Dinamarca –administradora de la gigantesca isla del Ártico– ni la Unión Europea ni la OTAN, a las que Groenlandia integra por extensión, enfrentarán militarmente la idea de anexión planteada por el jefe imperial.
Pero lo que sí sería probable es que Finlandia, aliada de Dinamarca y de Groenlandia en esas organizaciones supranacionales, y mayor fabricante mundial de rompehielos, posponga in aeternum la entrega al Pentágono de esos armatostes imprescindibles para la navegación en los mares helados, la única forma de abrirse paso en esa región, con sus potentes motores, sus cascos reforzados y sus pesadas proas capaces de aplastar y atravesar todos los hielos.

Estados Unidos sólo cuenta con tres de estos rompehielos y uno de ellos llegó a tal grado de deterioro, por antigüedad, que apenas puede operar y desde hace años aguarda su paso a desguace. Durante la primera presidencia de Trump (2017-2021) el país firmó acuerdos para la compra de once unidades, pero sólo pudo lograr buques adicionales ofrecidos por adversarios o de aliados a los que ha despreciado en medio de la última ola odiadora del líder republicano.
El proveedor clave es Finlandia pero el país tiene sus propias necesidades y, paradójicamente, aunque el cambio climático calienta los mares eso no implica un alivio a futuro. Lejos de facilitar la navegación en el Ártico, el cambio hace el hielo más grueso, más móvil y más peligroso, aunque en conjunto la capa helada disminuya.
En enero, sin explicar cuál sería el plan de acción, Trump dijo en la cumbre de Davos que para llegar al sueño de las tierras raras “hay que atravesar cientos de pies de hielos” (un pie equivale a 31 centímetros). Copernicus, el programa de la UE para la observación y monitorización de la Tierra, lo desmiente. Dice que no hay manera práctica de hacerlo ni de ejecutar nada en la gran isla –equivalente al 84% del territorio continental argentino– si no se cuenta con el auxilio de los rompehielos para abrir rutas en los mares aún helados pese al cambio climático. El Consejo de Relaciones Internacionales de Europa agrega: “Aunque Estados Unidos desplegara recursos mañana mismo, tendría un período de dos a tres años en el que durante la mayor parte no podría acceder a la isla en sí. En los mapas, Groenlandia se ve rodeada de mar, pero la realidad es que ese mar es puro hielo”.
Sin el recurso simplista del aumento de aranceles o la amenaza de la flota y sus marines, el futuro no es fácil para el Pentágono. Necesita más rompehielos, y si los quiere tiene escasas opciones. No más de cuatro. O los astilleros de sus grandes adversarios estratégicos, China y Rusia, justamente las dos potencias que querría mantener lejos del Ártico. O las factorías de Canadá y Finlandia, aliados desde la post guerra pero últimamente blanco de los peores arrebatos del comandante en jefe de las fuerzas más poderosas del mundo. Por otro lado, diseñar, construir, operar y mantener en acción un rompehielos es costoso y requiere de la disponibilidad de una mano de obra calificada que sólo se halla en bases como Finlandia, con su larga experiencia labrada en el Báltico. Hacerse de un rompehielos lleva su tiempo, quizás más de lo que cuesta activar un nuevo pozo de petróleo.
Un relevamiento de la agencia de noticias finesa STT sobre la base de documentación de diversas entidades europeas pone de relieve la importancia sustantiva de Finlandia a la hora de hablar de rompehielos. En el gélido escenario báltico el país ha diseñado y construido alrededor del 60% de la flota mundial de 250 rompehielos y sus ingenieros han desarrollado la mitad del resto. Quiere decir que al menos 200 de esos mastodontes llevan en alguna parte el ADN finlandés. Rusia tiene en operaciones la mayor flota del mundo, con unos 100 buques, incluidos algunos portentosos propulsados por reactores nucleares. Toda una tecnología heredada de la disuelta Unión Soviética. En segundo lugar se ubica Canadá, que tiene previsto duplicar su flota, para llegar a 50 unidades en 2034.

Según Paavo Kojonen, el director de la finlandesa Aker Arctic, la mayor diseñadora de rompehielos del mundo, el cambio climático que, pese a sus efectos visibles Trump y sus aliados menores insisten en desconocer, implica condiciones extremas, esto es, inviernos templados, con poco hielo, que requieren una menor asistencia de rompehielos, pero traerá fenómenos intensos en la otra punta. El viento es el principal culpable, se lleva todas las culpas. A medida que los inviernos son más ventosos, las masas de hielo se desplazan hacia zonas de baja profundidad –donde la topografía del fondo marino afecta el comportamiento de las olas– o hacia las costas, donde se acumulan. De tal forma, donde los campos de hielo tenían de 60 a 80 centímetros de espesor, ahora pueden alcanzar hasta 10 metros.
Así como mucho se ha hablado en este pasado muy reciente sobre las riquezas guardadas bajo el manto helado y el valor estratégico de Groenlandia, suficientes para que Trump se lance con su chequera y sus colmillos sobre la isla, poco se ha dicho de otros asuntos. Por ejemplo, cómo se las arreglará Estados Unidos para navegar las aguas heladas con esos dos rompehielos, casi chatarra, que apenas sirven para adornar inventarios. O cómo intentará perforar el subsuelo rocoso de la isla sin arruinar la capa de hielo –una de las mayores reservas globales de agua dulce– y proteger de las inundaciones a los 6 millones de habitantes costeros que quedarán expuestos ante cada centímetro que aumente el nivel del mar.
La bestia apocalíptica deberá vérselas con los coletazos de unos cambios jurásicos en las capas heladas originados hace 20.000 años, 200 siglos que remiten al clímax de la Edad de Hielo.