Aunque no es fiel a todas las premisas del policial clásico, podría decirse que Guillermo Martínez es un autor de novelas policiales. Sin embargo, su manejo del género es absolutamente personal. Agregar que escribe policiales filosóficos tampoco sería una descripción acabada. Lo que sí resulta distintivo es que el lenguaje no es para él sólo una herramienta para contar una historia, como suele suceder con muchas novelas policiales, sino un elemento tan importante como la trama misma. Además, contrariamente a la fascinación que suelen tener tantos autores, tanto dentro como fuera del policial, por los personajes marginales, él siente predilección por los personajes intelectuales.
Su última novela, Un crimen dialéctico, es fiel a esas características. Su escritura es muy elaborada y el personaje principal, que también es el narrador, es un científico que debe interrumpir una beca en Inglaterra para cumplir una misión que le encarga la organización política a la que pertenece.
La novela, que transcurre en un lugar ficticio pero que puede identificarse con Argentina, plantea si existe o no el libre albedrío, un tema que fue objeto de estudios científicos, según lo informa Martínez. La misión que debe cumplir el personaje le plantea un problema ético relacionado con el libre albedrío: hasta qué punto es libre de tomar sus propias decisiones.
Se trata de un texto que demuestra que un tema filosófico aparentemente tan abstracto puede resultar apasionante y aspirar a que el suspenso tenga todo el tiempo al lector en vilo.

Guillermo Martínez
–Un crimen dialéctico plantea un tema filosófico: ¿existe el libre albedrío? Entre los agradecimientos figura en primer lugar Alberto Rojo, quien fue el primero en hablarte del experimento que hizo al respecto Benjamin Libet en 1983. ¿Cómo llegaste de ese dato a la novela y por qué te fascinó tanto el tema?
-En principio durante unos tres meses estuve conversando, discutiendo con él y con otros físicos sobre este experimento que deja algunas dudas, no es un experimento absolutamente determinante. No es que se haya probado realmente que no existe el libre albedrío. Yo intenté expresar, reflejar mis escepticismos, mis posibles reparos, o mis posibles explicaciones alternativas a través de las palabras y argumentos del protagonista-
Por un lado, ese problema me interesó desde el punto de vista intelectual. Tal vez podría haberlo tratado en un ensayo y quizá todavía lo haga. Por otro, ya estaba pensando en el momento en que discutía sobre estos asuntos en una clase de novela que quería hacer desde hacía tiempo, una novela referida a la idea de la manipulación de una situación para llegar al crimen sin ensuciarse las manos. Esa idea me rondaba, sobre todo después de haber leído Cosmos de Witold Gombrowicz. Hay también una novela de Agatha Christieque se llama Telón y que refiere de algún modo a Otelo, por eso en el epígrafe de Un crimen dialéctico hay una cita de Yago en Otelo.
-¿Y cómo tomaste de la decisión de escribir la novela?
-Eso tuvo que ver con una obra de teatro que fui a ver al teatro San Martín, Las manos sucias de Sartre. Ya la había leído en la adolescencia y me había impactado mucho. Eso fue en la época en que militaba y ahí estaba como blanco sobre negro la cuestión que está por detrás de esta novela, que es qué pasa cuando en aras de la Revolución uno debe no sólo dar la vida, sino quizás quitar una vida. Ese es el dilema existencial que tiene el protagonista. Se juntaron de algún modo estas piezas. Había leído también y me había interesado mucho Las grandes pruebas del espíritu de Henri Michaux que quería hacer una vinculación con la idea de la dialéctica a través de las experiencias con drogas alucinógenas.
-Me extrañó que el libre albedrío fuera objeto de un experimento científico. Hay argumentos concretos para decir que no que no existe: no es lo mismo nacer en una ciudad rica que en una villa.
-Ése es otro tema. El experimento está referido a acciones individuales que en principio prescinden de esta cuestión. Vos podés sentar a un chico nacido en cuna de oro y a otro nacido en una villa frente a dos botones para ver cuál elige cada uno. El experimento trata de ir hacia la región más elemental posible de la de la elección cuando no hay peligro ni beneficios, cuando son dos alternativas de algún modo indiferentes para el individuo.
Por supuesto que si lo querés extender a otra clase de decisiones, como es el voto, como es la elección de carrera, no es válido porque en esas decisiones pesan una cantidad de cuestiones y factores socio-ambientales. Por eso en la novela primero se da toda una lista de decisiones aparentemente libres que están condicionadas. Después se lleva a los extremos posibles en donde uno todavía podría pensar que tiene libre elección y el ejemplo que doy es el del ajedrez.

