Cada 29 de abril es el Día del Animal, y como en toda efeméride salen notas, entrevistas, informes con tendencias, razas, fenómenos. Pero hay algo de lo poco se cuenta. La «humanización» de las mascotas, que va en ascenso a la par de una baja de la natalidad.
Aparte de generar una mayor especialización de profesiones caninas (hay psicólogos para perros, reiki, nutricionistas, y un largo etcétera), la humanización abarca un conjunto de conductas y actitudes que forman parte del fenómeno conocido como antropomorfización: la tendencia a atribuir características, emociones, necesidades o roles propios de los seres humanos a seres no humanos. Y como advierten especialistas, eso puede generar efectos negativos tanto en la persona como en el animal.
«Esta proyección no se limita a los animales de compañía, ni siquiera exclusivamente a los seres vivos. Forma parte de una manera habitual en la que los humanos interpretamos el mundo que nos rodea. Por lo tanto, debemos estar muy atentos para detectar cuando caemos en este sesgo», explica Laura Rial, docente de la Cátedra de Bienestar Animal y Etología de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad de Buenos Aires (UBA).
De acuerdo con datos del último informe “Tenencia responsable y sanidad de perros y gatos» de la Encuesta Anual de Hogares, la evolución de perros y gatos durante el período 2003–2022 da cuenta que aumentó 9,3 puntos porcentuales (pp) la cantidad de hogares con tenencia de alguna de estas mascotas. El mismo informe arroja que en ese año, en la Ciudad de Buenos Aires se registraron un total de 861.852 mascotas, divididas en 493.676 perros y 368.176 gatos.
Estos datos pueden explicar, en parte, por qué en los últimos años la relación entre humanos y animales de compañía experimentaron una transformación profunda: perros y gatos ya no ocupan solo un lugar en el patio o la cocina, ahora duermen en camas, tienen ropa de temporada, rutinas de spa e incluso menús gourmet.
Cuándo surge el problema
«Diversos cambios culturales y en los estilos de vida parecen estar influyendo en la creciente tendencia a integrarlos como miembros del núcleo familiar humano. Esto no constituye en sí mismo un problema. Por el contrario, el reconocimiento del valor afectivo de los animales y de su mundo emocional puede favorecer una convivencia más respetuosa y un vínculo más consciente. El problema surge cuando las expectativas humanas se proyectan sin considerar las necesidades propias de un individuo de otra especie, lo que repercute sobre su bienestar. Como cuando interpretamos sus conductas con motivaciones humanas, al decir que un perro ‘se porta mal por despecho’, o al asumir que comprenderán y responderán a situaciones como lo haría una persona«, explica la especialista.
En líneas generales, no se trata de eliminar el afecto, sino de encontrar un equilibrio. Los animales de compañía necesitan cariño, pero también rutinas claras, alimentación adecuada, estimulación física y mental, y límites sanos.
«En el caso de los perros, por ejemplo, necesitan explorar el entorno a través del olfato, interactuar con otros perros y contar con rutinas claras y previsibles, entre otras cosas. Los gatos, por su parte, requieren cierto control sobre su ambiente, acceso a espacios en altura, lugares donde esconderse, oportunidades para cazar, arañar y, al igual que los perros, regular sus interacciones sociales —decidir cuándo, cuánto y con quién interactuar—. Cuando estas conductas naturales se limitan, se reprimen o se fuerzan, ya sea por exceso de control o por una interpretación errónea de lo que ‘deberían hacer’, es común que aparezcan signos de frustración, aburrimiento, estrés crónico o alteraciones en la conducta«, asegura la docente.
Al comprender esto, los humanos no solo mejoran la calidad de vida de sus mascotas, sino que fortalecen un vínculo más sano y duradero. «Los animales requieren de información clara y coherente para adaptarse a un entorno modelado enteramente por nuestra especie. No conocen las reglas de convivencia humana, por lo que es nuestra responsabilidad brindarles orientación. La educación debe brindarse con respeto y, sobre todo, con consistencia. La ambigüedad o la información contradictoria, que a veces les damos, puede dificultar aprendizajes esenciales para su bienestar y adaptación a entornos humanos. Establecer rutinas, límites comprensibles y predecibles, y ofrecer un entorno enriquecido son pilares de una convivencia», profundiza la especialista de la UBA.
Desde Veterinarias de la UBA sostienen que la creciente humanización de perros y gatos plantea un desafío cultural y ético. En lugar de proyectar nuestras emociones o carencias en ellos, los especialistas proponen conocerlos mejor y respetarlos como lo que son: animales con su propia forma de vivir, sentir y comunicarse: «Así, disminuiría la posibilidad de que aparezcan algunos tipos de trastornos de conducta, como la ansiedad, la dependencia emocional y/o la sobreprotección».