La obra La barbarie de los nadies nació antes de que la realidad empezara a parecerse demasiado a su propio argumento. Escrita hace algunos años y retomada después de una pausa personal y artística, la pieza de Lola Montiel encontró en 2026 un presente inesperadamente fértil: tras estrenarse en marzo en Belisario Club de Cultura, agotó funciones, extendió su temporada hasta junio y se convirtió en uno de los fenómenos más comentados del circuito independiente.
“Lejos de ser una distopía, como quizás nació, empezó a transformarse en una especie de espejo de esta locura que estamos viviendo. Y no solamente acá en la Argentina: se volvió algo regional”, reflexiona Montiel sobre la obra con la que obtuvo el premio Artei 2025.

Después de atravesar la pandemia y distintos conflictos personales, la autora y directora decidió volver al teatro “de una manera mucho más aguerrida”. Y esa decisión atraviesa toda la puesta: un trabajo físico intenso, cuerpos llevados al límite y un grotesco que funciona tanto como elección estética como política.
“A mí me interesa mucho el teatro físico. Lo grotesco, la potencia de los cuerpos en expresión. Más que una elección estética, para mí es algo político y filosófico”, explica. Y agrega: “El texto puede tener muchas dimensiones, pero hay algo en los cuerpos que termina de completar el sentido. Todos los textos tienen humor negro y algo de la mirada del bufón. Sin esa profundidad física quedarían en meras palabras”.

La obra estuvo guardada durante tres años hasta que apareció el impulso definitivo para llevarla a escena. Montiel habla de un “equipo precioso” como motor fundamental del proyecto y destaca el compromiso colectivo detrás de la producción. “Rafa Walger, por ejemplo, puso toda la sala de ensayo a disposición. Hubo mucha voluntad de hacerla”, cuenta.
Sin grandes artificios escenográficos, La barbarie de los nadies apuesta a otro tipo de intensidad. “La obra se sostiene sobre el vacío del escenario, una máquina de humo y la potencia de los cuerpos”, resume la directora. Para eso necesitaba intérpretes con experiencia y presencia física capaces de construir una dimensión “visceral”.

Ese universo aparece atravesado por un humor negro que encuentra resonancias inmediatas con la realidad cotidiana. En uno de los momentos de la obra, un personaje celebra una deuda colectiva como si fuera una conquista social. El público, dice Montiel, se ríe porque reconoce algo propio en esa situación absurda. Algo similar ocurre con la aparición de un representante corporativo que responde reclamos como si fuera un contestador automático: “Vamos a terminar reclamándole nuestros derechos, la salud o el agua a una máquina y no a un ser humano”.
La figura de los “nadies” también dialoga con distintas formas contemporáneas de precarización. “Pienso mucho en la discapacidad y en los jubilados, que son de los sectores más ninguneados hoy”, sostiene. Y suma otra imagen que atraviesa la ciudad: “Lo de Rappi y PedidosYa me conmueve muchísimo. Es una epidemia. Cada vez ves más chicos y también adultos mayores trabajando de eso”.
Cuando esos repartidores aparecen en escena, asegura, el público reacciona de inmediato. “La gente se sitúa enseguida. Evidentemente no es que no lo ven”. Sin embargo, Montiel evita definir la obra como una denuncia. Prefiere pensarla como una experiencia emocional y sensorial capaz de provocar reacciones extremas. “Me pasó de abrazar personas que salían llorando o temblando después de la función. Un hombre me dijo: ‘Me pasó una montaña rusa por dentro. Me quería reír, quería llorar, quería golpear algo’. Para mí ese es el mejor halago”.

La permanencia en cartel, incluso en pleno comienzo del Mundial 2026, también tiene algo de apuesta contracultural. “Todo bien con la Selección y con el Mundial, pero me parece que como pueblo necesitamos hacer algunas reflexiones”, plantea. Y entiende el teatro como un espacio opuesto a la dispersión permanente: “Es olvidarse un rato del celular y del afuera para juntarnos, charlar y seguir pensando qué está pasando y hacia dónde vamos”.
Montiel asegura que la obra todavía sigue transformándose función tras función. “Fue encontrando un volumen y un ritmo junto al espectador. Es impresionante cómo la obra siempre termina de completarse con el público”.
La barbarie de los nadies
Dramaturgia y dirección: Lola Montiel. Actúan: Ezequiel Cipols, Ignacio Daniluk, Nerina Flores, Mariela Kantor, Gonzalo Moreno, Cecilia Tognola y Rafael Walger. Viernes a las 22 en Belisario Club de Cultura.