Todos somos víctimas del negocio del odio que manipula los deseos del mundo para que los nuevos señores de la guerra se puedan quedar con nuestra voluntad y condicionar nuestros sueños.

El Mundial 90 también nos dejó la música espantosa de los chiflidos y el resentimiento de la enorme mayoría de los italianos contra Maradona en particular y los argentinos en general. Nunca detesté tanto a una nación y jamás grité tanto un gol como el del hijo del viento al arquero Walter Zenga con el que eliminamos a Italia. Soy hijo de un milanés, orgulloso de ser italiano (tengo la doble ciudadanía), viví muchos años en Milán, hincha del Milan, y a pesar de ser porteño y cuervo, Milano es mi lugar en el mundo. Con el tiempo las cosas volvieron a su lugar y los italianos pidieron disculpas. Pero ¿qué había pasado para generar tanto resentimiento? Maradona había pasado. Dije al principio que los dos mejores jugadores del momento defendían los colores de equipos chicos. A propósito dejé afuera al tercero de los grandes, el enorme Michel Platini, ícono de la Juventus, equipo de los Agnelli dueños hasta entonces de Italia, la Ferrari y del Calcio, que era algo así como la Premier y la Liga española juntas.
Berlusconi de a poco empezaba a disputarles el título hasta arrebatárselo con su glorioso Milan y con métodos menos aristocráticos y más actuales para hacer negocios. En aquellos días la disputa insensata sobre quién era el mejor jugador del mundo, Maradona o Platini, no difería en nada con la que inventaron los madridistas de Florentino Pérez, la prensa adicta y los fanáticos frustrados, esa que compara a Cristiano Ronaldo con Messi. Ser hincha del equipo más ganador del mundo y no figurar en el recuento de los mejores de la historia, como el Ajax de Cruyff, el Milan de Sacchi y el Barcelona de Messi, no es fácil de digerir. Y éste quizás es el primer motivo para entender por qué sentimos que el mundo está en contra nuestro, por lo general un sentimiento falso producto de un defecto que tenemos de echarle la culpa a los demás por nuestros fracasos, pero que esta vez es muy real.
Hasta aquí algo del folklore del fútbol, casi tolerable. Pero esa persecución envidiosa y destructiva que sufrió Maradona se ve incrementada en Messi por varios factores: la homofilia de las redes sociales, la brutal politización maniqueista de un mundo híper globalizado, el negocio obsceno y monopólico del espectáculo del fútbol que se apropió de la emoción de la humanidad manipulando los sentimientos de cada individuo en el mundo y la inesperada alianza la inesperada alianza entre el Real Madrid y el muy mediocre presidente del Barcelona, que antepone su ego traicionando no solo sus colores sino su cultura porque el Barcelona, como grita su lema, es “mucho más que un club».
A todo esto le podemos agregar un factor mucho más tierno que forma parte del alma del fútbol: las chicanas y las rivalidades de nuestros clásicos rivales. No nos quejemos porque somos especialistas en esto y tan buenos que muchas veces pasamos por soberbios. Si bien es cierto que con la basura de las redes sociales se cruzaron ciertos limites, es solo pasajero: todos somos víctimas del negocio del odio que manipula los deseos del mundo para que los nuevos señores de la guerra se puedan quedar con nuestra voluntad y condicionar nuestros sueños, es decir robarnos la necesidad de ser libres: los mega empresarios tecno-financieros, que cuentan con mal intencionados, inescrupulosos y codiciosos aliados en la región, como en la Argentina.
Pero existe un último y más grave factor, el geopolítico: en 1978 el criminal régimen cívico-militar había registrado dos eslóganes que sintetizan la impunidad del mal: el silencio es salud y los argentinos somos derechos y humanos. No hace falta redundar en las consecuencias tan siniestramente obvias que se esconden (o no tanto) en estas dos definiciones que se convirtieron en latiguillos, como ocurre ahora con las redes sociales, donde la vida política solo se explica con latiguillos. Es lógico que una gran parte del mundo nos odie. Quizás porque no sepan, y no tienen por qué saberlo, que los argentinos votaron a un presidente para que termine con el mayor flagelo democrático que azota a nuestro país generando muerte y desolación: la inflación. Desgraciadamente el combo venía con alianzas nefastas con dictadores y criminales de todo el mundo.
Está claro que no somos aliados de ciertos países sino de circunstanciales mandatarios de esas naciones. Solo para poner en contexto un sentimiento que se volvió global. Hubiese sido mejor que los aliados de Milei se hubiesen llamado a silencio durante el Mundial, porque en lugar de un salvavidas nos tiraron un ancla (bien al estilo mafioso que los caracteriza; el escorpión como bien sabe la rana, no puede nunca dejar de ser escorpión).
PD: escribí este artículo previo a la final porque nada iba a cambiar en el sentirnos identificados con esta selección como nos pasó en Italia 90. Ya sabemos que los mundiales son un acto político. Por eso ¡gracias a la valentía de estos jugadores, que lo entendieron todo cuando sacaron la bandera de las Malvinas! Ese cartel fue un brutal gesto político, más fuerte y más simbólico aún que la mano de Dios, que tan bien inmortalizó Paolo Sorrentino. Fue un manifiesto simbólico de la cultura de nuestro país. La Guerra de Malvinas representa la argentinidad al palo, desde lo más noble a lo más nefasto, desde nuestros valientes y olvidados soldados a los más abyectos intereses de esa cofradía cívico militar que hoy sigue existiendo bajo la máscara de los títeres de Wall Street, de Silicon Valley y sus empleados. Gracias selección, por cada día de todos estos años. «
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