Hay historias que nos acompañan durante años hasta que encontramos la forma de narrarlas. A Laura Bondarevsky le ocurrió eso con Un mundo recobrado, una propuesta que se presenta como un rompecabezas y que reúne material de archivo, ficción y prosa poética para reconstruir la figura de Yenia Dumnova, una artista rusa exiliada que conoció durante su infancia en Suiza (y adoptó como abuela), cuando ambas habitaban ese territorio compartido y extraño de quienes, en el exilio, debieron rehacer sus vidas lejos de casa.

La nieve, las montañas, este mundo helado que también da lugar a la vida es un punto de partida para contar tu historia y la de Yenia.

-Si. Todo parte de ese cruce de caminos, de nuestros caminos, y la necesidad de volver a ese lugar para poder traer a Yenia otra vez. Un mundo recobrado habla de ella, pero también de ese otro universo que hoy parece tan lejano o que, por momentos, pareciera no existir más. Surge una idea de viajar hacia otras épocas para traerlas al presente y preguntarnos qué hacemos con esta realidad que estamos viviendo. El relato está permanentemente interrogando, buscando en la memoria, en los recuerdos, en esas generaciones de las que Yenia formó parte. Hay un movimiento constante de ida y vuelta.

Y también hay algo de reencontrarte vos misma en esa búsqueda.

-Sí, aunque eso no fue premeditado. Cuando decidí contar la historia de Yenia entendí, ya en el proceso, que no podía hacerlo sin meterme en la película. Porque las ganas de contarla nacen de esa niña de cinco años que la conoce en Suiza y la elige como abuela gestando juntas un vínculo inventado, amoroso y profundamente atravesado por el juego. Ahí entendí que yo también formaba parte de la historia.

¿Cuál es tu primer recuerdo de ella?

-Su voz. Era rusa, hablaba español con un acento muy fuerte y tenía una forma muy especial de expresarse. Era muy divertida, luminosa, alegre, una artista plástica impresionante. Y tenía una manera de vincularse con los niños donde ella también era un poco niña. Igual, con ella me pasa algo muy particular, porque cuando sos chica llega un momento en que no sabés hasta dónde lo que recordás es realmente un recuerdo o una reconstrucción imaginada. Y eso aparece mucho en el film. Hay recuerdos, claro, pero también muchos casilleros vacíos, producto del exilio, el desarraigo y de las memorias fragmentadas. La película tiene algo de rompecabezas, de intentar hilar piezas dispersas.

Me gustaría preguntarte por tus padres y por el exilio ¿Cómo fue esa historia?

-Mis padres eran médicos y militaban en Montoneros en los años 70. Desde su compromiso participaban de proyectos colectivos vinculados a la medicina y trabajaban mucho en barrios populares. Estuvieron clandestinos, perseguidos y escondidos hasta que, en 1977, logran escapar a Brasil, con documentación falsa, gracias a un abogado de Derechos Humanos. Finalmente pudieron cruzar la frontera en micro pero por separado, para no levantar sospechas porque el Ejército frenaba colectivos buscando gente. Después estuvieron escondidos en Brasil hasta que ACNUR consiguió que Suiza los aceptara como refugiados políticos. Llegaron sin hablar el idioma, sin nada, teniendo que rehacer completamente sus vidas, revalidar los títulos, aprender francés, empezar de nuevo. Al principio vivieron en un convento, después una familia les dio alojamiento hasta que pudieron estabilizarse. Mis hermanos y yo nacimos en Suiza. Había una comunidad enorme de familias exiliadas que vivíamos en el mismo barrio. Para nosotros, de chicos, era extraño entender el exilio porque ese lugar era nuestra casa, pero al mismo tiempo nos decían que no pertenecíamos ahí. Entonces aparece esta fragmentación. Te hablan de abuelos, tíos, primos que no conocés, y terminás inventando otra familia con los hijos de otros exiliados.

Laura Bondarevsky retrata el exilio en forma de homenaje a los vínculos construidos en el desarraigo
Bondarevsky, durante el rodaje del film

Yenia también aparece dentro de esa geografía emocional atravesada por exilios y luchas políticas.

