Después de siete Latin Grammys y un disco tan celebrado como Tinta y tiempo, lo lógico hubiera sido seguir esa fórmula. Pero Jorge Drexler siempre fue de los que cambian el rumbo justo cuando todos creen haberlo descifrado. Taracá, su decimosexto álbum, es exactamente eso: una desviación hacia el origen. Grabado en Montevideo por primera vez en veinte años, el disco coloca el candombe en el centro y construye alrededor una constelación de ritmos que van del flamenco al trap, sin que nada suene fuera de lugar.

El título ya es toda una declaración. Taracá es la onomatopeya del tambor chico, ese que marca el pulso básico del candombe con un golpe de mano y dos de palo: ta-ra-cá. Pero también juega fonéticamente con “estar acá”, una frase que en el disco funciona como una brújula: después de tres décadas viviendo en España, Drexler sintió la necesidad de volver a tocar tierra uruguaya. No es casual que este impulso haya coincidido con la muerte de su padre, un hecho que el propio músico reconoce como el detonante emocional del proyecto.

Jorge Drexler vuelve al candombe y redefine su presente en "Taracá"
Taracá, lo nuevo de Jorge Drexler.

Lo primero que sorprende es cómo Drexler evita cualquier tentación de convertir esto en un documento folklorista. El candombe no aparece como una postal pintoresca, sino como una base viva que dialoga con otros lenguajes. En “Te llevo tatuada”, la puertorriqueña Young Miko aporta su flow sin forzar la máquina, gracias a una producción cuidada que integra lo urbano sin perder el pulso del tambor. En “Cuando cantaba Morente”, la milonga uruguaya se encuentra con el flamenco de Ángeles Toledano, un cruce que podría ser un desastre y termina siendo de lo más emotivo del disco.

Pero el hallazgo más interesante es cómo Drexler logra que el tambor no sea solo un elemento rítmico, sino un concepto. En “Ante la duda, baila”, repasa cinco géneros afroamericanos que fueron prohibidos en distintos momentos de la historia -la zarabanda, el chuchumbé, el candombe, el tango y el reggaetón- para recordar algo simple: nunca se pudo legislar contra el movimiento. Es Drexler en su versión más didáctica, pero con un estribillo bailable que te agarra desprevenido.

Las colaboraciones uruguayas merecen capítulo aparte. La presencia de la murga Falta y Resto en “Las palabras” le da al cierre del disco una densidad coral que pocas veces se escucha en su obra. Y la Rueda de Candombe, ese proyecto que fusiona la tradición afro-uruguaya con el formato participativo de las rodas brasileñas, aparece en dos de los tracks más logrados: “¿Qué será que es?” (un guiño a Gonzaguinha) y “El tambor chico”, que funciona como una declaración de principios rítmicos.

Hay también espacio para la reflexión tecnológica. En “¿Hay alguien A. I.?” Drexler mira de frente a la inteligencia artificial sin caer en el pánico moral, tratándola casi como a una hermana incómoda. Es el mismo gesto que ya había explorado en discos anteriores: tomar un tema de época y convertirlo en canción sin que parezca ni pretenda ser una clase magistral.

Jorge Drexler vuelve al candombe y redefine su presente en "Taracá"
El uruguayo vuelve a las fuentes.

Lo que queda claro es que Taracá no es un disco de duelo, aunque haya nacido de una pérdida. Es, en palabras de su autor, “un disco celebratorio por una extraña razón”. Tal vez porque Drexler entendió que volver a las raíces no es mirar hacia atrás, sino encontrar un punto de apoyo para saltar. En ese sentido, el álbum funciona como un puente generacional y geográfico que conecta a un músico de 60 años con productores de 20, y a Montevideo con San Juan y Madrid sin que se note la distancia.

Los números dirán que el artista uruguayo compuso y grabó para este disco 11 canciones que hacen que el álbum suene poco más de 36 minutos, con colaboraciones y resultados dispares. La nueva entrega de Jorge confirma algo que quienes siguen a Drexler ya sabían: cuando parece que ya no puede sorprender, encuentra un nuevo camino. Esta vez es el tambor. La próxima, quién sabe.

Jorge Drexler – Taracá