Los grandes incendios forestales son noticia cada vez más frecuentemente. En este escenario, cada próximo verano tendrá su incendio que captará la atención pública y, seguramente, los gobiernos destinarán recursos. Pero los recursos se han reducido notablemente en este último gobierno, aprovechando la temporada de pocos incendios, con el objetivo de alcanzar el poco reflexivo déficit cero. En 2024 y 2025 se ejecutaron sólo el 25% y el 35% del presupuesto asignado, respectivamente.
Siempre existieron incendios. A principios del siglo XX se registró un gran incendio de más de 600.000 hectáreas. Muchos incendios del pasado reciente se relacionaron a la campaña contra los pueblos originarios y a la posterior transformación productiva. Sabemos que el 90-95% son causados por acciones humanas, pero no significa que sean intencionales. La mayoría son por negligencias, como fogatas mal apagadas, colillas, chispas de maquinaria, etc. O también, situaciones indirectas, como cortocircuitos debido al desfinanciamiento y desregulación en el mantenimiento del sistema de transporte eléctrico.
Por supuesto, también hay incendios intencionales.Tal vez menos del 5 o 3%. Hay dos hipótesis sobre quienes los incentivan. No vale la pena discutirlas con el mismo peso ya que los intentos de cambios en los artículos 22bis de la Ley 26.815 durante el 2024 y 2025 abonan a la versión más creíble del impulso de los incendios debido al interés inmobiliario.
Entre 5 a 10% de los incendios son naturales, no producidos por humanos. Un estudio reciente del INIBIOMA-CONICET muestra que en los últimos 30 años aumentó la actividad de las tormentas eléctricas y en paralelo hay una disminución en la humedad relativa. Esto favorece las condiciones para que los rayos sean un factor cada vez más importante. ¿Qué significa? Que el cambio climático tendrá cada vez mayor influencia, con un incremento en la superficie afectada y un aumento en la duración de la “temporada de fuego”.
En el escenario de cambio climático más optimista, de 2 grados de aumento en la temperatura, la cantidad de días de riesgo alto a extremo se cuadruplicará en lo que queda del siglo. Penosamente, tenemos un gobierno negacionista del cambio climático no dispuesto a pensar estrategias de mitigación.
Las cifras del 2024-2025 fueron escalofriantes: 32.000 hectáreas de ambientes naturales o semi-naturales perdidas. Este verano pinta para peor: más de 21.000 hectáreas promediando enero.
Los bosques andino-patagónicos pasan de bosques muy húmedos al oeste, a secos, en el este. Esta variación en solo pocos kilómetros favorece el alto nivel de endemismos, con árboles carismáticos como los Nothofagus -coihues, lengas, etc.-, alerces, arrayanes y animales como el huemul, Huillín, Chucao, entre otros. Todas necesitan de la estabilidad y los incendios son un cambio dramático.
Un bosque quemado, se transforma en un arbustal, es decir, un ambiente abierto. Pierde su fisonomía y procesos naturales. Los incendios naturales en el pasado eran espaciados, cada 80-100 años. Y cuando ocurrían, no existían actividades humanas que afectaran su recuperación.
En la actualidad sumamos otra amenaza: los pinos. Estos árboles exóticos, no son nativos, se expandieron por la industria maderera. Están adaptados al fuego y su rebrote se favorece por los incendios. Por esto, en sectores incendiados, pueden verse las consecuencias en menos de un año. Los bosques nativos se transformaron en parches mono específicos de pinos, que impiden la regeneración de cualquier otra especie nativa. Un ciclo negativo, porque son esos mismos pinos los que producen materiales combustibles -la pinocha- que hará aún más difícil prevenir o detener incendios futuros.
Investigadores CONICET ponen de manifiesto que los incendios también tienen un efecto en el régimen hidrológico de ríos y arroyos. La pérdida de cobertura vegetal favorece la erosión, con consecuente pérdida de nutrientes. Así los suelos se empobrecen impidiendo aún más la regeneración natural. Esto también impacta a la producción humana.
Estrategias para el futuro
Entonces, ¿Cuál es la estrategia que deberíamos adoptar? El manejo del fuego tiene seis etapas fundamentales: planificación, prevención, pre-supresión, detección, extinción y evaluación. Desde CONICET CCT-Patagonia Norte destacan que el buen manejo no está solamente definido por cuantos recursos son destinados, sino en cómo se utilizan en estas partes: “…más del 85% del presupuesto anual se destina a medios aéreos-extinción, mientras que menos del 2% se orienta a prevención o pre-supresión”. Es decir, se aplican muchos recursos a “curar” y no a prevenir. Mala estrategia.
En el mismo informe destacan “grandes incendios…costaron entre 700 y 1.000 U$D/ha con el 90% del gasto absorbido por logística de combate”. Estos son costos que obviamente no consideran las externalidades: pérdida de servicios ecosistémicos, infraestructura, etc. La restauración posterior está entre 1500-2300 U$D la hectárea. No es difícil entender que destinar mayores fondos a la prevención, detección temprana, a la capacitación de recursos humanos y a mejorar los equipos para la respuesta rápida, siempre será más económico en el largo plazo.
El escenario es complejo y poco alentador. El cambio climático favorece los incendios. Cada vez menos recursos que se destinan a acciones “placebos”, para mostrarse como respuestas frente a la opinión pública. La baja inversión en ciencia y tecnologías reduce la posibilidad de generar recursos para planeamiento eficiente.
El objetivo debería ser que la noticia no sea el heroísmo durante las “catástrofes” evitables, sino que debería ser que las capacidades del Estado garantizan veranos sin incendios de grandes proporciones.