-Claro. Ella tuvo una vida muy atravesada por la guerra y el destierro. Primero atraviesa la guerra; luego se enamora, a primera vista, de un intelectual uruguayo, que conoce en el metro de Moscú en 1945. Ella era muy atractiva, pero me contó que cuando lo vió por primera vez no podía quitarle los ojos de encima. Se casan y terminan viviendo en Montevideo, ella participa en algunos medios como Marcha. Después participa y colabora con el movimiento Tupamaro, y cuando la dictadura uruguaya se intensifica debe escapar a Chile. Viven el proceso de la Unidad Popular y también el golpe de Augusto Pinochet. Incluso presenció el bombardeo a La Moneda porque vivía enfrente. Como esposa de un agregado diplomático, Yania escondía gente en su casa y ayudaba a jóvenes perseguidos. Más tarde también debió huir de Chile y terminó exiliada en Suiza. Ahí es donde nuestras historias se cruzan.

La película tiene algo muy poético y también muy amoroso que se plasma en ese paisaje nevado donde ustedes se encuentran.

-Sí, porque también era un lugar donde todos estaban intentando reconstruir sus vidas. Yenia llevaba conmigo muchos años antes de convertirse en película. Hay historias que sabés que tenés que contar, pero nunca parece ser el momento. Hasta que un día encontrás la forma.


¿Y por qué elegiste esa narrativa poética y no una forma más documental?

-Porque prácticamente no tenía elementos para reconstruir la historia. No estaban sus amigos, había pasado mucho tiempo, había pocos archivos. Entonces el cine me permitió inventar lo que faltaba. Convocar a actrices, recrear momentos, trabajar con la imaginación, con la música, con la poesía. Me animé a una narrativa libre porque sentía que era la única manera posible de contarla. La película es una carta de amor a Yenia. Y también un homenaje a una forma de vivir. Ella era una mujer muy libre, irreverente, valiente. Una feminista mucho antes de que existiera esa palabra como hoy la entendemos. Se sentaba en mesas llenas de hombres y decía exactamente lo que pensaba. Pero además celebraba profundamente la vida, incluso en momentos difíciles. Tenía mucho humor, mucha alegría. Eso era algo que yo quería transmitir. Hay aspectos muy duros de su vida, pero yo necesitaba contarla desde el amor y desde la vitalidad. Quería recuperar esa esencia luminosa que tenía. Y me pasa mucho que después de ver la película me dicen: “Gracias por presentarme a Yenia”. Siento que algo de ella realmente llega.

Imagen del rodaje de Un mundo recobrado.

¿Por qué sentís que era importante traer hoy esta historia?

-Porque creo que estamos viviendo un tiempo muy desalmado. Un presente donde hay mucha apatía y donde parece que todo da lo mismo. A través de Yenia pude recuperar algo de la dignidad y de la valentía de esas generaciones que luchaban colectivamente y creían profundamente en transformar el mundo. Ella nunca se resignaba.

Si hoy pudieras volver a hablar con ella después de haber terminado la película, ¿qué creés que pasaría?

-Creo que nos reiríamos mucho. Le hubiera encantado esta película porque tiene algo muy irreverente y libre. Creo que le divertiría verse recreada e inventada por distintas actrices. Y también pienso que diría algo muy simple: “No se resignen. No se resignen a este aislamiento, a esta apatía que nos quieren imponer. Júntense, encuéntrese”. Estoy segura de que diría eso.

Un mundo recobrado se proyectará este sábado 16 de mayo a las 18 h en la Casa por la Identidad, en el Espacio Memoria y Derechos Humanos ex ESMA (Av. del Libertador 8151), con entrada libre y gratuita. Luego de la función habrá una charla con Laura Bondarevsky, la actriz Verónica Gerez, Yara Girotti (Hijas e Hijos del Exilio) y Miguel “Tano” Santucho, moderada por Charly Pisoni.

Datos de interés sobre la obra de Laura Bondarevsky

El film competirá el próximo 3 de junio en el New York Independent Film Festival y fue seleccionado para el Festival de Cannes, además de recibir múltiples reconocimientos en festivales internacionales, entre ellos el premio a Mejor Documental en el Tokyo Women Film Festival; el Sacramento Independent Film Festival; el Doc Fest München y el California Women Film Festival, donde también obtuvo el galardón a Mejor Película. En Argentina, recibió el Premio del Público y una mención especial en el Festival Internacional de Cine de Derechos Humanos de Buenos Aires.