La tarde porteña del lunes es una sopa, espesa y pegajosa, con un cielo que parece pesar tanto como el ajuste que asfixia a las facultades. La protesta no es en las aulas de techos descascarados de Puan 480 —esa ex fábrica de tabaco rubio convertida en trinchera del pensamiento—, sino a dos cuadras de Filo. El cruce de Miró y Bonifacio se vuelve aula magna.
El ágora del conocimiento se muda justo frente al domicilio de Manuel Adorni. En la esquina del coqueto edificio donde el jefe de Gabinete seguro ensaya silencios sobre sus recientes «descubrimientos» patrimoniales, la docencia universitaria planta bandera. Es una lección que el Ejecutivo intenta ignorar: la de la dignidad frente al despojo.

La medida de fuerza, que se extenderá hasta el próximo miércoles, no es un capricho gremial; es un acto de supervivencia en tiempo real. Los números, esos que el «especialista en crecimiento sin dinero» suele usar para justificar el recorte, hoy lo exponen sin piedad: la brecha de recomposición salarial asciende al 49% desde la llegada de Milei al poder. De la Ley de Financiamiento Universitario no acusan recibo. Frente a esta realidad, el oficialismo ofrece un magro 6,7% trimestral, una cifra que suena a burla en las facultades donde un ayudante de primera percibe apenas $ 228.095 de bolsillo.
Con esos números, el milagro no es llegar a fin de mes, sino la alquimia invisible que practican los docentes para que el sueldo no se evapore bajo este sol tremendo. No es economía, es ilusionismo de casta: la magia de que el presupuesto desaparezca mientras los metros cuadrados de los funcionarios se multiplican.
Clases abiertas frente a la casa de Adorni en rechazo al ajuste universitario ✊📣
— Tiempo Argentino (@tiempoarg) March 30, 2026
🎓 Docentes y estudiantes de la UBA realizaron clases públicas en Caballito, frente a uno de los domicilios del jefe de Gabinete, Manuel Adorni, en el marco del paro nacional universitario. La… pic.twitter.com/etMdbbvnHt
Ética para Amador(ni) y la ficción de la «casta»
En los pasillos de Filo, donde los grafitis son pergaminos de luchas pasadas, resuenan ecos de la Crítica de la razón cínica. El cinismo ya no es la búsqueda de la virtud de Diógenes, sino el «realismo» sucio de quien pregona el sacrificio ajeno mientras habita la opulencia. En la calle Miró se dicta una lección de Ética involuntaria: esa rama de la filosofía que Adorni parece haber cursado en modalidad «libre» y sin rendir finales, especialmente en la materia de declaraciones juradas.
“Adorni debería estudiar un poco de Educación Cívica, como para empezar, y algo que le haga bajar la soberbia. Un poco de Ética para Amador(ni) también puede leer, pero no creo que lo entienda; le podemos hacer dibujitos”, dispara Pablo Perazzi, secretario general de Feduba. El dirigente traza un paralelismo sombrío: “Estamos transitando momentos oscuros, comparables a la Noche de los Bastones Largos. Vinimos acá porque él es responsable de decisiones que terminan con el padecimiento de quienes sostienen la universidad”.
La geografía de la protesta no es azarosa. Mientras el jefe de Gabinete se ve cercado por la Justicia por sus vuelos privados y debe admitir departamentos y caserones que no figuraban en su discurso de austeridad, la realidad desborda el relato oficial. Es una trama violenta y paródica digna de Osvaldo Lamborghini o de las zonas más oscuras de Ricardo Piglia: un país donde el lenguaje sirve para ocultar propiedades mientras se hambrea a los docentes y estudiantes.

Contra el oscurantismo
Con una térmica que calienta la protesta, el barrio se transforma en una extensión de la facultad. Isabel Gómez, estudiante de Ciencias de la Educación, organiza la logística entre carteles que sentencian verdades manuscritas: “Un pasaje de Adorni en jet privado equivale a 18 sueldos docentes”.
“La realidad es muy triste. Los docentes renuncian porque no pueden pagar el subte; las becas están congeladas y con suerte pagás los apuntes de una materia”, cuenta Isabel. Para la estudiante, el plan es el vaciamiento: “Nos quieren sumisos e ignorantes. Le recomiendo a Adorni que aprenda de su pueblo, de la historia que defiende la educación pública. Eso es nuestra identidad. Pedagogía del oprimido”.
En la calle, el profesor Horacio Banega prepara su «lección sin fin». Dicta Gnoseología y Epistemología, y hoy su clase se titula: “La universidad frente a la lógica del mercado”.
“Hablamos de los problemas de considerar a la educación una mercancía. Hay una crisis inédita; ni en el menemismo fuimos tan atacados”, reflexiona Banega. Con el pizarrón apoyado en el pavimento, le deja un recado al funcionario: “Le recomiendo que se nutra de la Reforma Universitaria. Y recordarle que en 1813 abolimos la esclavitud, que es lo que quieren hacer con los docentes al ignorar las leyes del Congreso”.
En la esquina, un pelotón policial custodia el frente del edificio. Los «mastines» del gobierno escuchan atentos, en silencio, bajo la tarde que cae pesada en Caballito. Quizás sea la única forma en que el Ejecutivo ultraderechoso acepte educarse: a distancia y por la fuerza de una calle que se niega a callar.
En esa pelea no hay engaño: el conocimiento no es un negocio y la universidad pública se defiende codo a codo, incluso educando frente al frío palacio ostentoso de los que gobiernan.

La tiza no se detiene
El paro nacional universitario se extenderá hasta el miércoles 1 de abril. Mañana martes, continuará la visibilización del conflicto en la calle Miró con clases públicas de 10 a 18 horas. Los gremios y los estudiantes universitarios exigen la recomposición salarial del 49% y el cese del desfinanciamiento a la ciencia y la tecnología.