Después del éxito de público y de la aprobación de la crítica que significó La mentira, Eleonora Wexler y Gonzalo Heredia vuelven a ser pareja protagónica en el Picadero, el teatro que los vio nacer como matrimonio de ficción. El hecho de que El estado de la unión, tal el nombre del nuevo proyecto, esté basado en la novela homónima del prestigioso Nick Hornby —aquel escritor que, con obras como Alta fidelidad y Un gran chico, marcó formas novedosas de narrar las relaciones humanas—, se suma a los probados talentos y la química existente entre Wexler y Heredia, y a la larga trayectoria de la directora Ana Garrote, quien junto con Heredia adaptó la obra.
Heredia y Wexler se ponen ahora en la piel de Matías y Ana Laura, una pareja madura en crisis, que ha transcurrido junta la mayor parte de su vida desde la más temprana juventud. En épocas de crueldad, de “amor líquido”, de vínculos que no perduran, quizás la mayor subversión sea el intento de los personajes de permanecer uno al lado del otro. De manera similar y a la vez diferente a La mentira, imbuida de una sutil dosis de filosofía en la cotidianeidad y nutrida con la singular ironía de Hornby, El estado de la unión vuelve sobre temas caros al amor en la actualidad, en lo que parece una versión aggiornada —e infinitamente más cómica— de Secretos de un matrimonio, de Ingmar Bergman.
-¿Cuáles son los temas que aborda El estado de la unión?
Gonzalo Heredia:-La obra trata sobre un matrimonio que empieza a hacer terapia de pareja. Transcurre a lo largo de diez encuentros que los personajes tienen antes de cada sesión, donde intentan acordar qué temas van a tratar ese día con la terapeuta. Es una pareja que decide hacer terapia por un hecho puntual, pero en realidad se les empieza a jugar todo: el paso del tiempo, la cotidianeidad, la rutina, el desgaste del vínculo, las complicidades, el sexo y el amor, la paternidad, la maternidad… Ambos tienen poco más de 40 años y están en pareja desde hace 15, es decir, prácticamente la mitad de sus vidas viviendo al lado de la misma persona. Por ello, implica abordar muchos temas: desde qué es lo que los hace seguir juntos hasta imaginar una vida separados.

-¿En qué aspectos los temas de la obra los interpelan personalmente?
Eleonora Wexler:-Empezaste con preguntas livianas (risas). Tengo casi la misma edad que mi personaje y un matrimonio desde hace 14 años. Inevitablemente, cuando la leí, empecé a recorrer mi propio pasado: lo vivido, el nacimiento de mi hija… La eterna cuestión del paso del tiempo y ciertos contextos me resonaban en mi pareja o en parejas cercanas. Particularmente, siento que me atravesó en un montón de situaciones. Pero, a medida que avanza la obra, se va abriendo un abanico más grande. Creo que hay algo en El estado de la unión que conecta con la empatía inherente al ser humano que estuvo en pareja o tiene una en construcción. Es inevitable sentirse identificado con los dilemas que van atravesando los personajes. Son personajes que se desnudan uno frente al otro de manera inesperada en cada encuentro previo a la sesión de terapia.
-¿Cómo describirías a Ana Laura?
E.W.:-Es gerontóloga, madre de familia, tiene dos hijos. Se ocupa de muchas cosas: de los chicos, del colegio, de la casa, de su trabajo, que, aunque elegido, le demanda mucho tiempo. Está un poco agotada y en crisis, poniendo en la balanza qué fue y qué no fue respecto de lo que soñó. Tiene a su pareja, Matías, a quien ama, pero también duda si lo va a seguir eligiendo o no. Frecuentemente, en determinado momento de la vida, con cierto camino hecho, las personas nos preguntamos si seguir por un lado o hacer algo completamente diferente. En la obra, a partir de la palabra, se logra percibir la piel de ella y la de él, así como las sensibilidades en las que se encuentran y se desencuentran, e incluso si todavía es posible el encuentro.
-¿Y Matías?
G.H.:-Es crítico musical. De joven pensaba que era el trabajo soñado y que toda su vida iba a querer seguir yendo a recitales, rodeado de jóvenes, y escribir sobre bandas de rock. En el momento en que arranca la historia se encuentra un poco frustrado. Hay desencanto en el hecho de que ciertas cosas que imaginó que sucederían ya no van a suceder. Hay algo de la cotidianeidad y de la rutina que lo pasó absolutamente por encima. Entonces, cuando arranca la obra, es el momento no sólo de redescubrirse a sí mismo, sino también de mirar por primera vez a su pareja y escuchar cuáles son las necesidades que ella tiene. Y, a partir de eso, construir una nueva forma de relacionarse.

