Columna de opinión de Fernando Capotondo, jefe de Redacción.
Se trata de una virtual experiencia religiosa que supera, lejos, la visita a los majestuosos templos indios o la participación en sus programas de meditación. Porque sólo puede atribuirse a un milagro la posibilidad de salir ileso de un viaje en estos transportes populares, cuyos conductores imponen sus propias reglas de tránsito. Nunca chocan, pero eso sí, avanzan casi rozando a los autos y bicicletas que tienen la osadía de cruzarse a su paso.
La fórmula es sencilla: hay que tocar mucha bocina y mirar el espejo, me explicó Pawan Chandua, un veterano conductor que, según pude padecer, no respetaba carriles, doblaba en U cuando se le ocurría y utilizaba su puño como improvisada luz de guiño.
Con el correr de los viajes, Pawan se transformó en mi virtual guía turístico. Gracias a sus recomendaciones, descubrí lo que hoy llaman la «India profunda», esos lugares y costumbres populares que nunca figurarán en las prolijas guías de Lonely Planet y The National Geographic. Como dije, viajar en tuck-tuck fue una experiencia reveladora.
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