Pobres habrá siempre, decía Carlos Menem.

En esa burda frase descalificadora, doblemente lamentable en boca de un Presidente de origen justicialista, se sintetiza la ignorancia de generaciones de dirigentes políticos que han considerado a la pobreza como categoría única, que varía en función directa de grandes variables macroeconómicas.

Nada más negador que eso.

Hay varias formas de pobreza, entendida como la incapacidad de cubrir las necesidades básicas personales o familiares. Deberíamos ser capaces de clasificarlas en función de su causa primaria o dominante.

1.Pobreza por baja productividad

Cuando una comunidad no dispone de recursos para producir, ni capital, ni tierra apta, ni tecnología, es casi obvio que le será muy difícil atender sus necesidades básicas, sea cual sea la relación entre sus integrantes. Es la forma que podríamos calificar más primitiva de la pobreza y no es la más presente en los tiempos modernos de países como el nuestro, aunque puede asociarse algunos espacios con esta condición.

2.Pobreza por explotación

Es la que aparece cuando se establecen relaciones laborales en que la distribución del valor agregado por un emprendimiento es tan asimétrica que quien toma las decisiones – el capitalista – se apropia de una fracción muy importante y lo que se asigna al resto es insuficiente para alcanzar una calidad de vida aceptable.

Es la situación con más historia en Argentina y se encaró su solución desde hace 80 años mediante la intervención del Estado a favor de los perjudicados, buscando por más de un camino que la distribución de valor agregado fuera más equitativa.

Las regulaciones oficiales y el fortalecimiento sindical evitaron la caída del salario real y consiguieron alguna mejora, aunque es doloroso destacar que el mayor salario real de la historia sigue siendo el alcanzado en 1974.

3.La pobreza por exclusión

La categoría anterior tuvo presencia y vigencia dominantes en momentos de casi plena ocupación, en que la acción sindical y del Estado marcaban el ritmo de la distribución de ingresos.

Aún así, ya existían grandes franjas de ocupación que escapaban a esas pautas, como el servicio doméstico o buena parte del trabajo rural. En ambos casos la disparidad de poder entre contratante y contratado siguió siendo tan grande que la inequidad fue la regla.

El hecho nuevo que alteró con fuerza la naturaleza de la pobreza emergió hace unas cinco décadas y se ha hecho hegemónico, a caballo de las tres experiencias neoliberales desde 1989. Se trata de la progresiva financiarización de la actividad económica, en que la especulación financiera pasa a ser una actividad central aún para las empresas que producen bienes y servicios. En tal condición, el escenario queda dominado por el juego de suma cero que representan las finanzas y todo lo demás, incluso el consumo masivo, pierde relevancia como determinante de la ganancia empresarial.

Si no se necesita gente para ganar dinero, no se la requiere como consumidora, ni como productora. Queda excluida del horizonte. Pierde toda dinámica la creación o crecimiento de las empresas productivas; aumentan los niveles de desempleo registrado y crece la fracción de trabajadores que buscan su medio de vida de manera individual.

A estos pobres no hay sindicato que los pueda ayudar.

Es inevitable, de ahora en más, pensar en al menos dos orígenes de la pobreza y en un nuevo menú que sea capaz de enfrentarla. Veamos algunas puntas.

A. Reforzar los mecanismos ya conocidos de intervención para mejorar la capacidad de negociación salarial de los trabajadores en relación de dependencia. La primera acción en este plano debiera ser reemplazar el Consejo del Salario por un Consejo de Precios y Salarios, en que se establezcan obligaciones de los dos lados de la moneda y que incluya a la clase pasiva en sus ajustes.

Otra legislación importante a instalar es el concepto de Compromiso Productivo Social, en que un capitalista que elimine la producción en su empresa y la reemplace por la importación, debiera obligatoriamente dar la opción al colectivo laboral que depende de él, de adquirir los bienes que pasan a estar ociosos y dar continuidad a la producción, partiendo del hecho obvio que los trabajadores tomaron una opción de vida que no tiene alternativa, situación diferente del capitalista.

B. Los llamados “excluidos” deben tener una opción diferente de aguantar hasta que el resto de los compatriotas aumenten su consumo y derramen así demanda de servicios al resto. También, a mi juicio, debe corregirse la presión ideológica que se exhibe desde el campo popular cuando se insiste en el camino de la educación universitaria como paso necesario para la llamada “movilidad social ascendente”. Este término tenía vigencia hace 80 años, cuando esa movilidad implicaba que toda una clase social mejoraba su condición, como fruto del trabajo en un país que crecía. No tenía el implícito de “escapar” de una clase sufriente que seguía estando allá abajo lo cual, en cambio, sucede con la convocatoria a mejorar su capacidad de ofrecerse en un mercado de trabajo neoliberal.

La Universidad es un medio imprescindible para mejorar el stock de mentes formadas en una vasta gama de saberes, con resultados seguramente favorables para el país, pero no puede terminar siendo visualizada como el modo dominante para salir de la pobreza.

La vía alternativa a recorrer por un Estado Transformador es definir una media docena de grandes proyectos que sirvan para atender necesidades básicas y a la vez generar los escenarios en que los trabajadores participantes tengan la posibilidad de contar con un patrimonio, además de ingresos, lo cual le dará sustentabilidad al todo.

La producción de alimentos en la periferia de grandes y medianas ciudades; los planes de viviendas sociales ejecutados por cooperativas que tengan como meta eliminar de verdad el déficit actual no menor a 4 Millones de unidades; La generación de energía fotovoltaica o eólica en ámbitos que permitan constituir cooperativas pequeñas que entreguen su producido a las actuales distribuidoras, capitalizando así a una importante franja de población; la revitalización de la urbanización de miles de barrios populares, con participación mucho más activa de sus habitantes; son en sí mismos programas de trabajo muy relevantes y abren a la vez la puerta a una etapa siguiente, en que los hoy excluidos pasarán a ser dinamizadores de cada economía local.

Simple y directo: En lugar de tolerar pasivamente la incitación a las apuestas deportivas o la multiplicación de usureros, planes de trabajo que suministran soluciones sociales. No solo las ya mencionadas Mariana Mazzucato o Stephanie Kelton sirven de sustento teórico indiscutible. Multitud de autores siguen esta línea. Solo agrego a Paulina Tcherneva y su Fundamentos para un Trabajo Garantizado. Son cosas básicas, que nadie hoy nos incita a leer y que circulan por el mundo que se aplica a resolver las cuestiones básicas de una comunidad.

Hasta pronto.