-¿Qué rol juegan en la obra temas tales como la lucha de las mujeres, los feminismos o las dificultades de los varones para asimilar nuevos tipos de masculinidad?
E.W.:-Ninguno de los dos personajes hace un planteamiento explícito en cuanto a lo femenino o lo masculino, ni está parado en algún extremo de los nuevos atravesamientos sociales. En ese sentido, la obra es desnuda. Va directa y puramente a lo vincular. El nudo es el vínculo, y eso vuelve más empático e inteligente su planteo, que se sitúa en el género de la comedia romántica. El espectador puede ponerse del lado de ella, del lado de él o intermitentemente de uno y del otro. No hay nada que saque de ese eje para tomar partido. A su vez, el conflicto es tan universal que podría transcurrir tranquilamente en cualquier otra época.
-Entonces, ¿cuáles les parecen las principales dificultades para el amor que aparecen como rasgos de este tiempo?
E.W.:-Lo que puntualiza Andrea Garrote en la obra es la imposibilidad de sostener vínculos largos en este tiempo. No hay mucho material en el teatro actual que se focalice en esa problemática. ¿Cómo es sostener relaciones humanas prolongadas en un contexto donde el amor pareciera algo rápido, efímero, voluble y descartable? ¿Qué se hace? ¿Qué pasa con estos vínculos que perduran a través del tiempo? ¿Cómo se detiene la erosión? ¿Cómo se rearman y se reconstruyen?
G.H.:-Estamos en la época de lo inmediato, de lo volátil, del entretenimiento, del no compromiso, de lo desechable, del “no funciona” y chau. Entonces, en tiempos en que el otro no es mirado, emprender otra búsqueda es hacer algo diferente. Hoy apostar a recrear y profundizar un vínculo es algo casi revolucionario. Se trata del amor maduro. No de ese amor idealizado donde hay fuegos artificiales o cosquilleo de mariposas en la panza, lo cual está buenísimo y es poderoso. La obra plantea que también existe el amor real, donde no hay ositos de peluche rosa ni bombones con forma de corazón. Es ese amor que se tiene que trabajar todos los días, que hay que reinventar cuando ya no hay más artificios. Es un planteo cercano y llano, porque no deja de ser extrapolable a las maternidades, paternidades y amistades. Cuando pasa la primera espuma, cuando los fuegos artificiales se van, ¿qué queda? ¿Cuál es la sustancia de los vínculos reales? En definitiva, en tiempos en que el otro no importa o es desechable, la obra apuesta a los vínculos que perduran.

-¿Cuál es la evaluación que hacen de la cultura en general y cuál puede ser la función del teatro en estos tiempos?
G.H.:-Estamos acá, un 24 de marzo, ensayando en el Teatro Picadero, y ese no es un tema menor. Sabemos que el Picadero fue sede fundacional de Teatro Abierto, que resistió contra la dictadura. Entonces, que estemos acá y en este día responde qué es el teatro para nosotros. El teatro en la Argentina fue y es resistencia: política, cultural e identitaria. Estamos en el mejor lugar que podemos estar para resistir antes de ir a la marcha. El arte y el teatro se hicieron para resistir. Afirmación que gran parte de los argentinos pareciera, a veces, tener que recordar en cada gobierno.
E.W.:-Nos falta mucha memoria a los argentinos. También ciertos gobiernos se han ocupado de intentar destruir parte de esa memoria. Fueron tan largas y cruentas las luchas para ganar derechos que hoy parecen en cuestión: laborales, sociales, culturales. La cultura está desfinanciada, están intentando vaciarla; está pasando por un momento pésimo. Se tardó en reconstruir la identidad perdida de una generación y ahora intentan contar otra historia. Me preocupan mucho las generaciones que vienen si, con este gobierno, queda instalada la experiencia de que los derechos —laborales, sociales, culturales, identitarios, humanos— se destrozan fácilmente o que pareciera que nunca existieron como tales.«
El estado de la unión
De Nick Hornby. Dirección: Andrea Garrote. Con Eleonora Wexler y Gonzalo Heredia. Estreno: 3 de abril. Funciones de viernes a domingo a las 20 en el Teatro Picadero, Pasaje Enrique Santos Discépolo 1857 (CABA).
Heredia y Wexler, sin perder la ironía
El proceso de adaptación del texto de Nick Hornby partió, según explica Heredia, de una ventaja: “la novela está estructurada de una manera bastante teatral, con un mismo código en juego”. Sin embargo, ese punto de partida implicó también un trabajo fino de traducción cultural, ya que “hay cuestiones de la cultura inglesa que acá no tienen ninguna resonancia, lo que implicó modificar o quitar algunas cosas”.
Uno de los ejemplos más claros aparece en una metáfora central del texto original: “en un momento de la novela hacen una metáfora entre el vínculo amoroso y el Brexit británico”, algo que, trasladado sin mediaciones, “hacía que se perdiera el punto central, que tiene que ver con esa pareja”. Por eso, la adaptación buscó despejar esas capas para concentrarse en el núcleo dramático.
Por su parte, Wexler retoma el sentido del título y su vínculo con el discurso anual del presidente de Estados Unidos. “La relación es absoluta”, afirma, y señala que ese guiño “forma parte de la ironía de Hornby” y resulta fundamental en la lectura de la obra, ya que “es necesario tenerlo presente, porque así termina de cerrar la obra”.