¿Ya llega el fin de la inflación? Sí, loco, no te persigas. La viralizada escena de la serie argentina Okupas podría ser utilizada para graficar las billeteras y los chanchitos de las casas argentinas: la economía libertaria parece un meme.
Aunque, a decir verdad, la liquidación salarial frente al aumento de los precios no es otra cosa que una catástrofe. No hay posverdad ni milicia digital que pueda esconderlo.

Dato mata Toto
La discusión por la manipulación del índice inflacionario del INDEC y la salida de Marco Lavagna al frente del organismo cerró con moño: una variación del Índice de Precios al Consumidor (IPC) del 2,9% con esfuerzos significativos para que el primer dígito no sea un 3.
Anualizada llegaría a una inflación del 41%, cercana a la del 2016 o a la de 2002. Las versiones cruzadas sobre cuánto hubiera sido el IPC con la nueva fórmula en enero, no niegan que aplicando la Encuesta Nacional de Gastos en Hogares (ENGHO) 2017/2018 (también atrasada), la inflación durante 2025 hubiera sido mayor en al menos un punto porcentual.
Desglosado el índice, el asunto se vuelve peor: en el rubro “alimentos y bebidas”, que impacta de una forma proporcionalmente mayor en los sectores de menores ingresos, la variación de precios fue del 4,7%. Las carátulas “comunicación” y “vivienda, agua, electricidad y otros combustibles”, preponderantes en un índice que no aborde la vida como en 2004, aumentaron 3,6 y 3% respectivamente.
El IPC se mantiene en aumento constante en los últimos ocho meses, desde mayo. Sólo no subió entre julio y agosto: en ambos meses hubo 1,9% de variación de precios.

Los más vulnerables, los que más pierden
Pero todavía peor fue el impacto de los precios de los bienes y servicios que componen la Canasta Básica Total y la Canasta Básica Alimentaria, que sirven para definir los umbrales de pobreza e indigencia respectivamente. Allí es donde verdaderamente se exhibe la debacle.
La primera subió 3,9% mientras que la segunda tuvo una variación de precios del 5,8%, muy por encima del 4,1% de noviembre y de diciembre del año pasado.
Se trata de una suba de exactamente el doble que la que mostró la inflación general que marca el IPC.
El combo mortal se cierra con la comparación salarial: aumento del 1,6% en diciembre (INDEC, último registro), por debajo de la inflación y desglosado de la siguiente manera: sector registrado, 2%; el privado, 2,5%, el público, 1%; no registrado, 0,1 por ciento.
Según el índice general, en la variación interanual (tomando diciembre, último registro del INDEC) el salario supera a la inflación (38,2% a 31,5%), pero hay una trampa. Todos los salarios registrados (públicos y privados, que representan poco más del 80% en las “ponderaciones del período base”) perdieron en la escala interanual (28,8% a 31,5%), que se sumó a la caída de diciembre de 2023-2024. Lo único que aumentó fue el salario no registrado (87,9%), a la cabeza de un aumento de la informalidad en la Argentina: pasó del 42,6% en el tercer trimestre de 2024 al 43,3% en el mismo período de 2025, con la pérdida 300.000 puestos de trabajo asalariados formales desde la asunción de Milei.
Su medición, además, está fuertemente cuestionada por diversos motivos.
Igualmente, según números oficiales, no hubo aumento del rubro “prendas de vestir y calzado”. Toto Caputo puede quedarse tranquilo: no hace falta que compre ropa en el exterior este mes.

Perspectiva
“No es que el dólar o el resto de los precios de la economía estén subiendo; lo que sucede, en realidad, es que el peso está perdiendo valor. (…) La inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario”. La frase forma parte de la introducción que el propio Javier Milei hizo sobre su libro El fin de la inflación (Editorial Planeta, mayo 2023).
El gobierno se jactó de frenar la emisión y los últimos informes monetarios del Banco Central no sugieren lo contrario. Dice el de diciembre 2025: “A precios constantes y ajustada por estacionalidad, la Base Monetaria registró una contracción de 7,6% y se ubicó en 4,1% del PIB, 3,6 p.p. por debajo del registro promedio observado entre 2004 y 2025”.
Confirma el de enero: “Así, comparando los saldos de fin de período con los del último mes de 2025, la Base Monetaria se mantuvo prácticamente sin cambios”. El “pisado” tipo de cambio confirma que no hay un problema de la divisa.
El cuadro inflacionario se da con “industricidio” y recesión: cerca de 21.000 empresas cerraron con el gobierno libertario en la Casa Rosada. Mucho menos podría llegar a verse un “calentamiento” de la economía en términos de compra-venta: en diciembre de 2025, según el Indicador de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios (CAC), el consumo mostró una caída de 1,4 por ciento.
Pueden analizarse un sin fin de razones para un fenómeno multicausal. Ninguna de ellas sirve para omitir que la inflación es un instrumento de acumulación de la clase dominante, recrudecido en un escenario de incertidumbre sobre el rumbo y los vaivenes futuros de la economía.
Nada permite pensar en una mejora: las presiones devaluatorias sobre un tipo de cambio atrasado, la perspectiva de aumento de tarifas (luz, gas, nafta, transporte) que nadie niega, los aumentos del período de inicio de clases (en enero, lógicamente, el rubro educación subió muy por debajo del índice general de inflación, un 0,6%) son nafta para el fuego de la presión inflacionaria.
El gobierno podrá festejar una victoria parcial en el Congreso pero está muy lejos de lograr un repunte de la economía que, en definitiva, es la única base sólida para la generación de empleo.
No llegó el fin de la inflación. Tampoco parece estar en camino.