Frecuentemente, cuando las ficciones cinematográficas o televisivas adoptaron la forma de la sátira política se acercaron peligrosamente a la verdad o presagiaron los destinos de algunas naciones e incluso cierto orden mundial. Clásicos ejemplos en ese sentido son Sopa de ganso (Leo Mc Carey, 1933), con Groucho Marx en el papel de un dictador que quiere iniciar una guerra con el país vecino a como dé lugar; El gran dictador (1940), de Charles Chaplin, sobre Adolf Hilter o la genial Ser o no ser (Lubitsch, 1941), que satiriza el nazismo, entre tantas otras. Más cercana en el tiempo está Los productores (Susan Stroman, 2006), sobre dos personajes corruptos que crean un musical sobre Hitler para que sea un fracaso y cobrar el seguro pero terminan haciendo un éxito, que puede ser leída como correlato del insólito rebrote nazi en el mundo. Asimismo, también en Idiocracy (2006) Mike Jude imagina un futuro gobernado por un presidente superestrella del porno que dispara ametralladoras durante sus discursos. Y la lista sigue…

El régimen (The Regime), una de las nuevas miniseries más esperadas de Max (ex HBO), se inscribe en esa misma tradición. En efecto, la ficción con la que Kate Winslet prácticamente asegura su tercer Emmy, y de hecho asegura su lugar como una de las grandes figuras de la plataforma -tras la interpretación de la conmovedora heroína Mildred Pierce y la detective perdedora que todos amaron en Mare of Eastwood–, utiliza el humor como herramienta para reírse y exorcizar una devastación:  lo que parece ser una crisis terminal de la democracia y un ascenso del autoritarismo a nivel global. Y de paso, da lugar a pasos de comedia de increíbles similitudes con la realidad argentina.

Kate Winslet también sabe manejar el tono de comedia.

Alejada del género melodramático que la consagró, Kate interpreta eficazmente a Elena Vernham, una canciller que preside una nación imaginaria de la hilarantemente vaga Europa Central. Para ser más específicos, una delirante autócrata y cleptócrata de derecha (cuyos caprichos en la toma de decisiones de importancia nacional la asemejan a la Reina de Corazones del País de las Maravillas de Alicia)  que gobierna encerrada tras los muros de un lujoso y antiguo gran hotel al que convirtió en su Versalles personal. Mientras el país que le toca gobernar entra en una crisis económica sin precedentes (y que le valen el mote «Nuestra Señora del PBI en disminución»), ella se autodefine –y se cree– defensora del pueblo. Pero sus desvaríos enajenados no se limitan a eso: habla con su padre muerto (el fundador del partido de derecha que reposa en un ataúd de Cristal estilo Blancanieves) y discursea siempre acerca del amor y del mundo celestial, aunque está plena de odio. Es populista, pero no toma medidas a favor del pueblo. Si bien la dictadora tiene referentes reales bastante literales –Donald Trump o Marine Le Penn–, es curioso que cuando la sátira se lleva al paroxismo del absurdo y a la cumbre del grotesco, Elena devenga en la versión femenina del presidente argentino.

Encerrada en su laberinto palaciego, se alimenta de manjares, de chupamedias y de paranoias. La última de sus hipocondrías es la humedad que, según su cosmovisión paranoide, es un agente patógeno e infiltrado que invade todos los rincones de su castillo. Para resolver el problema del moho, contrata personal: éste resulta ser Herbert Zubak (Matthias Schoenaerts), un corpulento militar que responde al apodo de «carnicero» y que se hizo célebre tras reprimir violentamente una protesta social. Más pronto que tarde, el rudo Zubak conquista el impredecible corazón de Helena (que le vale el mote de «vulva maullando»).Cuestión que da cuenta, una vez más ,de que tras su apariencia de dictadora férrea es una mujer insegura, frágil y con una inestabilidad emocional que la ponen siempre al borde de la crisis (o al borde de despedir a sus asesores o de obligarlos a renunciar). Como las dos caras de una misma moneda autoritaria, Elena y un Zubak ascendido a cargo político –cuestión que hace temer el desembarco de Fátima en alguna Secretaría de Cultura– toman nuevas medidas de ajuste, casi desatan una guerra con otras naciones por su expansionismo y por la poca prudencia discursiva y precipitan la catástrofe total del país en el escaso lapso de un año que es el arco temporal que abarcan los seis capítulos que dura la miniserie.

Winslet es una de las grandes figuras de Max.

Creada por Will Tracy –de la shakesperiana serie Succession y coguionista de la película El menú, lo cual es garantía de diálogos punzantes y de buen humor–, la serie peca de no profundizar los temas que aborda (el autoritarismo, el capitalismo tardío despiadado, las nuevas hegemonía imperial estadounidense y china, la hipocresía de la extrema derecha) y ciertos excesos en los chistes sexistas, que, si bien podrían aprovecharse como incorrección política en esta era de la cancelación, suelen bajar la calidad del programa. Pero el problema mayor de El régimen es que, salvo los personajes principales, no hay profundidad ni hondura en el resto, lo que desaprovecha un potente elenco secundario que incluye, entre otros, a Andrea Riseborough y a Hugh Grant como el líder de la oposición. Notable es la dirección de Stephen Frears y el diseño de producción de Kave Quinn que habilita un escenario con la estética ampulosa del fascismo, pero que resulta decadente y ridículo en el contexto actual y que parece el marco contextual propicio para las crisis de la Elena. Sin embargo, ninguna de las falencias de El régimen opaca la brillante actuación de Winslet.  «


El régimen

Creada por Will Tracy. Dirigida por Stephen Frears y Jessica Hobs. Con Kate Winslet, Matthias Schoenaerts, Guillaume Gallienne, Andrea Riseborough. Martha Plimpton y Hugh Grant. Estreno: 3 de marzo, por Max.

El régimen, protagonizada por Kate Winslet.