Viktor Orbán sonrió el 6 de julio de 1998, cuando asumía como primer ministro de Hungría por primera vez. Pero ese primer mandato, tumultuoso, desbarrancó dos años después. Debió llegar el 29 de mayo de 2010: ahí sí, el jurista y político nacido hace 63 años en Székesfehérvár decidía cambiar radicalmente la historia. Desde entonces sorteó todos los apremios (los políticos y los electorales) para mantenerse en el poder por más de tres décadas, aún cuando sobre él pesan recurrentes cargos de asesinatos, persecución de opositores y espionaje a favor de potencias extranjeras. Pero este domingo, el país comunista hasta principios de los ’90 enfrenta unas elecciones particularmente decisivas: los indicios permiten considerar la posibilidad real de que gane la oposición representada por el conservador Peter Magyar, del partido Tisza, un joven de 45 años con una imagen que ascendió de manera sorprendente.

En estos seis mandatos (los cinco últimos consecutivos), Orbán fue acusado de dictador y de muchas otras cosas pero que atrajo los elogios de otros personajes controvertidos, como Donald Trump, Vladimir Putin o Javier Milei, entre otros. Claramente, se podría aplicar el concepto de “dime con quién andas…”. Nacionalista fuertemente apegado al cristianismo, antieuropeísta, llegó al poder con el Fidesz, un partido que se llamaba Unión de Jóvenes Demócratas y que hoy es la Unión Cívica Húngara. Organización de tinte autoritaria, que como al propio estado, su líder maneja con cuerda corta y hasta en los detalles menores. Un autócrata con un fuerte perfil personalista que, no obstante gestiona un país con estructura de democracia parlamentaria, con elecciones aparentemente libres, aunque con un complejo entramado de 106 distritos uninominales y listas proporcionales que favorece al partido gobernante. Siempre se habló de manipulación electoral aunque sin pruebas suficientes. Para lograr la mayoría de un Congreso de 199 miembros, se requiere ganar las elecciones con una diferencia clara de más de diez puntos.

La economía húngara no está bien. La política económica y fiscal del gobierno, en beneficio de las clases altas, empeoró la situación de las mayorías, que además ponen el ojo en el mal estado de las infraestructuras públicas, la sanidad y la educación, que se suma a las repetidas denuncias de corrupción y represión indiscriminada. Pero la gran mayoría de los medios depende directa o indirectamente del Fidesz y agitó, nuevamente en estas elecciones, el peligro de que se caigan las transformaciones de Orbán en el aparato estatal, administrativo y judicial, así como en la función pública, con un sistema de controles y contrapesos.

También que subieron a la consigna de «conquistar Bruselas», es decir copar la Unión Europea y transformarla. Orbán lleva años atacando a la institución continental y, por el contrario fue el caballito de batalla de su oponente. Está claro: a buena parte de Europa le encantaría que ganara Peter Magyar. «