La definición del Mundial 2026 contra España, en Nueva Jersey, comienza a las 16. No sabemos si esta será la última función del 10, su último tango. Lo que sabemos es que es una final del mundo, que Messi está ahí otra vez, en su tercera final en los últimos cuatro Mundiales, un tiempo quizás irrepetible.

Nueva York se mueve en su caos y su desmesura. Es una ciudad que se te cae encima. Hay gente yendo y viniendo por todos lados, sirenas de bomberos, hombres trabajando, calles cortadas, mucha policía y poco Mundial. El Mundial es una copa del mundo hecha de Lego en el Rockefeller Center, son los hinchas en Times Square, los carteles que enfrenta a Messi con Lamine Yamal, el FIFA House cerca de la Trump Tower, sobre la Quinta Avenida, y el Fanatics Fest, en el Javits Center, un lugar donde el fútbol se mezcla con otros deportes, todo envuelto en el olor de las papas con cheddar.
“History, again”, dice un cartel luminoso en Times Square. Es una publicidad de apuestas deportivas. Messi está sentado entre Nicolás Otamendi y Rodrigo De Paul, dos de sus lugartenientes para esta aventura que emprende junto a un grupo de amigos. El viaje de Messi con la selección argentina tiene una combinación perfecta entre la trascendencia y la celebración. Es la obsesión por ganar y también el placer del asado, que en la Argentina van de la mano.
No sabemos si esta será la última función de Messi, si este es el último tango. Lo que sabemos es que es una final del mundo, que Messi está ahí otra vez. Hace diez años, en el mismo estadio de Nueva Jersey donde este domingo jugará contra España, Messi había tenido el impulso de bajar los brazos. El tiempo le demostró que valía la pena volver a intentarlo.
Pero Messi no es lo que ganó. Tampoco lo que pueda volver a ganar. Messi es lo que emociona, que es algo más abstracto pero más profundo. Durante un mes, en este Mundial, Messi desplegó su arte absoluto sobre el campo de juego, puso a funcionar su fábrica de la felicidad. Nos alteró el pulso, nuestro sistema nervioso. Dormimos distinto, soñamos distinto, amamos distinto, caminamos distinto, y eso fue lo que nos produjo Messi. En cada partido, un sufrimiento. En cada final, una celebración. Imagínense por un rato no haber tenido a esta selección en este tiempo, no haberlo tenido a Messi.
Verlo en la cancha es asistir a un acto de magia a cada minuto. Nunca sabés lo que va a suceder, nunca sabés cuándo va a ocurrir. Messi no está, nadie lo ve, anda por allá, por algún lugar, hasta que la pelota le llega y es como si se materializara. El sonido del estadio se eleva, se escucha un grito colectivo de excitación. El mejor deportista de todos los tiempos entra en acción.
El anteúltimo truco de Messi consiste en ganarle al tiempo. Tiene 39 años, los cumplió durante este Mundial, y sigue bajando marcas. Se convirtió en el máximo goleador y máximo asistidor de la historia de la competencia. Es el jugador de campo más longevo en jugar una final de la Copa del Mundo. No lo hace arrastrándose, mirando pasar la historia de costado. Contra Inglaterra, a los 92 minutos del partido, encaró a Nico O’Reily, un jugador de 21 años, y Djed Spence, de 25 años. Frente a ellos, sacó un centro de derecha, supuestamente su pierna menos hábil, que, sin embargo, es muchísimo más hábil que la de cualquiera. Miró a Lautaro Martínez y en la carrera le puso la pelota en la cabeza. Con la mano, a un mortal, le resultaría imposible de hacer. Messi lucha contra esos jóvenes con fuerza homérica y sabiduría socrática. Ahora se viene España, que tiene a Lamine Yamal, 19 años, del Barcelona como él, el bebé al que tuvo en una bañadera. Y ahora lo tendrá enfrente.
La épica de Messi con la selección argentina fue una ola que se armó bajo una superficie de derrotas, un encadenamiento de frustraciones que hizo más fuerte la explosión cuando llegó el triunfo. Qatar 2022 fue más dulce para quienes también supieron disfrutarlo en las horas más amargas. Y es que era un jugador para disfrutar. Todos los que en estos días, por izquierda y por derecha, intelectuales y no tanto, pretenden construir a Messi como un villano, se pierden el goce de su fútbol, la emoción de un deportista que juega un Mundial con espíritu amateur, por amor a la tarea, jugando a la pelota, nada más genuino para un atleta.
Así como sus compañeros, sus amigos, los que se ponen la misma camiseta en cada partido, dicen que juegan por él, que quieren ganar por él, yo tengo la hipótesis de que Messi quiere ganar por todos nosotros. Que la de Qatar era para él, para mirar a su gente y decirle que ya está. Pero esta entrega, esos minutos finales en los que sale al rescate del equipo, es para los otros, para los que están acá y los que no están, para los que alguna vez lo criticaron y para los que siempre lo bancaron. Para los que, como dijo, no llegan a fin de mes.
Este domingo va a jugar su tercera final en los últimos cuatro Mundiales, lo que nos habla de un tiempo quizá irrepetible. La Argentina tuvo ese mismo registro entre 1978 y 1990, dos de esas finales con Diego Armando Maradona. Hay generaciones de hinchas argentinos que tuvieron la fortuna de atravesar estas casi cinco décadas.
Pero nada es casualidad, no es casualidad que exista Messi y que haya existido Maradona. Y que exista Enzo, Julián, Alexis y Lautaro, Cuti y Lisandro, todos ellos producto de la tradición del fútbol argentino, de su estructura, sus redes de clubes, los de barrio, los de pueblo, los chicos, los medianos, los grandes. Esta selección es la calle y son las plazas, las ganas de jugar todo el tiempo y poder hacer sin que se necesite tener plata. Es la selección de Argentina, un país con un poder social que le permite darle pelea y ganarle a otros con economías muy superiores, aunque sea simbólicamente, aunque sea en el fútbol, y eso es lo que no entienden algunos progresistas del norte. Por eso el triunfo con Inglaterra tuvo otra dimensión. Por eso la bandera de las Malvinas Argentinas, el acto de reivindicación más impactante que se recuerde, una acción valiente de estos futbolistas.
Lo que no ven, o no quieren ver, es que la selección argentina está construida desde abajo, desde los lazos que se generan en pueblos que ni siquiera pueden imaginar, con formadores que seguramente trabajaron sin cobrar, por amor, por el disfrute de ver jugar un baby cualquier fin de semana y ver crecer a sus jugadores. ¿O por qué creen que hubo cinco técnicos argentinos en esta Copa del Mundo? Esta selección se construyó con los clubes que no cobran cuotas a quienes no pueden pagarlo porque tienen vecinos y vecinas que pintan una pared, que organizan una choriceada, una rifa, y juntan plata para comprarle unos botines al que no puede. Fue el sentido colectivo los que no dio a equipos como este, no el individualismo, no el sálvese quien pueda.
Esa es la selección argentina, ese es Messi. Las luces de Nueva York no cambian el barro en el se criaron los jugadores de este equipo. Messi, como un Odiseo, tuvo que atravesar sus propios monstruos, la sensación de que el destino le iba a negar lo que buscaba. Pero en su lucha armó un camino sembrado de alegrías populares. Valió la pena para él y valió la pena para nosotros. Sin saber qué es lo que vendrá. Lo único que se sabe es que Argentina va por la final del Mundial con España, en Nueva Jersey, y que ahí va a estar Messi. «
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