El director, pianista y compositor analiza el tango clásico y el actual. Su recorrido desde el conurbano hasta los circuitos internacionales.

-¿Cómo llegaste al piano?
-Un poco de casualidad: arranqué porque apareció un piano en mi casa. Mi viejo y mi vieja son muy fiesteros y son del conurbano, zona sur. El tema de venir al centro, la nocturnidad y el alcohol hacía complicado el regreso, así que decidieron armar un espacio de música para sus reuniones. Y ese piano terminó en casa.
-Hablamos hace muchos años. ¿Apenas lo viste le pusiste los dedos encima?
-Llegó cuando tenía 14 o 15 años. Al principio no le di mucha bola. Cuando terminé el secundario empecé a meterle al instrumento.
-Un poco más grande de lo usual.
-Sí, tendría 18 o 19 años. Relativamente grande. Ahora, con el diario del lunes, parece que era un pibe, pero para cierto virtuosismo extremo quizás sí conviene arrancar antes. Si no empezás a los seis años, va a ser difícil tocar como Marta Argerich. Pero la música no es solamente virtuosismo: no todo pasa por alcanzar un nivel técnico altísimo. No tenés que ser Usain Bolt para correr con amigos o jugar a la pelota.
-¿La clave es encontrar un estilo?
-Claro. La actividad musical está muy ligada a la comunicación. Si construís desde una arquitectura que te representa, sobre todo en la música instrumental, funciona. Armar temas implica desarrollar un gusto y un criterio que en parte te construís vos. Yo, por suerte, lo fui encontrando, sobre todo a partir de las ganas.
-¿De dónde lo fuiste tomando?
-De la vida misma. Tiene que ver con la posibilidad de comunicarte con otro a través de una expresión, en este caso la música, y conectar con lo que querés transmitir. Eso tiene motores: puede ser un libro, una película, escuchar música o jugar al fútbol. Todo lo que te atraviesa como persona.
-¿Cuánto sentís que influyó el conurbano?
-Cuando te vas construyendo, ese contexto no es menor. Pasa con el idioma en el que creciste: es difícil cambiarlo. Lo mismo con los lugares donde te formaste. Uno tiene humores, gestos, una filosofía, códigos, algunos buenos y otros no tanto. Soy del conurbano y eso de alguna manera se nota en la música. Incluso creo que se nota de qué barrio es cada uno, pero eso ya es más personal.
-¿Qué análisis hacés de la Escuela de Música Popular de Avellaneda?
-Es una genialidad y un orgullo. Fue la primera escuela de música popular de Sudamérica. La tuvimos antes que en Cuba, por ejemplo, para dimensionar lo que significa. En 1986, armar un conservatorio de música popular era algo inusual. La educación musical era académica y lo popular se veía como algo bohemio. Por suerte apareció un lugar así.
-¿Cómo recordás tu etapa como estudiante?
-Fue un proceso maravilloso, de grandes aprendizajes y de construcción colectiva. Compartir con otros que estaban en el mismo camino. Hoy sigue siendo un espacio muy potente, lleno de músicos, compositores y proyectos que se sostienen en el tiempo. Gran parte de la movida del tango de mi generación surgió de ahí.
-¿Cómo recordás tus años en la Fernández Fierro?
-Al principio éramos bichos raros. No había orquestas típicas y nosotros armamos una desde cero. Éramos puro deseo. No fue fácil: había que encontrar bandoneonistas jóvenes, que no abundaban. Buscar uno era como buscar un plato volador. Pero se fue dando. Había muchas ganas.
-¿Ayudó la impronta rockera?
-Creo que no buscábamos sonar rockeros, sino que había una energía. Si escuchás con atención a (Juan) D’Arienzo, eso es lo más rockero que hay. Muchas veces se asocia lo juvenil con el rock, pero esa energía puede estar en cualquier género: folklore, cuarteto o chamamé. Tiene que ver con tocar con intensidad, con ganas de llevarse el mundo por delante.
-Pero había algo estético…
-Sí, en la ropa, por ejemplo. Usábamos lo que usaba nuestra generación. No tenía sentido disfrazarse de tangueros en el 2000.
-¿Viajar con la música te ayudó?
-Sí, te cambia en lo humano y en lo musical. No en la identidad, pero sí en las formas de trabajo. Cambia la manera de pensar la producción. En otros lugares hay lógicas distintas: algunas se pueden trasladar, otras no. Sirve para entender tu propio contexto y, a veces, para defenderlo. Conocer otras realidades también te hace valorar lo propio.
-¿Cuál fue el lugar más raro donde tocaste?
-Hace poco estuve en Taiwán, pero hay muchos lugares donde todo resulta inesperado. Soy de River y una vez toqué en la cancha de Boca. También en la de Quilmes, frente a la popular. Y después podés tocar en una montaña en Mendoza o en un hotel cinco estrellas. La vida del músico es así: podés cruzarte con gente como Bill Clinton (expresidente de EE UU) o Herbie Hancock y después volver a tocar en una sala para 30 personas en el conurbano. Y todo tiene sentido. «
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