En tiempos en los que el trabajo, la educación e incluso los vínculos personales se desarrollan cada vez más en entornos digitales, la ciberseguridad dejó de ser un asunto técnico o reservado a especialistas para convertirse en un problema social de primer orden. Estafas virtuales, fraudes financieros y campañas de desinformación afectan cada año a miles de argentinos, sin distinción de edad, nivel educativo o condición social. Frente a este escenario, diversos actores de la sociedad civil comienzan a asumir un rol activo en la prevención y la concientización.

Uno de ellos es una institución que, en el imaginario social, difícilmente sea asociada al desarrollo de iniciativas vinculadas a la ciberseguridad. De ahí la novedad. Se trata de la Masonería argentina. Con profundas raíces históricas en el país, ha tenido una presencia constante en los grandes debates culturales, educativos y cívicos nacionales.

La Masonería argentina y la ciberseguridad: “Hoy una parte central de la vida cívica, económica y personal transcurre en el ciberespacio”

Su sola mención evoca figuras como José de San Martín y Manuel Belgrano, la Logia Lautaro, los procesos de emancipación latinoamericana y la propia Declaración de la Independencia. Los primeros registros de su presencia en el territorio argentino datan de alrededor de 1795, con la creación de la denominada “Logia Independencia”. Si bien existen referencias a una logia homónima creada en 1810 y presidida por Julián Álvarez, no hay evidencia documental que permita afirmar una continuidad institucional entre ambas experiencias.

Aquella primera logia puede considerarse la piedra fundacional de lo que posteriormente sería la Logia Lautaro, estrechamente asociada a los procesos de emancipación de la Argentina y de otros países de la región.

La masonería argentina

Según información publicada por la Gran Logia de Libres y Aceptados Masones, la institución se constituye formalmente el 11 de diciembre de 1857, luego de un extenso proceso atravesado por el enfrentamiento político entre líderes unitarios y federales, entre ellos Miguel Valencia, de familia unitaria, y José Roque Pérez, federal y funcionario del gobierno de Juan Manuel de Rosas.

Desde sus orígenes, la institución estuvo vinculada a la difusión de valores republicanos, al fortalecimiento de la ciudadanía y a la promoción del conocimiento como herramienta de soberanía individual y colectiva. Pero lejos de ser una organización anclada en el pasado, y generalmente sin gran difusión pública, la Masonería va buscando adaptarse a los cambios tecnológicos, sociales y culturales de cada época.

En la actualidad, continúa funcionando como un espacio plural de formación, integrado por hombres de distintas profesiones y trayectorias, “unidos por la búsqueda del conocimiento, el perfeccionamiento personal y el servicio a la sociedad”, según afirman.

La Masonería argentina y la ciberseguridad: “Hoy una parte central de la vida cívica, económica y personal transcurre en el ciberespacio”

En ese marco, la Masonería Argentina cuenta hoy entre sus grupos a uno que está conformado por profesionales de diversas disciplinas que se dedican a intercambiar conocimientos y experiencias en materia de ciberseguridad.

Identificados en “la educación, la razón y el progreso”, sostiene que los actuales son tiempos para asumir un rol activo frente a los desafíos del ciberespacio, un nuevo territorio donde también se ponen en juego la libertad, la seguridad y la dignidad de las personas. Más allá de lo estrictamente técnico, este espacio parte de una concepción más amplia: el problema de la ciberseguridad es, ante todo, cultural, educativo y ético.

Las actividades que desarrollan son diversas y están orientadas a distintos públicos. Por un lado, realizan charlas internas destinadas a miembros de la institución, con el objetivo de fortalecer prácticas seguras en el uso de tecnologías digitales. Por otro, abren actividades a la comunidad en general, con campañas de concientización, talleres de prevención y acciones de awareness (concientización) que buscan alertar sobre riesgos cotidianos como el phishing, el uso indebido de datos personales o las estafas a través de redes sociales.

