“Si no sé que no sé creo que sé. Si no sé que sé, creo que no sé.” (Roland Laing).
Le envié a una conocida una referencia sobre la estación Virgen María del metro en centro de Teherán. Se advierte a una mujer con hiyab observando la iconografía de la Virgen en sobre relieve. Mi amiga respondió con el asombro que trasunta el “Oh”. Agregó: “Según lo que escucho el líder supremo Alí Jamenei era un déspota, sanguinario. No tenía idea que se respetaban y convivían en paz las religiones en Irán”.
La desinformación, como la comunicación defectuosa resultan herramientas insoslayables del poder a la hora de mostrar “la realidad”. La falsa comprensión que llena el vacío suele abrumar al receptor que lo asume como cierto, sin cuestionarse ni la fuente ni el emisor. ¿Si además esa «realidad» se aprecia desde la concepción orientalista (término acuñado por el intelectual palestino Edward W. Said), que instala una mirada estigmatizante sobre el mundo árabe, algo menos (sólo algo) que la del filme Indiana Jones?
Aunque resulte una atroz paradoja, la guerra desatada por EE UU e Israel sobre Irán ofrece una respuesta: no es la primera -ni será la última vez- que la barbarie del occidente anglosajón corra el velo de la manipulación. El 28 de febrero 160 niñas de una escuela primaria en la ciudad de Minab fueron masacradas por un misil del ente israelí y EE UU, son una evidencia brutal, insoslayable. Nada importa si usaban hiyab o no, si sus familias adhieren o no a la Revolución Islámica: eran 160 niñas y las masacraron en prueba de un supremacismo bestial.
No menos que la descarada imagen de los socios del terror excusando el crimen de guerra con la articulación de una presunta “legítima defensa preventiva”. Trump y Netanyahu subestiman la inteligencia. El genocidio palestino fue el ensayo general de una obra en dónde la trama central excede el control de una región inmensamente rica en bienes comunes. Por remanido que resulte, el petróleo y el gas, el Estrecho de Ormuz, el Levante Oriental, están indisolublemente ligados a un escenario de conflictividad. Por eso Irán es determinante y esta guerra se convierte en existencial.
La demolición de todo el andamiaje legal internacional de posguerra era imprescindible. Lo pergeñaron poco antes de lanzarse al ensayo palestino. Entre las múltiples evidencias de esa destrucción, resaltan algunas indisimulables. No sólo por no reconocer al Estatuto de Roma (base de sustentación de la Corte Penal Internacional organismo ante el cual Netanyhau resulta criminal prófugo), además por la paradoja de no haber suscripto el ente israelí el Tratado de no Proliferación Nuclear mientras le exige a Irán su cumplimiento y de paso, junto a EE UU que lo firmó, aunque tolera y asiste a Israel, lo atacan. Los bombardeos además, se llevaron a cabo en plenas negociaciones con Irán, prueba irrefutable del gangsterismo que caracteriza al agresor.
El proyecto de El Gran Israel, es absolutamente imposible de concretar bajo el sistema de normas internacionales vigente. El derrocamiento del gobierno sirio mediante la alianza con un ex Al Qaeda para extinguir a un país otrora emblema en la región, el incumplimiento sistemático del cese al fuego suscripto con el Líbano en 2024 y su permanente acoso en el Sur y el Valle de Bekaa, y finalmente la farsa del cese al fuego sobre Palestina suscripto en Egipto, dan cuenta de una ficción funcional al bloque agresor. La multiplicidad de agresiones a Irak, Siria, Libano, Palestina ocupada que el ente sionista llevó adelante con la coautoría de EE UU, son indisimulables muestras de poder ilimitado. Ilimitado no sólo geográficamente, también legalmente.
La invasión de Irak fue un parteaguas: nunca pudieron legitimarla. Ayer por la imprudencia de Bush, hoy por las del tándem criminal Netanyahu-Trump. La diferencia la da la calidad del agredido. Irán no es Irak. Un país de enorme extensión, surcado por diversas cadenas montañosas por cierto una geografía bien distinta a la desértica de Irak, y en dónde la llanura apenas se desliza en la costa del Caspio con control del Golfo Pérsico. El poder de fuego es también diferente, demostrado en la guerra de los 12 días del pasado junio.
Pero un hecho es determinante. Haber asesinado al Ayatolah Ali Jamenei en pleno mes Sagrado de Ramadán es una inadmisible afrenta para una población de más de 92 millones de diferentes etnias, pero cohesionados por un sentimiento y una identidad religiosa islámica que está en las antípodas del supremacismo blanco occidental. Haber deslizado que tras el primer ataque y del asesinato de su líder el pueblo iba a legitimar a los agresores fue algo más que un error de cálculo o una torpeza de la soberbia occidental.
Es cierto, cuando el cielo es atravesado por misiles de última generación cualquier pronóstico resulta una osadía. Lo único no impredecible de esta guerra existencial es la capacidad y cohesión de un pueblo que se retrata en mártires de antaño y que cuando se golpea el pecho lo hace pensando en su futuro.