La «operación bandera» que dejó en ridículo al gobierno

Por: Ricardo Ragendorfer

Tal vez desde el presidente Javier Milei viera en la señora Thatcher una figura maternal.

Ya de por sí, que en la semifinal del campeonato de la FIFA la Argentina jugara contra Inglaterra provocó escozor entre las autoridades del régimen libertario. Y no en vano. La sorpresiva aparición del trapo con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” fue como si la Scaloneta hubiera metido su tercer gol. Un pelotazo que el gobierno no atajó. Por lo tanto, más allá de lo futbolístico, esa también fue una victoria de la justicia poética.

Pero no nos adelantemos a los acontecimientos. 

En una entrevista previa a ese partido, el presidente Javier Milei trató de naturalizar los espantos del conflicto bélico del Atlántico Sur, afirmando:

–Hubo, digamos, una guerra. Y a la Argentina, digamos, le tocó perder.

En esa oportunidad, tampoco se privó de resaltar, una vez más, su gran devoción hacia la otrora primera ministra del Reino Unido, Margaret Thatcher, cuya fotografía embellece su despacho en la Casa Rosada.

No es difícil rastrear el origen de semejante sentimiento.

Corría un lunes otoñal de 1982 en un departamento del barrio de Villa Devoto. La familia Milei estaba atornillada ante el televisor. Un cronista de 60 Minutos, el noticiero top de la última dictadura, comenzaba su reporte.

Era Nicolás Kasanzew, quien cubría la guerra de Malvinas desde Puerto Argentino. Su voz, solemne y monocorde se oía cargada de triunfalismo.

Ello hizo que al pequeño Javier, de once años, se le ocurriera decir:

–¡Es un delirio! Esto va a terminar mal.

Esa frase bastó para que su progenitor, don Norberto, saltara del sillón para prodigarle una paliza impiadosa, ante la indiferencia de su madre, doña Alicia, y el horror de su hermanita, Karina, dos años menor.

Fue como si los golpes y patadas que recibía Javier fueran para ella. De modo que se descompensó.

Doña Alicia, al tratar de reanimarla, le soltó a Javier una advertencia:

–Tu hermana se va a morir y es culpa tuya.

Desde la pantalla, Kasanzew remataba su informe con dos palabras que harían historia: “¡Vamos ganando!”.

Tal vez a partir de entonces, el futuro mandatario viera en Mrs. Thatcher una figura maternal.

–Leo una y otra vez sus discursos. Son maravillosos– supo verbalizar en aquella reciente entrevista, con un dejo de emoción.

En la trama que rodeó a ese partido también tuvo un protagonismo no menor la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva.

Lo cierto es que sus incursiones ante la prensa suelen ser desafortunadas. Y no están de más unas líneas al respecto.

Fue el 2 de diciembre pasado cuando asumió dicha titularidad ministerial, en reemplazo de Patricia Bullrrich, de quien había sido su segunda. En esa rubia cincuentona se deslizaba el orgullo. El destino le ofrecía un desafío a la medida de sus ambiciones tras un bajísimo perfil. Hasta el 11 de septiembre de 2024.

Ese miércoles incurrió en un espantoso papelón: al acudir, en nombre de su jefa, a programas de TV conducidos por periodistas del oficialismo sin otro propósito que difundir un video manipulado sobre la niña Fabrizia, de diez años, gaseada horas antes por la policía en el transcurso de los desbordes represivos en la Plaza Congreso. Y aseguraba, sin que se le moviera un solo músculo facial, que dicha salvajada había sido cometida por los propios manifestantes.

Semejante fake fue tan burda que hasta indignó a sujetos como Eduardo Feinmann y Jonatan Viale, quienes la desenmascararon en vivo. A partir de entonces, volvió a esfumarse de la escena mediática.

No obstante, el partido en cuestión le propició una segunda oportunidad de lucirse ante una cámara que ella no desaprovecharía.

Tanto es así que, en vísperas al encuentro, anunció su participación –por zoom– en un cónclave organizado por el Centro Internacional de Cooperación Policial (IPCC), cuya sede está en Virginia, con delegados del FBI, de la FIFA y del Departamento de Seguridad Nacional de los EE UU (DHS), donde se decidió la prohibición de ingresar al estadio con banderas, carteles y camisetas que tengan mensajes políticos; especialmente  los referidos al tema Malvinas.

Desde la Casa Rosada, ella se dio dique con su protagonismo en el asunto, destacando que, además, les proporcionó a las autoridades norteamericanas un listado de 34 mil hinchas sobre quienes, en Argentina, se aplicaba el derecho de admisión en las canchas locales. Su orgullo era indisimulable.    

De manera que durante el mediodía del miércoles –a horas del partido– hasta se dio el lujo de reprimir a los pocos jubilados reunidos en las cercanías de la Plaza del Congreso.

En ese mismo momento, en un hotel de Atlanta se preparaba una, diríase, performance que se transmitiría por TV en los cinco continentes: los jugadores argentinos con la bandera malvinera en aquel estadio repleto.   

Nunca antes hubo algo que visibilizara dicho reclamo con esa magnitud. Un logro inversamente proporcional a la modestia de sus preparativos. 

Ahora ya se saben algunos de sus detalles.

Fue la iniciativa de un grupo de muchachos del barrio porteño de Villa Luro que están en los EE UU desde el primer partido de la Scaloneta. La decisión de realizarla surgió durante la mañana de ese miércoles, luego de ocurrírsele a uno de ellos. Su financiamiento no superó los 10 dólares (tal fue el precio del pincel y la pintura usada para cuñar esa consigna en una sábana del hotel). Y que uno de ellos, después de enrollarla con suma meticulosidad, la ocultó entre la parte interior se pantalón y el calzoncillo. Así ingresó al estadio sin despertar sospechas. Y ya finalizado el partido, introdujo una parte de esa tela en una botella de plástico para arrojarla al campo de juego. Fue entonces cuando Giovani Lo Celso la levantó. El resto de la escena la vieron millones de ojos por televisión.

He aquí una paradoja: la sencillez casi infantil de esta “opereta” puso en ridículo, en la nación más vigilada del planeta, a un férreo dispositivo con 1600 policías del estado de Georgia y 700 agentes interjurisdiccionales, además de otros tantos guardias privados.

Es de imaginar el estupor de Monteoliva, en una sala del ministerio de la calle Gelly y Obes, rodeada de sus colaboradores, ante un enorme televisor. Tal vez recién entonces sintiera que se había disparado un tiro en el pie.

De hecho, desde entonces se sumió en un silencio sepulcral.

En cambio, Milei solo atinó a soltar:

–Eso (la recuperación de las islas) se logra, digamos, con una diplomacia seria y no con gestos de patrioterismo batato.

Y con respecto al triunfo albiceleste propiamente dicho, solo farfulló:

–Siento una alegría inmensa.

Su voz sonaba llamativamente trémula.

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