El disco Jessico representa dos movimientos concretos para la extensa y sinuosa vida de Babasónicos: muerte y resurrección en una sola apuesta definitiva. A partir de este trabajo, la banda toma un camino más sintético, orientado a lo erótico-sensorial —sobre todo desde la lírica extraordinaria y la interpretación a punto caramelo de Adrián Dárgelos en cortes como “Los calientes”, “Rubí” o “El loco”— y con claras aspiraciones de masividad (la muerte del proyecto anterior, que se regía bajo otras coordenadas). Por otra parte, reinventan su sonido hacia un terreno más abierto, con mayor aire y con menos elementos puestos en funcionamiento —dejan de lado el caos y la confusión—. En este sentido, los aportes sensibles de Mariano Roger y Diego Uma son fundamentales: lo que se escucha es utilizado con sabiduría, exquisitez y encanto (resurrección y nuevo cambio de piel). Con Jessico, lanzado hace 25 años, Babasónicos —que ya tenía una década de carreteras, desvíos y búsquedas encima en aquel 2001— abre la puerta del siglo XXI para el rock argentino con estirpe de clásico instantáneo y crea un nuevo canon. Pone la vara alta.
También es un álbum marcado a fuego por sus condiciones de producción (el verdadero vórtice marxista), lo que también definió la esencia de las canciones. Fue su primer trabajo sin una compañía discográfica mainstream detrás (Sony) y sin mánager, sumado a la salida de DJ Peggyn del grupo. A su vez, marcó el ingreso de la banda en el terreno de la publicación independiente al crear su propio sello, Bultaco Records, para editar sus rarities, remixes y lados B, lanzando este disco en alianza con la naciente PopArt. Además, se trató del primer LP grabado en el estudio propio que construyeron junto al baterista Diego «Panza» Castellano, capitán a cargo de esa aventura.
Por último, pero no por eso menos importante, hay que recordar que es el trabajo que se convirtió, de forma involuntaria —pero la historia tiene esos encuentros—, en el soundtrack del estallido social de 2001. Si bien Babasónicos siempre fue una banda cuya música y letras tenían una fuerte fibra política (no partidaria, por supuesto, donde Miami ocupa un sitio de privilegio y honor), en Jessico deciden encarar el fin del mundo desde una pista de baile. Esa era la sensación generalizada al terminarse la década de los ’90 y encarar el comienzo de un nuevo milenio: señalar que ante el horror frente a una destrucción total (del ánimo, de los cuerpos, de la economía y de las perspectivas de futuro), lo único que queda es entregarse al goce y al éxtasis desatado de los sentidos.

Por eso mismo, Dárgelos canta en “Soy rock”: “Soy muy puta / Y no trabajo para vos / Mantenida, gracias a la propaganda / No voy a ser tu ramera / No limpio lo que ensucias”. Y más adelante sigue: “Soy astuta / Y no investigo para vos / Desátame, no quiero colaborar / No voy a ser prisionera / De tu organismo feudal”. Sobre el final remata: “Soy muy puta / Y no trabajo para vos / Vivo inmersa, en un estilo ya sin vida / Yo pertenezco a cualquiera / No al que me pueda comprar”. Esto es, sin lugar a dudas, una renovación de la canción de protesta en su máxima expresión, emparentada de forma directa con la manera de combatir que tenían Virus, Los Twist y Don Cornelio y La Zona, entre otros: armar una guerrilla que incluya, en su forma y estructura exterior, colores brillantes, purpurina, maquillaje, danza y diversión.
Con una tapa icónica de Alejandro Ros que puede significar lo que cualquier oyente imagine (una bolsa donde todos pueden poner sus teorías conspirativas más extremas, resistiéndolas y fagocitándolas), Jessico es un disco de tensiones: sonidos amables versus contenidos violentos, personajes femeninos empoderados y salidos de filmes clase B versus sonidos revisitados del spaghetti western, rockeros versus crítica de rock e imaginario de amor clásico versus contracultura afectiva. Una serie de enfrentamientos que el álbum propone, agita y centrifuga para crear una obra compleja en el montaje de sus piezas: su propuesta, su ambición, su contenido y su packaging.
Hay obras maestras en las que los artistas encuentran su destino definitivo. Ese es el caso de Jessico y Babasónicos. Desde ese punto, la banda bifurcó su recorrido y se entregó a la estela que dejó esa placa para crecer aún más y ampliar sus recursos hasta convertirse en una referencia ineludible para toda Latinoamérica. Es difícil pensar en proyectos como Bandalos Chinos o Peces Raros, por citar solo dos, sin contemplar la amplitud de caminos que abrió Babasónicos con este trabajo. Esa es otra de las cualidades que tienen los grandes creadores y los grandes discos: arman una fiesta a la que se suman muchos más. Crean un lenguaje para que los demás puedan usar esas palabras y expresar lo que sienten. Celebrar los 25 años de la salida de Jessico demuestra que, aun en las peores condiciones, se puede encontrar alegría y combatir la tristeza, que es la peor de las crisis. «
Jessico – Babasónicos
- «Los Calientes».
- «Fizz».
- «Deléctrico».
- «Soy Rock».
- «Pendejo».
- «El Loco».
- «La Fox».
- «Tóxica».
- «Yoli».
- «Rubí».
- «Camarín».
- «Atomicum».