Hay una frase que el político estadounidense Hiram Johnson dijo durante la Primera Guerra Mundial y que se volvió de uso unánime: “En la guerra la primera víctima es la verdad”. Es cierto. Podría agregarse que en vísperas de la guerra también.

Esta es una época en la que la verdad hasta cierto punto no existe. Las nuevas tecnologías, las redes sociales, la inteligencia artificial, permiten construir verosimilitud casi sobre cualquier cosa. Un grupo de personas que quisieran armar una campaña mediática diciendo que el Papa en realidad es un adorador de Satanás podrían hacerlo combinando todos estos elementos. Luego, si tienen suficiente capacidad de repetición para inocularlo en las personas, puede apostarse que al menos un grupo de seres humanos en el planeta lo terminaría creyendo. Y entonces llega el milagro: la mentira se transforma en una verdad.

Al mismo tiempo circula tanta información que los datos que revierten las mentiras suelen estar a la mano. Es menos necesario que antes apelar a una gran investigación ultrasecreta para desenmascarar la falacia. Incluso los mismos medios de comunicación del establishment que reproducen los guiones de la embajada norteamericana tienen la información que la desmiente. Todo se reduce al poder de repetición. Para quienes quieren abrir un poco los ojos, tomar la pastilla roja y ver cómo funciona la matrix, sólo es necesario observar con detenimiento, asociar, hacerse las preguntas más obvias.

Un ejemplo pornográfico de la guerra de mentiras fue la forma en que Estados Unidos construyó la excusa para atacar a Venezuela. Hace al menos dos años que el Departamento de Estado comenzó con un argumento al estilo Hollywood. El gobierno de Nicolás Maduro es en realidad una narco-dictadura que tiene incrustada en su interior al Cártel de los Soles. (Buen nombre, por cierto).

El 16 de noviembre del año pasado, el Departamento de Estado declaró al famoso cártel una organización terrorista extranjera dirigida por Maduro y otros funcionarios del chavismo. Era el marco político para justificar un despliegue militar inédito en el Caribe. Y el asesinato de al menos 100 lancheros que supuestamente transportaban droga en sus modestas lanchas de madera con motor fuera de borda. ¿Sería droga? ¿Serían pescadores? Nadie lo sabrá porque los americanos pusieron como prueba sus propios crímenes con  una filmación satelital nocturna, en la que una lancha de madera, de esas que suelen usar los pescadores pobres de América Latina, es atacada con armamento sacado de La guerra de las galaxias.

Los medios del establishment local -Infobae, La Nación, Clarín– reproducen de manera acrítica la información. Dan todo por cierto, sin investigar, sin preguntar, sin siquiera analizar. Son parte de un aparato de propaganda bien pagado.

De pronto, 20 días después de que el gobierno de Trump declarara organización terrorista al gobierno venezolano, The New York Times publicó una investigación. El informe sostenía que Ecuador se había vuelto “la gran autopista de la droga”. Aseguraba que “el 70% del tráfico mundial de cocaína fluye por territorio ecuatoriano”.

Ecuador fue durante todo el siglo XX y parte del XXI una “isla de paz” frente a las realidades siempre violentas de sus vecinos, Colombia y Perú, que son productores de cocaína. En los últimos años la isla de paz se fue transformando en bodega y puerto de salida de la droga que fabrican sus vecinos. Esto incrementó el volumen del lavado de dinero -al que ayuda la dolarización- y con ello la penetración de recursos ilícitos en todas las estructuras de la sociedad y el crecimiento de la violencia para ajustar cuentas.

La “guerra contra las drogas” lanzada por Richard Nixón en 1971 es un absoluto fracaso. (O quizás no porque su objetivo parece ser justificar invasiones). Según los datos de Naciones Unidas, el 2023 fue récord histórico en producción de cocaína con 3708 toneladas. Sobre ese total, cerca del 30% se produce en Colombia, algo más del 25% en Perú y un 20% en Bolivia. Es decir: la cocaína del mundo se hace en Colombia y Perú. Luego se exporta por los puertos ecuatorianos, pero el despliegue contra el supuesto cártel fue frente a las costas venezolanas.

Es similar a la excusa que se usó para invadir Irak en la década del 90 del siglo pasado, diciendo que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva y luego no se encontró ninguna. Es una guerra de mentiras.

Y continúa. El aparato de propaganda se dedicó ayer a difundir que ahora la Justicia de Nueva York juzgaría a Maduro por narcotráfico. Hasta ahora nunca se conocieron las supuestas pruebas ni la supuesta investigación. Sin embargo, hay algo que sí se sabe: el presidente Trump indultó hace poco más de un mes al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández. Paradojas de la vida, sobre Hernández sí había una investigación judicial. Lo acusó la Justicia estadounidense de participar y facilitar, como presidente del Congreso y luego del país, de una red que traficó más de 500 toneladas de droga hacia EE UU. Le dieron 45 años de cárcel. Trump -siempre preocupado por sus amigos- lo indultó. Salió de la cárcel el pasado dos de diciembre.

La verdad ha muerto.