Ernesto Cherquis Bialo decía en prosa pero, a diferencia del Jourdain de Molière, lo sabía. Tenía una cadencia al hablar que hacía imposible negarle la atención. Era un hipnotizador con la palabra. Su relato se convertía en imágenes. Había colores, aromas, distintos tonos que Cherquis administraba con su silabeo, sus acentuaciones, sus movimientos corporales, siempre según la historia se lo requiriera. Podía interpretar él mismo al personaje en cuestión, gesticulando y modulando a medida. Lo hacía siempre a Ringo Bonavena. Pero ninguno le salía mejor que Julio Grondona. Cherquis sostenía una breve pausa, acomodaba la mandíbula inferior hacia adelante y sacaba de adentro, sin perder la elegancia, una voz estomacal que lo asemejaba al ex presidente de la AFA. Cherquis vivió al servicio del contar.

Por ese motivo le gustaba el boxeo, porque le permitía escribir buenas historias. Porque Cherquis hablaba, pero sobre todo escribía. Incluso podía hacer ambas acciones a la vez, moldeado en un tiempo del periodismo gráfico en el que las crónicas desde el exterior quizá tenían que ser dictadas. Esa práctica le dio una enorme expertise para hablar escribiendo.

El periodismo de Cherquis se basó en la experiencia, en estar y mirar. Por supuesto que en preguntar, pero sobre todo en observar, en visitar los lugares, en buscar la intimidad -lo profundo- para entender. Sus crónicas en cualquier parte del mundo contaban el hecho y el contexto. Conocía todos los rincones de la humanidad de Carlos Monzón porque casi que los había habitado. Podía compartir hotel con los protagonistas, viajar en el mismo avión, tener largas charlas con esos actores sobre los que luego escribiría y a los que no sólo entrevistaba, también los criticaba. Con cercanía y, a la vez, distancia.

Ese pulso narrativo puede leerse en sus artículos de la revista El Gráfico, la no ficción deportiva. Es cierto que también desplegó su histrionismo en cada tiempo, incluso en distintos roles, como conductor de La Oral Deportiva, como gerente de deportes de Telefé o de Torneos, y también como vocero de la AFA de Grondona, de quien había sido un crítico acérrimo pero fue el primero, contaba Cherquis, que le ofreció una mano cuando se sintió en la lona. Pero aunque trajera su estirpe de cronista estadounidense hasta estos años del streaming y los influencers, en ningún otro lugar ejerció un periodismo como en la publicación de la Editorial Atlántida. Porque en ningún otro lugar pudo estar de viaje durante dos meses entre finales de Grand Slam, títulos mundiales de boxeo, partidos del fútbol europeo, algún Gran Premio de Fórmula Uno y entrevistas a deportistas, principalmente a cualquier argentino que estuviera por el mundo. Y en ningún otro lugar pudo contar todo eso con extensión, en varias páginas, al detalle, desafiando la curiosidad del lector. 

El hombre que nos escribía las historias
Foto: Prensa Alejandro Grillo
Foto: Alejandro Grillo

Con todos los claroscuros, a los que no esquivaba, como los tiempos de dictadura, Cherquis fue el largo puente que llevó la tradición de El Gráfico, construida en la década del veinte, hasta el final del último siglo. Primero como Ernesto Cherquis Bialo y, en una segunda etapa, como Robinson, el seudónimo que utilizó luego de un paréntesis con la revista durante el cual se fue a trabajar a la radio para coberturas boxísticas auspiciadas por vinos Peñaflor. Bajo esa firma, homenaje a Ray Sugar Robinson, escribió tal vez las mejores crónicas. En paralelo fue sólo Cherquis Bialo y luego retomó a su nombre completo hasta convertirse en director. “Soy un escritor de historias o intentaré serlo”, le dijo a Carlos Fontanarrosa, el director de El Gráfico apenas entró a la revista. “Lo que más me importaba eran las historias, más que los hechos que están a la vista de todos. Las historias hay que descubrirlas y rescatarlas”, le contaría Cherquis a Leni González.

Cherquis estuvo en Rumble in the Jungle, la pelea en la selva, en Kinshasa, el Zaire, el 30 de octubre de 1974, cuando Muhammad Ali noqueó a George Foreman. También estuvo en Reikiavik, Islandia, cuando Bobby Fischer y Boris Spassky se enfrentaron en 1972 por el campeonato mundial de ajedrez, el choque de la guerra fría. “Las cosas que vi y escuché de Fischer y Spassky”, se tituló su crónica.

Pero lo que más trasunta la prosa de Cherquis es el Luna Park, las grandes noches de veladas, la mitología de una Buenos Aires tanguera que no dormía. Amaba las viejas redacciones, el humo del cigarrillo, las charlas de trasnoche, y las recordaba con fascinación sin pretender la vuelta. Había mucha calle en Cherquis, pero no había nostalgia. “Quiero hablar de lo que pasa hoy, no quiero estar todo el tiempo recordando”, me dijo a fin del año pasado cuando aún había esperanzas de vencer a la leucemia.

Cherquis había dedicado este tiempo a cultivar las amistades, el cariño colectivo, el asado y las sobremesas con buen vino. Veía a los más jóvenes como espejo y no como depositarios de sus consejos. Era generoso con su tiempo y se despedía con un te quiero. Lo hizo hasta el final, hasta su ronda de despedida el último jueves, con 85 años y la dignidad de un luchador. “El tango para hoy sería: ‘Adiós, muchachos…’. Pero yo no me bajo del ring hasta el campanazo final…”.  El campanazo llegó. “Ganador Cherquis Bialo. Es leyenda”, anunció en la despedida Osvaldo Principi, con quien compartieron tantas transmisiones de boxeo.   

Se fue el hombre que nos contaba historias. Se fue un amigo que sabía escuchar. Un hincha de San Lorenzo. Sus sobrinas, a las que amaba, se pusieron la camiseta azulgrana para despedirlo. Se fue acaso el mejor escritor de deportes de la Argentina, el que escribió la mejor época del deporte argentino. “A Cherquis hay que leerlo, era un ensayista”, dice Daniel Tognetti. “Rigor periodístico, conocimiento pleno del oficio y prosa bella”, me escribe Ezequiel Fernández Moores. Era nuestro Gay Talese sin sombrero, pero con la elegancia del bastón, chalina y anteojos. Hace exactamente cuarenta años, justo antes del Mundial de México 86, Cherquis publicó una extensa charla en El Gráfico con Diego Maradona, un nombre con el que también estaría emparentado por siempre y de quién escribió la autobiografía “Yo soy el Diego” junto a Daniel Arcucci. “Antes que nada -arrancó su nota “Diego, el ídolo triste” del 25 de marzo de 1986- se impone una puesta en clima. Trataré de trasladarlo hasta Nápoles para que usted viva las mismas sensaciones que sentí yo”. Se lo puede escuchar a Cherquis, se lo puede sentir. Nos lleva ahí, donde esté, para siempre.