Los arquetipos de la organización de la vida se derriten como un helado al sol. En el combate de la injusticia no siempre se puede disecar lo malo y sostener lo bueno. La crítica al orden establecido no viene con el manual de instrucciones del nuevo orden. Este siglo parece que no quiere nada más que guita: ni Dios, ni patria, ni Estado, ni comunidad, ni familia. Lo que hay es desorden. Y en el desorden, «los demás valen nada». Cuidar es nada más que carga.
A días del 24 de marzo, a 100 años del nacimiento y casi 50 de la desaparición forzada de Irma Carrica, evocamos la historia de alguien que cuidó sin guardarse nada.
Los orígenes
Irma Carrica nació el 3 de julio de 1926 en Sampacho, Córdoba. Su mamá murió pronto. Su papá era obrero ferroviario y viajaba mucho. Fue criada por sus tías, enfermeras. Con la impronta de esa crianza, viajó a Buenos Aires a estudiar Enfermería. Se graduó en 1947 en la escuela Cecilia Grierson, la principal institución encargada de formar enfermeras en ese entonces, hasta la creación de la escuela de la Fundación Eva Perón al año siguiente.
Volvió a Córdoba a vivir en Río Cuarto y a trabajar de enfermera. Se casó y tuvo a su hijo, Héctor “Pelusa” Carrica. Volvió a Buenos Aires y en 1953 comenzó a trabajar en el Hospital Rivadavia donde además participaba en ATE, el sindicato de los estatales. Luchaba por la profesionalización de la enfermería (empujando la formación en servicio del personal empírico). Por ascendencia familiar, militaba en el Partido Socialista, de extracción antiperonista.
A lo largo de toda su vida, Carrica le incorpora a su vocación por la enfermería una aptitud positiva en lo concerniente a la gestión de servicios de salud (en todos sus trabajos ocupó jefaturas o puestos de coordinación de equipos), al mismo tiempo que una vocación docente permanente implementando capacitaciones y clases en servicio.
Su postura para con el peronismo dio un vuelco tras los bombardeos a la Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955. Asistió a una maestra con graves lesiones en sus piernas y vio morir a todos los niños que viajaban con ella en el autobús escolar. Este hecho traumático, asistir a un acto de odio y crueldad sin precedentes, fue el punto de partida de su participación política en la resistencia peronista, llevada adelante a través de su sindicato.

Su militancia
Carrica conecta desde su trabajo como enfermera con el final del primer peronismo y la vuelta de Perón en el ´73. Hace de todo: trabaja, milita sindicalmente, es docente, gestiona, cría a su hijo. Mientras, cuida a sus compañeros, en el hilo conductor que oficia de puente en estos 17 años de exilio del líder. En el marco de la CGT, Carrica forma parte de la Comisión de Solidaridad, un grupo de mujeres que se dedicaban a localizar presos políticos en las comisarías para evitar que los incomunicaran o torturaran.
Más entrada la década del ´70, participa en “postas de salud” de los distintos comandos armados en operativos de seguridad, sostiene su rol de compañía a los presos y además constituye dispositivos comunitarios de salud en barrios pobres de la capital federal con equipos mixtos de estudiantes de enfermería, trabajadores del Hospital Rivadavia y la comunidad organizada (sobre todo en el Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo).
Este ámbito de relaciones y articulaciones la acerca a los grupos armados y, aunque realiza sobre todo tareas “de superficie”, forma parte de la tendencia peronista en los debates de esos años. Además, cuando se consuma la vuelta de Perón al país, forma parte del grupo de intelectuales liderados por Mario Testa que llevarán adelante una experiencia novedosa de educación en salud en la Carrera de Medicina de la UBA.
Las cosas no salieron bien. La muerte de Perón en el ´74, las internas del peronismo, la agresividad política del imperialismo y el círculo espiralado de violencia política en el que estaba nuestro país abrieron las puertas al golpe militar del 24 de marzo de 1976. Fueron meses de persecución política y padecimiento. Su hijo Pelusa quiso convencerla de salir del país y ella le respondió que se quedaba a pelear porque “el que no da todo, no da nada”. Finalmente, un grupo de tareas se la llevó de su casa el 18 de abril de 1977. Al día de hoy continúa desaparecida.

La salvación
Hay una lucha histórica de las profesiones no médicas por jerarquización salarial, por reconocimiento profesional, por igualdad de condiciones laborales y por un sinnúmero de demandas que tienen como conexión el componente machista de las jerarquías en el ámbito sanitario. Se trata de no quedar recluidas al lugar de la vocación, a tareas relacionadas con “lo femenino” y a la invisibilización de las tareas de cuidado. Esto está bien desde todo punto de vista. Al mismo tiempo, ¿qué pasa cuando el cuidado desaparece? ¿Qué pasa cuando la crueldad se pone de moda? ¿Qué pasa cuando el dinero es la medida de todas las cosas y lo humano se desdibuja?
No sé si estoy de acuerdo con eso de que el que no da todo, no da nada. Lo entiendo en su contexto, y de hecho lo admiro. En la Argentina 2026 yo diría: dar algo es mejor que no dar nada. Trabajar en salud -quizá la educación tenga un punto de contacto- tiene un rasgo cualitativo de inicio: la centralidad de un otro. La realización de la tarea está puesta al servicio de otra persona o grupos de personas y, si esto desaparece, la tarea pierde sentido. Hay potencia en cuidar.
Curar la herida de un enfermo, enseñar a otras a cuidar, ir a visitar a un preso. La vida de una enfermera como Carrica encierra toda la carga simbólica del trabajo en salud. La jerarquía política del cuidado se vuelve un misterio religioso. Jesús en hebreo es Ieshua, que significa salud o salvación. Es verbo activo, o sea, salud-dador. Salvador. En latín, salus y saluare (salvar) son la misma palabra. La salud no en cuanto se recibe, sino la salud en cuanto se da.
La medida de la ambición de una generación política está en lo que esté dispuesta a sacrificar por la realización de su destino común. Sin entrar en disquisiciones tácticas, las y los desaparecidos de los ´70 tenían una ambición y por ella dieron la vida: la liberación nacional y un país sin excluidos. Argentina tenía menos de 5% de pobreza.
Nuestra generación política tiene que hacerse varias preguntas. La primera: ¿cuánta vanidad, cuánto tiempo, cuánto esfuerzo, cuánta comodidad, cuánto lloriqueo está dispuesta a sacrificar? ¿Cuál va a ser la medida de nuestro sacrificio? ¿Quiénes son los jueces de esa apuesta?
Recuperar el legado de Carrica no es un ejercicio de museo: es un esfuerzo de revisión espiritual. Del trabajo en salud y de la vocación política en general. De la potencia que tiene cuidar. De cuánto nos importa el otro de verdad y cuánto es pose para las redes. De qué sirve, si es que todavía sirve, obrar y educar con el ejemplo. De si vale la pena o no indignarse y que se revuelvan las tripas en una patria humillada con más de la mitad de los nenes pobres, con tasas inusitadas de analfabetismo, con calendarios de vacunación por la mitad, con pibes jalando porquerías porque no hay nadie que los cuide, les regale un juguete ni les dé un abrazo.
Seamos fieles a nuestra historia. Irma Carrica, ¡presente!