El ciberespacio y la vida de las personas

En ese contexto, Tiempo entrevistó al Gran Maestre Pablo Lázaro, ingeniero informático y uno de los referentes en Argentina en materia de ciberseguridad. En un escenario atravesado por el avance acelerado de las tecnologías digitales y por desafíos crecientes en materia de seguridad informática, se refiere al rol que estas problemáticas ocupan hoy tanto en la sociedad como en las instituciones tradicionales.

-¿Qué te llevó a impulsar la creación de un grupo dedicado a la ciberseguridad dentro de la Masonería Argentina?

-Me llevó una convicción muy concreta: hoy una parte central de la vida cívica, económica y personal transcurre en el ciberespacio, y allí también se juegan derechos, libertades y seguridad. Como institución con una profunda vocación formadora y filantrópica, la Masonería no puede permanecer ajena a una problemática que afecta de manera directa a la ciudadanía.

La Masonería argentina y la ciberseguridad: “Hoy una parte central de la vida cívica, económica y personal transcurre en el ciberespacio”

-¿De qué manera esa vocación se proyecta hoy en un terreno nuevo como el ciberespacio?

-La proyección es directa. La Masonería históricamente ha formado personas con pensamiento crítico, responsabilidad ética y compromiso con la vida pública. Hoy, esa formación también debe incluir el mundo digital.

-¿Qué rol creés que deben asumir las instituciones intermedias frente a problemáticas contemporáneas como el ciberdelito, donde el Estado muchas veces llega tarde y el sector privado no siempre prioriza el interés público?

-Las instituciones intermedias deben asumir un rol activo de articulación y prevención. El ciberdelito crece porque explota comportamientos humanos y vacíos de conocimiento, no solo fallas técnicas. Allí hay un enorme campo de acción social. Estas instituciones pueden generar conciencia, traducir lo técnico en prácticas comprensibles, promover estándares mínimos de seguridad y facilitar espacios de coordinación entre el Estado, la academia y el sector privado. También cumplen una función ética fundamental: garantizar que el desarrollo tecnológico no avance a costa de los derechos ni de la convivencia democrática.

-Pensando a mediano y largo plazo, ¿qué impacto esperás que tenga en la sociedad?

Veo una evolución en tres planos. Primero, la formación interna, fortaleciendo la cultura de ciberseguridad y prevención dentro de la propia institución. Segundo, la proyección comunitaria, con actividades abiertas, materiales accesibles y trabajo territorial que reduzca el impacto real del ciberdelito. Y tercero, la incidencia pública, aportando criterios serios y éticos para el diseño de políticas y estrategias de largo plazo. El impacto que espero es concreto y medible: elevar el nivel de conciencia social sobre la ciberseguridad como un bien público. Que la Masonería, como en otros momentos de la historia, contribuya desde el trabajo silencioso y el método a fortalecer la convivencia y la libertad en un nuevo escenario: el digital.

La Masonería argentina y la ciberseguridad: “Hoy una parte central de la vida cívica, económica y personal transcurre en el ciberespacio”

«No es neutro»

«El ciberespacio no es un ámbito neutro: allí circula información, poder, manipulación, delito y también oportunidades. Educar cívicamente en el siglo XXI implica enseñar a discernir, a proteger la identidad y el patrimonio, a comprender riesgos y a ejercer la libertad con responsabilidad. El método masónico —escuchar, debatir, argumentar y construir convivencia— es plenamente aplicable a los desafíos tecnológicos actuales», acota Lázaro.

Mientras la transformación tecnológica avanza a una velocidad inversamente proporcional a los niveles de alfabetización digital, surgen cada vez más iniciativas sociales y comunitarias. No reemplazan al Estado, a las empresas tecnológicas ni a las instituciones educativas, pero sí complementan sus esfuerzos desde una perspectiva de responsabilidad ciudadana.

La ciberseguridad no es solo una cuestión de software y contraseñas; es, ante todo, una cuestión de conciencia colectiva. En ese sentido, las instituciones intermedias vuelven a plantearse cómo adaptarse a los desafíos del siglo XXI y contribuir activamente a una sociedad más informada, más protegida y, en definitiva, más cerca a esa palabra tan manipulada en los últimos tiempos pero que no hay que perder de vista: una sociedad más libre.