-¿Qué fue lo que te apasionó del tema de la dialéctica?
-La dialéctica es un tema en el que estoy pensando desde hace mucho y hay ya rastros de él en otras novelas mías. En Yo también tuve una novia bisexual, se habla de las dicotomías en la crítica literaria, en Once tesis (y antítesis) sobre la escritura de ficción trato de pensar de una manera dialéctica, es decir, trato de dar vuelta al tablero y pensar argumentos contrarios a las posiciones que yo sustento.
En esta novela me parecía interesante y original que el protagonista se diera cuenta de que las personas con las que está en contacto tendrían que comportarse de la manera opuesta a lo que él podría predecir o a lo que parecen ser para que su plan tuviera alguna chance. Lo que me parecía más fascinante era que, en la primera parte el lector conociera o creyera que conoce a los personajes y luego, en la segunda parte, los personajes reaccionaran de la manera contraria a la esperada. Algo de esto hay en El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrrel, que es una novela que admiré mucho en la adolescencia. En cada tomo los personajes se ven de maneras diferentes y hasta opuestas, de acuerdo a cómo cambia el punto de vista de los demás personajes.
-¿Cómo pensás una novela policial, cómo surge?
-Siempre me preocupa pensar qué clase de situación o razón podría hacer que una persona razonable, “normal” con todas las comillas que uno puede ponerle a la palabra “normal” cometa un crimen. Una de esas razones para mí puede ser el encargo político, la misión política. En este caso traté de que el protagonista se enfrentara con el dilema de tener que quitar del medio a una persona con la que empieza a convivir. No quise cometer la trivialidad de que un militante político tuviera que matar a un militar implicado en la dictadura, por eso me preocupé de que el Coronel fuera una buena persona que no había tenido nada que ver con eso.
-El protagonista, que es a su vez el narrador, es un personaje que no tiene nombre.
-En mis novelas ninguno de los protagonistas que narran en primera persona tiene nombre. Eso tiene que ver con que estos personajes van conformando algo así como una figura de varias vidas que están vinculadas, que podrían ser avatares del mismo narrador en diferentes situaciones y diferentes épocas.
-Yo pensé que el hecho de que no tuviera nombre contribuía a universalizar el tema de la conducta humana.
-Puede verse también de esa manera. En este caso, hay un protagonismo del narrador más estricto. Él lleva leva un diario acerca de lo que le pasa, es el que tiene el compromiso de la acción. En otras de mis novelas, a veces, el narrador es como si fuera un testigo.

-Por lo menos hasta donde llega la historia que cuenta la novela parecería que el crimen perfecto existe.
-Patricia Highsmith, con la que yo coincido bastante, dice que es que no necesariamente el crimen tiene que ser perfecto. Me gusta mucho de ella que sus personajes son un poco atolondrados. A veces planean algunas cosas, pero otras las dejan un poco libradas al azar. Por eso en Un crimen dialéctico hay una reflexión sobre el tema de lo imprevisible. Al narrador le habían dicho como parte de sus su instrucción en Alemania Oriental que hay que prever también lo imprevisible. Pero él, como es científico, se da cuenta de que uno puede prever a lo sumo una cantidad finita de altercados, de obstáculos, de problemas que pueden surgir, pero que son innumerables las casualidades, los accidentes que pueden ocurrir.
Entonces, uno puede prever eso y tener plan B, un plan C e igual no estar a salvo. En lo que hace el personajes hay algo de la praxis política que proviene del marxismo, que tiene que ver con la voluntad. Hay que probar en el terreno con la voluntad. Entonces, el personaje diseña un plan, pero en un momento se entrega a lo que pueda pasar.
-¿En el policial hay que tener todo planeado o hay un margen para jugar con lo que vaya surgiendo al escribir?
-En mi caso, lo que tengo bastante pensado es el principio como para escribir los dos o tres primeros capítulos. Es necesario planear eso para llegar a un punto dramáticamente interesante. Trato, incluso, de que ya en las primeras dos páginas esté prefigurado cómo va a ser la novela, cuál será la intriga. Luego, en la narración aparecen acciones, sutilezas, accidentes que van modificando lo que uno pensó. Me gusta también tener un final pensado, un lugar al que llegar.
Una relación muy estrecha
-Vos sos doctor en matemática. ¿Qué relación tiene la matemática con la filosofía?
-Desde el principio de los tiempos hay una relación muy estrecha, al punto de que hay sistemas filosóficos que están pensados, inspirados a la manera en que en la matemática trata los sistemas axiomáticos. Es decir, hay unos pocos principios duros que se consideran evidentes a partir de los cuales se devanan las razones o inferencias restantes de los principios filosóficos. Por ejemplo, Descartes lo hace cuando realiza un análisis crítico hacia atrás de la razón para encontrar un primer principio donde aferrarse. Husserl también era matemático e intenta lo mismo. Kant tenía una formación en matemática y física y entonces se da cuenta de lo que son las antinomias de la razón con la cuestión del infinito. Hegel trata de deducir la lógica tradicional a partir de una especie de generación de categorías a la manera matemática. Todo esto sin mencionarte a Wittgenstein y la filosofía analítica que es más estrictamente matemática. Hay una cantidad de relaciones entre matemática y filosofía que, lamentablemente, se dejaron de estudiar en las carreras de filosofía.
Un país ficticio
-Aunque el lector puede deducirlo por los datos que das, nunca decís en qué país trascurre la acción. ¿Por qué?
-No quería que fuera estrictamente la Argentina previa al gobierno de Alfonsín. En este sentido, hice la misma elección que Sartre en Las manos sucias que transcurre en un país ficticio que podría ser cualquiera de los países de Europa luego de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética se rerepartieron el mundo. Todos esos países tuvieron un conflicto similar. Además, me permitía hablar del famoso poema de Lérmontov que habla del monte Kazbek, que es esencial en la novela y que se anuncia desde la imagen de la tapa. También en América Latina hubo muchas transiciones, muchas dictaduras, muchos crímenes durante esas dictaduras en todos lados. La situación política es entonces más o menos genérica.