Definir a Fernando Noy es una tarea esquiva. Poeta y artista de múltiples formas, su obra atraviesa la escritura, el dibujo y la escena, donde se despliega como actor, bailarín y performer. Fue una figura clave en la salida de la dictadura: intervino sobre el poder, reformuló modos de actuación y narración, y empujó una escena donde irrumpieron la alegría y la ruptura de la tradición.
En esta charla con Tiempo relata ese momento clave de la historia de la cultura nacional, que lo tuvo como protagonista, ese movimiento que -casi bajándole el precio- muchos llaman underground (y ellos, riendo, rebautizaron Engrudo). En El Galpón de Guevara, donde estrenarán la ópera Andén alucinado, se escuchaba el ensayo de las cantantes protagonistas. Una de ellas sale y, mientras cuenta cómo será su caracterización, ayuda a Noy a encontrar el modo de cantar la primera estrofa de un tango que será parte de la puesta. “Las cantantes tienen algo fuera de lo humano, un plus de sirenas o de deidades”, señala Noy. “Con estas cantantes tengo que controlarme, volverme neutro, porque si no me desmayo. Tienen voces alucinógenas y Guillermo (Vega Fischer, el director) les saca el jugo. Ellas tienen un don, también perverso y difícil de llevar”.
Amigo de Alejandra Pizarnik, Olga Orozco, productor de rockeros, de Mercedes Sosa, amigo de Gilberto Gil. Hermano de Batato Barea, Alejandro Urdapilleta y Néstor Perlongher, admirado por Pedro Lemebel, Noy rechaza quedarse en el pasado como un artista ilustre y estrena una ópera, presenta un documental y publicará toda su poesía reunida. Una forma de seguir revelando el presente desde una poética de
la memoria.

-El arte parece acompañarte desde niño, cuando vivías en Ingeniero Jacobacci. Aunque en esos primeros años no pensaras en lo artístico, ¿empezó ahí tu camino?
-En el arte hay como una pseudo posesión, porque yo jamás pensé en escribir un poema. El poema aparece, me posee. La poesía es un don que tiene algo de perverso, mágico y de malsano porque te pone hipersensible. Cuando llega una frase y te gusta, sentís que continúa vivo ese poder. Desde mi infancia, empecé a escribir los primeros poemas sobre la nieve, y mi mamá me decía que era muy lindo eso que había escrito. Pero yo me ponía a llorar, porque esas frases se derretían con la nieve. Sin embargo, mi mamá las copiaba en un cuaderno, que me dio después, y ahí les escribía a mis abuelas. Era una suerte de intercambio entre la imagen atrapada como revelación y el amor del vaivén en las cartas, que no es lo mismo. Sería como lo poético y la narrativa. La poesía es un sustento no solo para la literatura, sino para todo arte. Todo lo que emerge, emerge de lo poético. Si no lo tiene, no va a vibrar.
-Llegaste a Buenos Aires en los ’60 y ya te vinculaste con el mundo artístico, pero mucho de lo que conocemos de tu obra viene después de tu exilio, porque en ese tiempo fuiste uno de los íconos de un movimiento surgido sobre el final de la dictadura.
-Yo me tuve que ir de Argentina en los ’70 porque ya había ido preso demasiadas veces y estaba al borde de ser llevado a Devoto. Para los edictos policiales eras un criminal solo por mariconear un poco. Mi padre me iba a pagar un pasaje a París, porque teníamos parientes allá, pero yo había ido con Ginamaría Hidalgo a ver un espectáculo de Vinicius de Moraes, y después de escucharlo decidí irme a Brasil. La única condición que puso mi padre fue que me fuera de inmediato, así que me fui a Bahía. Era el momento del renacimiento del tropicalismo, cuando volvieron Gilberto Gil y Caetano Veloso del exilio. Allá, la dictadura, que era terrible, no se metía con el hipismo. Recién en el ’80 empiezan a darse cuenta de que eran bravos y empezó la represión total. Allá fui productor ejecutivo en la Fundación Cultural del Estado de Bahía durante muchos años y tuve la dicha de producir a la Negra Mercedes Sosa. Ella era divina y me invitó a su casa acá, así que me vine. Ya era el ’82, la cosa se puso fea en Brasil y tenía que irme sí o sí.

