En el marco de la «Argentina Week» en Nueva York, un evento destinado a seducir inversiones internacionales, el jefe de Gabinete Manuel Adorni se vio obligado a explicar por qué su esposa, la coach ontológica Bettina Angeletti, ocupó una de las codiciadas butacas del avión presidencial. El exvocero, que hizo carrera denunciando el uso discrecional de los recursos públicos por parte de «la casta», apeló a la sensibilidad personal para justificar un beneficio que, para cualquier otro mortal, costaría miles de dólares.

«Yo quería que mi mujer me acompañe. Por lo tanto, la Presidencia la invitó porque no había otra forma», lanzó Adorni sin titubeos ante la consulta periodística. Según su versión, Angeletti tenía un ticket comercial para fines de febrero, pero un cambio de agenda oficial motivó que el Estado resolviera su logística familiar. El argumento central del funcionario rozó lo místico: definió su labor como un «trabajo muy sacrificado» donde viene a «deslomarse», razón por la cual requiere la compañía de su «compañera de vida» para sobrellevar la carga.

Gastos compartidos y habitaciones pagas

A pesar de utilizar la aeronave oficial —cuyo costo de operatividad es afrontado íntegramente por el Tesoro Nacional—, Adorni insistió en que «al Estado no le sale un peso». El jefe de ministros sostuvo que su esposa se costea su propia comida y movilidad, aunque reconoció ante el periodista Eduardo Feinmann que ambos comparten la misma habitación de hotel.

La explicación no logró disipar las dudas sobre la ética del viaje. El diputado Esteban Paulón (Encuentro Federal) ya presentó un pedido de acceso a la información pública para que el Ejecutivo desglose quién pagó el traslado, bajo qué figura legal se invitó a un civil sin cargo público y si existen conflictos de intereses. La respuesta de Adorni fue una provocación al estilo de sus antiguas conferencias: «Que la oposición haga lo que quiera». ¿Fin?