En un mundo marcado por conflictos ocultos y por intereses que trascienden fronteras, donde la tecnología se entrelaza con el poder económico y la seguridad, y donde los planes estratégicos a veces superan incluso a los gobiernos, la Patagonia se perfila como símbolo del final de una era y el inicio de otra. El movimiento sionista ha mostrado ambiciones sobre esta región, incluso denominada “Israel 2”, utilizando herramientas de influencia en Argentina, como lo hizo Mekorot en 2014, preparando el terreno para un control estratégico a largo plazo y asegurando que la región pueda ser aprovechada como un punto clave en escenarios futuros de supervivencia y poder global.
No se trata únicamente del territorio, sino de quienes buscan sobrevivir y mantener su influencia tras el colapso de un sistema global con herramientas tradicionales insuficientes. Las élites transnacionales, con conocimientos y recursos, algunas vinculadas a proyectos de seguridad o nacionales, ven el lejano sur como un refugio para reorganizar el poder lejos del caos y consolidar redes de influencia tras la caída de las estructuras tradicionales. Estas élites buscan garantizar continuidad, proteger información, tecnología y población clave, asegurando que sus capacidades sigan operando incluso en los escenarios más adversos.
Desde mediados del siglo XX, las grandes potencias no solo planifican conflictos, sino también la supervivencia posterior. Se construyeron bases fortificadas, ciudades subterráneas e instalaciones bajo el hielo, símbolos de poder y continuidad que reflejan la necesidad de proteger recursos, tecnologías y población estratégica ante una catástrofe total. El hielo del norte funciona como escudo natural, pero también implica riesgos extremos si se ataca con armas no convencionales, pudiendo volver inhabitable gran parte del hemisferio norte durante décadas por explosiones, contaminación radiactiva, colapso de infraestructuras y efectos del cambio climático sobre ecosistemas y sociedades humanas.
Frente a estas amenazas, la planificación estratégica se desplazó hacia el sur, hacia territorios menos poblados y autosuficientes. La Patagonia surge como conclusión lógica: su gran extensión, recursos naturales, clima estable y aislamiento relativo la convierten en lugar ideal para la supervivencia. El traslado no ocurre de inmediato, sino mediante un proceso gradual: migraciones discretas, inversiones sostenidas en infraestructura, gestión de agua y energía, y presencia económica antes de cualquier cambio político, asegurando que la región esté lista para reconstruir comunidades y mantener estructuras funcionales antes de decisiones oficiales.
Incluso desastres naturales, como incendios, inundaciones o sequías, se consideran oportunidades dentro de este escenario, no como eventos aislados, sino como mecanismos para redistribuir población y recursos estratégicamente, asegurando la supervivencia a largo plazo. La migración silenciosa, la reubicación económica y la gestión de recursos son herramientas esenciales para mantener la continuidad humana y permitir que las élites reorganicen la sociedad antes de confrontaciones abiertas.
En el contexto contemporáneo, los temores fundamentales no han cambiado: la posible caída del sistema internacional, el control de recursos estratégicos y la anticipación a eventos catastróficos se reflejan en los movimientos de las grandes potencias. Pensar en términos de supervivencia y reconstrucción es un patrón recurrente, ahora con armas más precisas y destructivas, capaces de volver inhabitables áreas urbanas y agrícolas, aumentando la importancia de contar con alternativas estratégicas alejadas y seguras.
Las élites transnacionales —algunas con raíces históricas, otras vinculadas a corporaciones o lobbies financieros— son decisivas para trazar la ruta de supervivencia. El proyecto no responde a un interés nacional o religioso concreto, sino que constituye una red de influencia capaz de sobrevivir y reproducirse incluso ante el caos más extremo, asegurando la continuidad del conocimiento, la economía y la capacidad de decisión estratégica global.
Al final, la Patagonia emerge como la culminación de esta lógica: no es un sueño ni un proyecto de conquista, sino el fin de una era global y el inicio de otra, surgida del miedo y la necesidad de supervivencia. Redefine poder, legitimidad y humanidad. La cuestión central ya no es la victoria militar, sino la capacidad de sobrevivir y reconstruir la civilización sobre bases estrictas, centradas en la supervivencia más que en el poder o valores tradicionales. La Patagonia se convierte así en símbolo de planificación fría, pragmática y de visión a largo plazo.
Finalmente, la idea va más allá de asegurar un refugio para las élites: busca que estas sirvan al “miliardo dorado” de Malthus. Ni pandemias ni guerras han reducido significativamente la población mundial; por ello, una guerra total en el norte “atrapa todos los pájaros con una sola piedra”. Trump y Netanyahu consideran que el derecho internacional ya no es útil, y promueven nuevas reglas para garantizar el control de recursos estratégicos bajo dominio estadounidense. Dado que las armas avanzadas representan riesgos iguales para agresores y víctimas, la Patagonia se convierte en refugio seguro, no solo para evitar la catástrofe “Trump-Netanyahu”, sino para preservar la supervivencia de la humanidad. Palestina es solo el comienzo, no será el final.