-¿Y cómo te integraste acá a la movida que surgía en ese momento?
-Fue bárbaro que me hayan echado, porque acá una hermosa mujer con su novio, Katja Alemann y Omar Chabán, me invitaron a la inauguración de Cemento. Y fui. Después nace el Parakultural, donde me encontré con Batato Barea, un clown, un payaso literario travesti único, no hubo dos como él. Posteriormente llega desde España Alejandro Urdapilleta, y aparecen Tortonese, Las Gambas al Ajillo, brillantes, y todo un grupo de figuras. La gente empezó a ir a los lugares, ir a Cemento o al Parakultural, y nació toda una periferia increíble como Medio Mundo Varieté, Ave Porco, Babilonia. Así siguieron apareciendo. Me parece que después cambia la cosa, la gente empieza a seguir más a la persona, al nombre, en vez de ir a los lugares. Ahora el pescado está en la red. El pecado está en la red.
-Después de la dictadura aparecieron también movimientos escénicos que, como ustedes, vinieron a plantear un teatro antirrealista, en una suerte de búsqueda de develar lo real de otra manera.
-Claro, entre esos apareció La Organización Negra, que era una cosa nunca vista. Ahí estaba Pichón Baldinu, con quien hace dos años hice una ópera con Melingo, La ópera del linyera. Él era un obsesivo del montaje y de la novedad, igual que Guillermo Vega Fischer, el puestista de Andén alucinado, que tiene toda esa cuestión heredada. Guillermo empezó con este proyecto y me buscó a mí. Con este trabajo estoy volviendo, porque hace muchos años que no hacía teatro. Esta puesta va a recordar aquellos tiempos del Parakultural y Cemento, el estilo, la estirpe, el bagaje es el mismo. Guillermo trae una especie de inspiración que le viene naturalmente, él no se da cuenta, pero nosotros sí. Yo estoy aquí para religar etapas.
-¿Cómo aparece esa forma de ligazón en esta ópera?
-Diría que, en lugar de ópera, que es una palabra adorable, es una anti ópera. A él no se lo dije nunca, pero es una anti ópera porque destruye la estructura de la ópera común. Hay monólogos, cantos, hay escenas, hay dos poetas formales: por eso creo que este artefacto artístico marca una nueva tendencia. Es difícil encontrar todo esto al mismo tiempo y sincronizado como lo hace este pibe, que labura como loco. Este trabajo es un Fénix de todas las tendencias que pensábamos que habían desaparecido.
-¿Aquí también la poesía aparece en varias formas?
-Sí, la poesía es lo elemental para todas las expresiones. Acá se la ve en el canto, en la poesía de Pizarnik, Marosa di Giorgio e inclusive mías, pero también en la escenografía impresionante hecha por Pablo Archetti. Él crea una atmósfera dentro de la cual sucede todo. No es una escenografía prêt-à-porter, es como una órbita, un magma, un universo diferente. Por eso te digo que esta puesta de ópera, neo ópera o anti ópera, agrega cosas a la idea del montaje habitual en el ritual del escenario.
-¿Por qué elegiste a Pizarnik y di Giorgio?
-La poética de ambas, como la poesía en general, está respondiendo preguntas que no se hace el propio lector, el propio espectador. Esas poetas te dan respuestas que no esperabas, porque tenías encanutadas las preguntas. En este momento tan tremendo en el que estamos viviendo, es como un oasis. Porque el poder de lo poético empieza a ser como una salvación y mucha gente la busca. Antes la poesía era un género literario, ahora es un género multitudinario.
-¿En qué momento estás con tu propia poesía?
-Estoy muy feliz porque el Fondo Nacional de las Artes acaba de elegir el proyecto de Editorial Evaristo, gracias a la genial Roxana Artal, para publicar mi poesía reunida, siete libros más uno inédito. Como si fuera poco, tiene prólogo de Rafael Cippolini, posfacio de Beatriz Bignoli y en ambas solapas textos de Selva Almada y Dolores Reyes. Ya no me voy a sentir disperso por ahí. Además, tengo dos libros nuevos sin publicar. Eso me libera un poco, ya me puedo ir a otro mundo tranquilo. Mientras pueda estaré. Y si no estoy, seguiré estando, más que nunca. «
Andén alucinado
Dramaturgia: Fernando Noy, Guillermo Vega Fischer. Dirección general: Guillermo Vega Fischer. Cantantes: Carolina Bejar, Sofía Drever, María Lilia Laguna, Silvina Suárez. Narración: Fernando Noy. Domingos de abril a las 19 en El Galpón de Guevara, Guevara 326 (CABA).
Batato, Perlongher, Noy y una anécdota imperdible
Noy tuvo amistades con grandes artistas que fueron capaces de atravesar lenguajes y romper con viejos moldes y épicas. Entre esas personas estaban Batato Barea y Néstor Perlongher. “Batato era un genio, destronaba el hecho poético y lo volvía diversión. Néstor Perlongher era mi gran amigo, a quien Batato adoraba, por lo que decidió hacer Hay cadáveres, el poema de Néstor, en el café Mozart. Lo invité a Néstor por pedido de Batato. Empieza a decirlo, hasta que llega al verso ‘hay cadáveres’. Ahí cruzaba el espacio, se iba hacia el otro extremo, hacía una pausa y decía una palabra que hacía que la gente se riera. Son las tretas, las llaves, las estrategias de un clown para salir de ese lugar tan tremendo: decía ‘tractor’ y seguía. De pronto lo miro de perfil a Néstor y veo que no estaba muy feliz. Le pregunté qué le pasaba y me dijo: ‘Yo nunca escribí la palabra tractor’. Le expliqué que era un arreglo que él hacía en su perfo. ‘Oh’, me dijo. Seguí mirando la escena y cuando vuelvo a mirarlo, no estaba más, se había ido. No todos toleran que se inmiscuyan tanto en su obra».

Una vida de película que llega al cine
Lo Noy es un documental que narra una historia de la cultura de Brasil y Argentina a través de la vida de Fernando Noy. La película lo sigue mientras entra y sale del subte, mientras relata y recita, e incluye archivos clave para comprender un momento bisagra de la cultura porteña.
“La película es toda de Mario Varela, un poeta de la imagen, un poeta de la cámara”, afirma Noy. “Es poesía encarnada. Pero siento como que hay demasiado ego ahí, aparezco todo el tiempo. Son charlas, una serie de coloquios evocando momentos de mi vida. A él le encantaba escucharme y me dijo que tenía que grabar todo para armar el documental”, agrega.
Así fue que Varela, como director, y Alejandra Perdomo, como productora, crearon esta película sencilla pero clave para comprender lo poético y lo novedoso del universo cultural del que Noy fue protagonista. Lo Noy se estrenará en la 27° edición del BAFICI, que se desarrollará del 15 al 26 de abril.