El primer capítulo de la versión original de La familia Ingalls (tal como fue conocida en Argentina la serie La casa de la pradera) se emitió en la cadena NBC hacia septiembre de 1974 en un contexto inédito para Estados Unidos. Escasos días antes había renunciado el presidente republicano Richard Nixon (primer y único magistrado del país que dimitió de su cargo), poniendo en jaque el ideal de la democracia estadounidense. Las tropas militares de ese país se habían retirado de Vietnam casi de manera total. Y el capitalismo enfrentaba una de sus crisis cíclicas más profundas como resultado del llamado shock del petróleo de 1973. A su vez, parecía una serie a destiempo, a contrapelo de las luchas de liberación sexual post-Stonewall.
Más de medio siglo después, la remake de La casa de la pradera se estrenó en Netflix en otro contexto sociopolítico inédito y con algunas ligeras similitudes con aquella lejana década del setenta. El liderazgo del neoconservador Donald Trump se halla en decadencia. La guerra contra Irán presenta un resultado incierto, con inesperadas bajas para el país del Norte. Y, sin dudas, Estados Unidos no solo enfrenta una gravosa crisis económica, sino que ha perdido la hegemonía en el contexto global neocapitalista. A su vez, parece una serie a destiempo, a contrapelo de las recientes décadas de luchas sociales y conquistas de las mujeres y las sexualidades disidentes.

En épocas turbulentas, de crisis estructurales y bajo el auge de gobiernos de ultraderecha, parece hacerse necesario, para conservar el poder político, reforzar los valores conservadores del neoliberalismo, la superación personal, la meritocracia, el sueño americano y el ideal de familia tradicional, mojigata y heterosexual que proponen los afamados libros de Laura Ingalls Wilder, y llevarlos a la pantalla para su difusión masiva.
Oscilando entre el western y el drama familiar, La casa de la pradera narra las desventuras de la familia Ingalls (según la óptica de Laura, una de las hijas del clan) cuando, tras la Guerra de Secesión, papá Charles (Luke Bracey), mamá Caroline (Crosby Fitzgerald), la hija primogénita Mary (Skywalker Hughes) y, por ahora, la hija menor Laura (Alice Halsey) —después los Ingalls procrearon dos hijas más— atraviesan más de mil kilómetros hacia el salvaje Oeste para instalarse en tierras que estaban en disputa y que pertenecían a los Osage.

El principal desafío de la flamante serie es el hecho de que la primera versión de La familia Ingalls fue icónica, se extendió por nueve años hasta 1983, vio crecer a sus protagonistas desde la niñez hasta la adultez y tuvo un éxito masivo que impactó sobre generaciones, lo cual torna casi imposibles las odiosas comparaciones. En ese sentido, para el público fanático y nostálgico de una serie que devino en el estatus de clásica al mando de Michael Landon, se tornará dificultoso aceptar al nuevo Charles Ingalls interpretado por el australiano Luke Bracey, más cercano a un modelo contemporáneo que a un pionero que busca establecerse en el inhóspito sudeste de Kansas. O aceptar a una Laura Ingalls muy correcta y con algo de encanto, encarnada por Alice Halsey, pero indudablemente menos carismática que la interpretada por Melissa Gilbert.
A su vez, a diferencia del experimento de Landon, que se tomó sus licencias e incluyó la creación de personajes y situaciones propios que no formaban parte de las memorias familiares de Laura (tales como la incorporación de Albert, un hijo adoptado; el casamiento de Mary Ingalls con un joven ciego; la polémica muerte de un bebé en un incendio, entre tantos otros), la obra pergeñada por Rebecca Sonnenshine se presenta como fidedigna a los libros —en esta primera temporada, el tercero de ocho— de Laura Ingalls Wilder.

En su intento de ofrecer una versión más aggiornada, la Caroline de Crosby Fitzgerald se muestra notablemente menos sumisa a su marido, más empoderada y más sexual que Karen Grassle. Incluso, enfrentada con ciertos demonios del pasado, con las desavenencias de Charles con su familia de origen y harta de los traslados y la vida precaria, la nueva variante de la matriarca Ingalls baraja —aunque brevemente— algo impensable en la versión original: separarse de su marido. Asimismo, la versión de Mary Ingalls resulta menos angelical y más enfrentada a su hermana menor que la de Melissa Sue Anderson. Sin embargo, al intentar cierta dosis de actualidad, la nueva serie peca de anacronismos y propone situaciones matrimoniales, rebeldías de género, conflictos familiares y rivalidades fraternas que no se expresarían de esa manera tan literal y con ese lenguaje tan psicoanalítico y social en el contexto de una familia campesina de finales del siglo XIX.
Así las cosas, esta nueva versión de la familia Ingalls huele a progresismo fingido, hijo de la corrección política: a “indigenuos” o “social washing”; a woke malentendido. Los supuestos valores de dios, patria y hogar disfrazados de solidaridad y buenas costumbres. Quizás el mayor problema de esta remake no es que haya cambiado, sino que sólo finge hacerlo.
La casa de la pradera
Creadora: Rebecca Sonnenshine. Elenco: Luke Bracey, Crosby Fitzgerald, Alice Halsey y Skywalker Hughes. Disponible en Netflix.