El joven partido español dirimió su liderazgo en una interna en la que se impuso su ala más combativa.

Hay un mandato claro para este secretario: unidad y humildad», dijo Iglesias, ocasionado por los militantes morados reunidos en la Asamblea Ciudadana, que lo recibieron entre gritos de «unidad» y «sí se puede». «Unidad» fue el reclamo de las bases en la jornada de apertura de la asamblea de Vistalegre II -nombre del recinto donde se celebró el encuentro- en el que Iglesias y Errejón, secretario político de Podemos, dirimieron una interna que tiene claro ribetes ideológicos.
Iglesias es el referente de la facción que dentro de Podemos busca mayor relación con los movimientos sociales, con un discurso duro en las instituciones y de confrontación con los demás partidos del «sistema». Por su parte, Errejón es partidario de avanzar en la transversalidad para ganar la confianza de más ciudadanos y llegar a acuerdos con otras fuerzas en el parlamento para empezar a desplegar el programa de Podemos.
Los resultados del proceso interno al que sometieron sus diferencias fueron inapelables: Iglesias mantiene su cargo de secretario general, en el que no tuvo rival, con el 89% de los votos; mientras su lista para el Consejo Ciudadano Estatal (CCE) obtuvo un 59,8% de los apoyos, frente al 37,1% de la lista de Errejón, y un 3,23% de los anticapitalistas de Miguel Urbán. De esta forma, de los 62 cargos que componen la cúpula de Podemos, 37 consejeros son del equipo de Iglesias, 23 de Errejón y 2 de la corriente minoritaria anticapitalistas.
Las más de 150.000 personas que participaron también optaron de forma mayoritaria a favor de las tesis ideológicas de Iglesias, que venció en la votación sobre los documentos político, organizativo, ético y de igualdad. Los «errejonistas» habían apostado fuerte por imponer su proyecto político para imprimir un cambio de rumbo a la formación de izquierda, al considerar que la estrategia de confrontación dura seguida por Iglesias desde las elecciones del 20 de diciembre -que impidió un acuerdo con los socialistas para desbancar al conservador Mariano Rajoy-, los había alejado de parte de su propio electorado. Sin embargo, el partido se volcó con Iglesias, quien se vio desafiado y convirtió la asamblea en un plebiscito sobre su liderazgo.
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