Javier Milei -era esperable- celebró el bombardeo de Caracas y el secuestro de Nicolás Maduro. Lo hizo con su fantasiosa lectura del mundo en la que Donald Trump es liberal. El presidente argentino parece no darse cuenta de que lo ocurrido puede desembocar en el corto plazo en un sacudón que derribe la endeble estabilidad que tiene.     

Si alguno de los vaticinios de Donald Trump se cumple, la estrategia de Milei se derrumbaría. Hasta ahora, el único logro económico de Milei fue estabilizar el dólar. Lo hizo con blanqueos de dólares no declarados, deuda con el FMI, y la intervención de Tesoro estadounidense.

En los planes de la derecha local, los “puentes financieros” eran para transitar hasta que Vaca Muerta llegase a la velocidad crucero con su producción. Luego el país iba a vivir de su clásica exportación de granos, a la que se sumarían los hidrocarburos y la minería. Por supuesto sin industria, sin ciencia, sin producción cultural. Para qué hacer todo eso si lo hace Estados Unidos, diría Federico Sturzenegger, que planteó cerrar el Servicio Meteorológico Nacional porque hay apps que informan el clima.

La Historia es más caótica. Los planes se pueden venir abajo con un soplido. Las consultoras privadas -que dicen lo que las empresas quieren- sostienen que para que sea rentable explotar Vaca Muerta el precio del barril de petróleo debe estar por encima de los 55 dólares. Hoy está alrededor de 60 U$S. Trump declaró que quiere bajarlo a 50, lo que pone al límite la rentabilidad de los yacimientos no convencionales patagónicos que eran el trampolín para que Milei pudiera dejar de vivir de la plata que le presta Trump.

Todo cambió con el secuestro de Maduro. Venezuela es la prioridad para EE UU. El trumpismo supone que bajando el precio del combustible puede mejorar la situación económica interna y ganar terreno frente a China. Para decirlo sencillo: si EE UU tiene energía barata y China energía cara, los estadunidenses creen que pueden recuperar terreno. Puede ser. 

Lo central para Sudamérica es qué hacer para navegar en este nuevo océano sin resignarse a ser un pedazo de tierra disponible para ser saqueada por EE UU con el fin de ganar su guerra económica con China.

Hay dirigentes peronistas que hablan de un acuerdo país-país con EE UU. Dan ternura. No existe ninguna posibilidad de ese acuerdo porque las relaciones no son simétricas. Estados Unidos no considera a la Argentina un país. En la visión de Washington, el hemisferio -todo el continente- le pertenece. Por eso el acuerdo que está cerrando Milei es tan desfavorable. Puede terminar destruyendo la industria automotriz, la farmacéutica, incluso la alimentaria. Estados Unidos no dejará de subsidiar a sus agricultores para que “el mercado” decida. Esas son recetas que difunde para que las repitan los políticos de la derecha bananera y los periodistas a sueldo. EE UU subsidia todo: aranceles para la industria, dinero para la agricultura, robo a mano armada para el sector energético. ¿Acaso fue el mercado el que le dio ventaja a las empresas americanas para desembarcar en Venezuela? EE UU es un capitalismo ultraestatal basado en la fuerza.

¿Qué hacer? La respuesta está a mano. Durante la primera década de este siglo América del Sur vivió el que probablemente fue su mejor momento como región. El fortalecimiento del Mercosur, el impulso de la Unasur, la idea del Banco del Sur, era un camino que trajo consigo una relativa prosperidad. Era un rumbo sin sesgos ideológicos. Ahí también estaban Álvaro Uribe y Sebastián Piñera. Después vinieron los cadetes de Washington, Mauricio Macri, Lenin Moreno, entre otros, y se dedicaron a destruirlo.

Los movimientos nacionalistas de liberación latinoamericanos no nacieron por una cuestión romántica. Se apoyaron siempre en situaciones concretas. Los pueblos latinoamericanos viven mejor cuando hay un gobierno que defiende el interés nacional y regional. Alcanza con mirar lo que pasa ahora en México. No existen las colonias prósperas. Nunca existieron. «