En apenas una semana, cuando la sangrienta ofensiva lanzada contra Irán recién empieza a desarrollarse y ya está probando que no será “un paseo de dos o tres días”, como dijo frívolamente Donald Trump al ordenar el primer bombazo con el que se propuso acabar con la tierra donde nació la milenaria cultura de los persas, la región y el tambaleante mundo occidental, empiezan a vivir tiempos quizás impensados. Por ahora, mientras la vida humana es truncada bárbaramente en todo Irán, desde Teherán, la capital, hasta una escuela primaria de la ciudad sureña de Minab, escenario de una matanza en la que murieron, despedazadas, más de 160 niñas de entre siete y once años, Estados Unidos y sus aliados protagonizan episodios colaterales propios de un proceso de desintegración.
Muchos pretextos podrían haber dado los agresores para intentar explicar el ataque mixto EE UU-Israel de la madrugada iraní del 28 de febrero. Son todos obvios y basados en supuestos falsos, como los que en este milenio terminaron con Irak y Libia y concretaron la destrucción de otros blancos situados en Asia y en África. Estados Unidos, el país más endeudado del planeta –U$S 36.174 billones el día de la asunción de Trump, el 20 de enero del 2025; 8,3 veces más que la deuda de Rusia– padece problemas internos graves que lo tienen mal parado al presidente. A esto, en el plano externo suma una crisis que el estilo pendenciero de Trump exacerban hasta llevar las relaciones bilaterales a límites que agregan costos que bien podrían ser insostenibles.
Analistas de distinto pelo, que van desde The New York Times hasta la agencia rusa Sputnik, arriesgan razonamientos que desnudan y comprometen éticamente a Trump y al primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, la otra pata de la componenda contra Irán, de la escuela de niñas de Minab. ¡Qué le hace una mancha más al tigre!, pensarán con razón. Lo cierto es que esos opinadores consideran que tras la destrucción de Irán –bienes humanos, culturales y materiales– hay razones de tipo personal que jugaron a la hora de las decisiones. En la propia estructura del poder en EE UU hay quienes comparten la opinión de notorias firmas del diario de Nueva York. En Israel se ignoran reacciones: censura tan o más severa que la de los regímenes más autoritarios.

Piensan esas fuentes que Netanyahu necesita de esta guerra para resguardar su pellejo. Más precisamente su supervivencia fuera de los calabozos. Ocurre que es requerido por la comisión de múltiples delitos de lesa humanidad y tiene un pedido de captura dictado por el Tribunal Penal Internacional de La Haya, el mismo que juzgó al serbio Slobodan Milošević, «el Carnicero de los Balcanes». Para asegurarse un futuro bañado por la luz del Sol el israelí necesita un indulto que el presidente Isaac Herzog le negó sistemáticamente. Podría lograrlo gracias al prestigio interno que ganaría aniquilando al régimen de los ayatolá o si las presiones que Trump ejerce groseramente desde el principio de su mandato doblegaran, al fin, a Herzog.
Recuerdan también que en noviembre habrá elecciones legislativas y que en ellas Trump se juerga la mayoría en ambas cámaras, la única forma con la que, de mantenerla, evitaría el juicio político con el que los demócratas prometen lapidarlo. Jugadas de último momento parecen demostrar que en el plano interno mueve sus piezas en forma defensiva. Así fue el reemplazo de Kristi Noem en la cartera de Seguridad. La encargada de perseguir a migrantes y violar sus derechos ya no resistía las críticas que le llegaban del propio Partido Republicano. El martes, el Marshall Proyect, un centro de periodismo de investigación, divulgó su último trabajo, en el que denunció que “al menos 3800 niños, incluidos 20 bebés, fueron secuestrados de sus casas o escuelas y permanecieron varios días desaparecidos” (imposible no pensar en las niñas de Minab).
Entre tanta porquería apareció Pete Hegseth, el cruzado que manda en el Pentágono, quien reveló que había sido asesinado en Irán quien dirigió en 2024 un complot orientado a matar a Trump en plena campaña para las presidenciales. “Irán intentó acabar con el presidente pero él tuvo la última palabra”, celebró. Aunque Trump no quiso justificar la invasión por su intento de asesinato, dejó dudas cuando declaró a ABC News que “Alí Jamenei trató de matarme dos veces pero yo llegué primero”. En el sinfín de contradicciones del gobierno para justificar la guerra, está la necesidad de cambio de régimen en Teherán, pero el embajador norteamericano ante la ONU, Mike Waltz, y otros funcionarios admitieron que los complots contra Trump “jugaron un rol muy importante”.
En ese miserable juego por la supervivencia surgen los insultos como arma para mantener vigente la tensión con sus propios aliados. Allí aparece, impactante, que los gobernantes europeos sigan el cencerro de su aliado y jefe cuando un día sí y el otro también reciben desaires, amenazas y humillaciones. El último es del jueves. Trump los acusó de sirvientes de China, todo porque le comprarán los molinos de viento con los que piensan ir diversificando su matriz energética. Europa se arrodilla en todo ante su jefe transatlántico. Con el chantaje de que se retirará de la OTAN si los aliados no se rearman, logró el compromiso de destinar a defensa más que a salud y educación. En este escenario, con un mínimo gesto soberano, de dignidad, España conmovió el tablero.
Aparentemente unos misiles iraníes habrían apuntado, sobre dos bases aéreas británicas en la isla de Chipre. Londres desechó la versión y en principio negó incorporar esas bases al organigrama invasor. En su estilo, Trump habló de “esa estúpida e inservible isla”. Rápidos, todos salieron a respaldarlo sin nombrarlo, con los hechos. Londres olvidó su negativa, el siempre balbuceante Emmanuel Macron dijo y no dijo. Hasta Grecia dijo aquí estoy y anunció que enviaría fragatas, aviones y sistemas antimisiles y antidrones a la guerra. Portugal quedó en un punto intermedio: concederá el uso de sus bases militares pero con la condición de que sólo sean usadas para responder a un ataque y de acuerdo al principio de necesidad y de proporcionalidad.
La posición de España se resume en cuatro palabras. “No a la guerra”, dijo Pedro Sánchez. Es decir, no al uso de las bases de Rota y Morón de la Frontera, y con ese mínimo gesto de dignidad descolocó a la Unión Europea, enfureció a Trump y recordó desgraciados episodios de la historia reciente, como la invasión de Irak (2003-11). Se le llamó guerra y reavivó todo que se quería combatir. Afianzó el yihadismo y voló el precio de los combustibles. Se les aseguró a los europeos, básicamente, un mundo inseguro y una vida peor y más cara. Es impredecible aún pensar que esta invasión a Irán, bipartita y con bendición europea a regañadientes, tendrá consecuencias similares. Eso sí, empezó con una matanza. Cómo no cantar presente por las niñas asesinadas en Minab. «