La primera gran semifinal de la Copa del Mundo no tuvo la paridad que los papeles previos prometían. En un duelo táctico impecable, la Selección de España dio una muestra gratis de fútbol de alta escuela, derrotó 2 a 0 a Francia en el Estadio de Dallas y sacó el primer boleto directo al partido consagratorio del próximo domingo. El conjunto conducido por Luis de la Fuente desactivó de principio a fin las transiciones rápidas de los galos, dejando con las manos vacías a un Kylian Mbappé que jamás encontró los caminos.
España asumió el protagonismo desde el comienzo del partido a través de la tenencia del balón y no lo abandonó hasta el final. Con Rodri como eje y termómetro del mediocampo, el seleccionado ibérico desgastó a una Francia que, por primera vez en todo el certamen, se vio obligada a jugar replegada y en desventaja.

La paridad en el marcador se rompió a los 22 minutos del primer tiempo. El juvenil Lamine Yamal -quien venía de celebrar sus 19 años en la antesala del encuentro- presionó alto dentro del área y forzó una burda infracción del lateral izquierdo Lucas Digne. Con una llamativa frialdad, Mikel Oyarzabal ejecutó con maestría el penal hacia el palo derecho de Mike Maignan para estampar el 1-0.
En el complemento, lejos de refugiarse en su campo para defender la mínima ventaja, la «Roja» profundizó su posesión y asfixia. La estocada final llegó a los 58 minutos mediante una transición colectiva brillante: Dani Olmo arrastró las marcas en tres cuartos de cancha y habilitó con precisión quirúrgica la proyección de Pedro Porro, quien definió cruzado ante la salida del arquero francés para poner el 2-0 definitivo.

Con este triunfo inapelable, España reafirma que la fisonomía de su juego colectivo es hoy una de las estructura más sólidas del planeta fútbol. Sin embargo, en esta parte del mapa, los ojos se posan de inmediato en la otra llave de las semifinales: ¿Argentina o Inglaterra lo cruzarán en la gran final?
A lo largo de los noventa minutos, Mbappé lució inconexo, aislado del circuito de juego y perdiendo sistemáticamente los duelos individuales frente al escalonamiento defensivo de España. Sin el desequilibrio que lo caracteriza, no logró rescatar a un equipo que extrañó su rebeldía. Su despedida sin final graficó su impotencia: abandonó el campo de juego con la cabeza baja y la cinta de capitán en la mano.

