Cada cuatro años, el tejido social argentino sufre una mutación tan predecible como fascinante. De pronto, el país hiperfragmentado, agobiado por crisis crónicas y divisiones políticas que parecen insalvables, suspende (brevemente) su hostilidad cotidiana para ingresar en un estado de hipnosis colectiva. ¿Es solo fanatismo deportivo o el Mundial toca una fibra mucho más profunda de nuestra estructura psíquica?

Para el psicoanálisis, la respuesta es contundente: el fútbol en estas latitudes no es un espejo de la realidad, aspira a convertirse en la realidad misma elevada a estatuto simbólico. En la cancha no solo corren 22 jugadores detrás de una pelota; allí se juega nuestro narcisismo, nuestra relación con el sufrimiento y la necesidad imperiosa de encontrar un orden frente al entorno azaroso y poco esperanzador.

Messi, el heredero del Ideal

El héroe encarna el Ideal colectivo. Desde el psicoanálisis, una sociedad fragmentada como la argentina, necesita un objeto en el cual unificar sus aspiraciones colectivas inconscientes. Messi opera como el significante de la reparación: un héroe que, a diferencia del mito maradoniano del «héroe trágico» que desafía al poder y sufre, representa la constancia, la resiliencia y un triunfo respecto al paso de tiempo.

En la identidad argentina, históricamente marcada por la añoranza de tiempos pasados (“que siempre fueron mejores”) y la sensación de crisis permanente, el héroe futbolístico ofrece una salida temporaria al padecimiento colectivo. Ubicamos a Messi en el lugar de la figura que nos permite identificarnos entre nosotros a través de él. Si él gana, el Yo nacional se engrandece y se “cura”, aunque sea por un rato, de su sufrimiento. Sin dejar de tener en cuenta las diferentes aspiraciones que a lo largo de la historia han tenido los gobernantes de ofrecer “Pan y circo”. 

La ilusión de ser «todos uno»

Es una ilusión estructural y una necesidad psíquica. Durante el Mundial se produce lo que una disolución de las diferencias en la masa. Las divisiones políticas, socioeconómicas y subjetivas quedan suspendidas bajo un mismo lazo: el amor al color de la camiseta.

No es «real» en términos lógicos, pero es absolutamente real en sus efectos emocionales. Funciona como una tregua frente al malestar en la cultura. La masa se unifica porque proyecta el mismo Ideal en el equipo. Esta ilusión de completud es necesaria porque suspende temporalmente el malestar de la fragmentación cotidiana y ofrece una vivencia de comunión que el lazo social moderno, cada vez más atomizado, ya no puede proveer. Abrazando toda oportunidad de aquello que le brinda un poco de satisfacción. 

El goce del sufrimiento y la montaña rusa emocional

Nuestra identidad está fuertemente ligada a la lógica de una realidad social marcada por el sufrimiento y la falta de fuentes de placer. Para el inconsciente argentino, ganar «caminando» o sin sufrir no tiene el mismo valor simbólico. Existe una herencia cultural donde el valor del logro está indexado por el tamaño del padecimiento previo. En pocas palabras lo que cuesta vale. La montaña rusa emocional refleja la oscilación de nuestra propia historia. Pasamos de la omnipotencia («somos los mejores del mundo») a la caída catastrófica («somos lo peor») en noventa minutos. 

“Del éxtasis a la agonía

Oscila nuestro historial

Podemos ser lo mejor

o también lo peor

 con la misma facilidad”

como dice la canción de la Bersuit. El partido de fútbol se convierte en un escenario donde se actúa el drama existencial del país: la amenaza constante de la pérdida y la épica de salvarse a último momento. Sufrimos porque es nuestra forma de garantizar que lo que está en juego realmente nos importa.

Cábalas, rituales y supersticiones: ¿Por qué incluso los más racionales se vuelven creyentes en tiempos de Mundial?

Porque ante la irrupción de la contingencia y lo imposible de controlar, la razón claudica. El fútbol introduce una dosis insoportable de azar; el sujeto sabe que el resultado no depende de él, y esa falta de control genera una angustia estructural.

Las cábalas (rituales como sentarse en el mismo lugar, usar la misma ropa, repetir frases) son mecanismos de los cuales echar mano ante lo imposible de controlar. El sujeto humano inventa rituales para intentar controlar o domesticar la contingencia. El científico o el sujeto más racional se vuelven creyentes porque la cábala introduce una ley mágica donde no la hay: es el intento de ponerle palabras y orden al vacío del azar. Prefieren creer que su conducta influye en el pie de Messi antes que aceptar el desamparo de que un milímetro hace que su ilusión y felicidad se estrellen contra un palo. Dejamos de ser, por esta vía, meros espectadores para creernos protagonistas de lo que sucede en el campo de juego.

Ganar, perder y el narcisismo nacional: ¿Qué se juega más allá del fútbol?

Se juega la validación o la herida del maltrecho Narcisismo Patrio. En Argentina, el fútbol no es un espejo de la realidad, es la realidad misma elevada a estatuto simbólico. Al no tener una hegemonía económica o geopolítica global, el fútbol es el territorio donde los habitantes de un país disputan su lugar de reconocimiento frente a la mirada del mundo.

Ganar produce una marea de satisfacción narcisista, nos sentimos amados por el mundo y absueltos de nuestros fracasos históricos como colectivo social (y también en los fracasos individuales). Perder no es solo quedar afuera de un torneo, es una caída subjetiva que se vive como una confirmación del destino trágico y de la exclusión como argentinos.

Más allá de la pelota, se juega la demanda de existencia: ser vistos, ser respetados y confirmar que, al menos en el universo del juego, tenemos un lugar de valor inigualable.

Rafael Arteaga es docente y supervisor clínico de Institución Ulloa y coordinador del Observatorio de consumos problemáticos-UNSAM