“La breve existencia de Franca se encuentra documentada. De manera irregular, sí, pero también abundante. Y eso es lo que la hace excepcional”, escribe el historiador italiano Carlo Greppi. Un “tesoro documental” para narrar los cortísimos 18 años de vida de la joven militante Franca Jarach, secuestrada y desaparecida desde el 25 de junio de 1976. La dictadura cívico-militar llevaba tres meses y un día en el gobierno.

La biografía que construyó es un enorme rompecabezas de voces, fotos, dibujos, declaraciones judiciales, cartas, diarios y otras fuentes que conviven con las lagunas. Los casilleros vacíos que deja la desaparición: “Un torbellino formado por la nada”.

Claro que las casi 400 páginas del libro Hija mía son también sobre los casi 50 años de lucha que siguieron a esos 18 años interrumpidos por un vuelo de la muerte. Reconstruyen medio siglo de lucha de Vera Jarach, documentados también de forma profusa. Y a través de Vera, el rol de las Madres de Plaza de Mayo como engranaje del proceso de memoria, verdad y justicia.

Franca y Vera: una vida de 18 años, una lucha de casi medio siglo y un legado inagotable

Frágil roca

“Conocí a su madre, Vera Vigevani Jarach, en 2008. Yo era uno de los muchos jóvenes con los que ella se reunió. Para mí eran los años de la universidad. Su dulzura y tenacidad me impresionaron profundamente, y la historia de Franca y su generación se me quedó grabada desde entonces”, cuenta Greppi a Tiempo desde Italia, pocos días antes de viajar a la Argentina para presentar su libro, editado por Crítica. Quince años después de aquel primer encuentro con Vera, decidió investigar la historia de Franca.

“Hay gente desaparecida de la realidad y desaparecida también de la memoria colectiva: gente que no ha tenido alguien como Vera, que ha dedicado toda su vida a ser la primera biógrafa de su hija”, apunta en un fragmento del libro. Greppi consultó a Vera antes de poner en marcha su obra. Tuvo su aval, sus entrevistas, sus aportes, sus lecturas. Ella ansiaba que llegara la edición traducida al español. Su muerte el 3 de octubre pasado dejó trunco ese deseo.

Hija mía, sobre la vida de Franca, está dedicado a Vera. “Nuestra frágil roca, madre digna de su hija –escribió Greppi- Así es como yo veo a Vera, históricamente y humanamente (…) Y la fuerza de Vera, que forma parte de la de todas las Madres, es impresionante y continúa de manera muy concreta el compromiso político de Franca. ‘Hemos aprendido de nuestros hijos que tenían razón’, declaró en una de sus primeras entrevistas, hace veinticinco años. Vera supo convertir desde el principio el dolor individual en lucha colectiva”.

Franca y Vera: una vida de 18 años, una lucha de casi medio siglo y un legado inagotable

Sesenta y ocho segundos

El recorrido va desde la historia de una familia que llegó a la Argentina huyendo del fascismo italiano, pasa por la infancia acogedora de Franca entre el barrio de Belgrano, el Delta del Tigre y Bariloche, la adolescencia turbulenta en el Colegio Nacional de Buenos Aires, los amores y la militancia política cada vez más fuerte, de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) a la Juventud Trabajadora Peronista (JTP) y luego Montoneros.

El oficio del historiador convive con el militante por la memoria que le habla a Franca en un intento por reconstruir hasta el último segundo de su vida, arrojada al Río de la Plata desde uno de los vuelos de la muerte. “Si te precipitas desde una altitud de cuatro mil metros, tendrás por delante algo más de sesenta segundos. Sesenta y ocho, para ser exactos. Ese es el último minuto de tu vida. Un tiempo eterno o un abrir y cerrar de ojos en la historia de la humanidad: todo depende de la perspectiva”.

La referencia a esa caída atroz aparece una y otra vez. Como el recuerdo del audio que se convirtió en prueba judicial: la grabación de la llamada que pudo hacer Franca desde el cautiverio, pidiendo con voz calma a su padre que se cuidara. Y mucho después, tras búsquedas infructuosas y pistas falsas, los trozos de verdad que llegaron de testimonios de sobrevivientes de la ESMA. La descripción detallada del periplo transmite lo agotador que fue para Vera –y su compañero, Giorgio- lograr saber qué había pasado con su hija. Pero ni la acumulación de años ni la pérdida de visión frenaron a Vera en ese camino, que dejó como legado con su partida reciente.

Cuando Greppi termina de escribir este libro, los discursos que reclaman “memoria completa” ya son una realidad en este país, bajo el gobierno de Javier Milei. El autor se encarga de señalar que lo incompleto es obra de los perpetradores, como recuerdan este 24 de marzo las pancartas que piden “que digan dónde están” aquellas y aquellos desaparecidos como Franca.

“Lo que sabemos de ti hasta ahora, casi cincuenta años después de aquel 25 de junio de 1976, es una verdad imperfecta –incompleta-, pero es una verdad”, le escribe Greppi a esa joven congelada a sus 18 años. “En cualquier caso, la búsqueda no acaba aquí: seguiremos conversando, interesándonos, tratando de comprender (…) El último rastro de este crimen, de esta blasfemia contra la humanidad, está en algún rincón del mundo, Franca. Y alguien, algún día, lo encontrará”.

Una casa, un cuarto y libros

Los recorridos y conversaciones para reconstruir la historia de Franca (y Vera) se sitúan muchas veces en la casa que habitó la familia en el barrio porteño de Belgrano, sobre la calle Montañeses.
“Desde la entrada al salón hasta llegar, tras recorrer el pasillo, a la habitación de Franca, situada a la derecha, todo en casa de Vera recuerda a su hija”, describe Carlo Greppi.
Quien haya estado allí sabe que es un verdadero viaje en el tiempo. El tren de juguete instalado en el techo por Giorgio, las letras del abecedario pintadas en la pared junto a la cama de Franca, sus dibujos, fotos, poemas. Una presencia constante y permanente, en medio de libros por doquier.
Parte de la gran biblioteca de la familia de Franca, Vera y Giorgio puede conocerse en la Casa de las Madres, ubicada en la Ex ESMA.