“Tampoco hay mucho que contar, qué quieres que te cuente. Nada. En los pueblos era todo lo mismo, hija, en la ciudad sería otra cosa, pero en los pueblos qué, pues deslomarse a trabajar y a Dios gracias si tenías un cuscurro de pan que echarte a la boca. Después de la guerra la vida no valía dos pesetas”. Así, con estas palabras, comienza la novela Tocan a muerto (Blatt & Ríos), en la que la española Laura Vivar construye la voz de una abuela que recuerda en primera persona y en compañía de su nieta cómo era la vida en los pueblos. Ese primer capítulo termina con una advertencia: “No me hagas hablar, hija. No me tires de la lengua”. Sin embargo, la abuela habla. Y cuenta. Cuenta de su madre, Rosa, que a los 30 ya caminaba doblada de tanto fregar de rodillas y ayudar en el campo; de su abuela, María, que casi se muere por culpa de un médico que le diagnosticó una neumonía cuando, en realidad, llevaba hace días una niña muerta en el vientre; o de Inocenta Notario, la curandera del pueblo que le enseñaba a las más jovencitas lo que era la regla, a las recién casadas a contar los días fértiles y a las que llegaban con un retraso a tomar un tecito de ajo, vinagre y perejil.

Con su debut literario –publicado en simultáneo acá y en España por la editorial argentina Blatt & Ríos-, esta filóloga nacida en 1986 en Guadalajara logra darle forma a la historia de generaciones de mujeres violentadas de distintas formas, educadas en el silencio y en la abnegación y que, sin embargo, lograron salir adelante. Pero más allá de que el acento esté puesto en el destino de esas  mujeres durante la guerra y la posguerra en España, hay una violencia que comparten todos los personajes que aparecen a lo largo de las 135 páginas de esta breve pero potente novela y es la de la pobreza y el hambre; la de quienes, después de la Guerra Civil, desenterraban hasta animales muertos o buscaban pequeños erizos bajo las piedras para tener algo que echar a la olla. Desde las afueras de Madrid, Laura Vivar conversó con Tiempo Argentino.

Laura Vivar: "La pérdida quedaba del lado de las mujeres"

Laura Vivar

-Tu novela se afirma en una voz muy lograda, que es la de la abuela Milagros. ¿Te basaste para crearla en una mujer en particular, o es un collage de muchas voces?

-Me suelen preguntar si se trata de mi abuela y no, no es mi abuela: es un pastiche de muchas expresiones de muchas mujeres diferentes, cosas que me contaron mis amigas, y hombres también. La voz de Milagros es casi un ejercicio de arqueología lingüística y se basa en los veranos que pasé en el pueblo de mi familia en Castilla la Mancha. Me fui dando cuenta que había mucha fuerza literaria en esas historias que los personajes no querían contar. Toda la novela está construida sobre esa lucha de las abuelas por no contar las penurias que pasaron. Y en esa negación constante y repetitiva, al final hay mucha fuerza. La historia va saliendo por las rendijas hasta que no les queda otra que terminar contándola.

-Es una voz tierna también, que tiene mucho humor, y aparecen palabras y expresiones muy simpáticas en esa oralidad, como “canguele” por miedo, “irse al otro barrio” para nombrar la muerte o “no la tosía nadie” para decir de una mujer que era valiente.

-Algunos giros lingüísticos son muy locales, muy concretos. Mis editores, incluso muchos de mis amigos, me han dicho: «Entiendo lo que quieres decir, pero esto no lo había escuchado nunca».

-Por otro lado, la simpatía de esa voz ayuda a sobrellevar la lectura de los tramos más crudos del relato. ¿Fue esa “matización” un efecto buscado?

-El efecto que he conseguido es el efecto propio de la voz. Iba a decir que no es mérito mío, pero algo de mérito tendré por haberla escrito (risas). Lo que quiero decir es que se basa en esta forma de narrar de las abuelas, que cuando nos contaban cosas ‘al amor de la lumbre’, como dirían ellas, mientras mondaban las patatas, usaban el mismo lenguaje para contar una anécdota de tu infancia que la historia de aquella mujer que perdió a su hijo el día de Navidad y se quedó una semana con el niño muerto. Lo hacían con una naturalidad que es realmente asombrosa. Las cosas que yo he escuchado de pequeña en el pueblo, o hablando con abuelas de amigas…Cosas que eran lo «normal» o «lo natural», y que eran muy violentas.

-Hay una idea sobre la que vuelve esta abuela una y otra vez y es la de “la familia nuestra siempre ha sido pobre, pero no miserable”, o “de la humildad hay que sentir orgullo”. No parecen ser conceptos muy en boga, ¿no?

-Sí, esta idea de “puedo ser pobre pero voy a seguir siendo digno, voy a ponerme la ropa más limpia que tenga para ir el domingo a la iglesia, porque no tendré para comer pero cuando vaya al pueblo y me vean todas las personas que están a mi nivel económico y social, y sobre todo las que están por encima, me van a ver bien. Porque nosotros perdimos la guerra, pero no perdimos la dignidad”.

Laura Vivar: "La pérdida quedaba del lado de las mujeres"

-Sin embargo, en la novela mostrás que esa violencia contra las mujeres es transversal. Incluso uno de los personajes más crueles que aparecen, “El Rubio”, viene de pasar una temporada en la cárcel por ser comunista.

-Creo que tiene que ver con la idea del horror interno y el horror externo. Hubo muchas situaciones de abuso de poder, llamándolo franquismo o no, y de abuso de género, con lo cual la pérdida absoluta quedaba del lado de la mujer. Uno, por haber sido mujer, y dos, por haber sido pobre. Y también está el horror interno. Este libro habla mucho del luto sistemático al que se sometía a las mujeres (ver recuadro). Y ese horror no lo ejercían los poderosos desde arriba, lo ejercían los iguales. Es el horror por todas partes, el horror de los ricos y el horror de la gente que supuestamente debería estar echándote una mano.

-El libro está dedicado “a todas las mujeres que no supieron escribir su nombre”. El tema del analfabetismo es una constante en la novela. ¿En qué formas creés que afectó la vida de estas mujeres?

-Creo que la sociedad que avanza es la que invierte en educación. Cuando se pasó de la república al franquismo, las niñas, especialmente en los pueblos, dejaron de tener acceso a la educación y, de alguna forma, diría que casi acceso a sí mismas, a su conciencia de clase. No puedes crear un discurso sobre tu situación de desigualdad si no tienes acceso ni siquiera al lenguaje para hablar de ello. Además de la dependencia que te crea el analfabetismo. Dependes constantemente de otro para todo: para ir al banco, o hasta para saber los nombres de las calles a dónde va el autobús de línea.

-Hay muchos conceptos que no tenían nombre en ese entonces pero que aparecen en el libro, como el de sororidad. Estas mujeres quizá no fueran feministas, pero tenían muy en claro que tenían que ayudarse entre ellas.

-Sí, es esto que decíamos antes. No tenían el lenguaje para expresar lo que estaban viviendo. Esto de la sororidad, del feminismo, es una cosa muy nueva. Ellas dirían que “siempre hay una vecina para echarte una mano”, que es el concepto de sororidad en el pueblo. Pero claro, se ayudaban entre ellas y al mismo tiempo se controlaban entre ellas. Entonces tenemos un personaje como puede ser el de Inocenta Notario, explicando lo que era la regla, y por el otro la vecina que miraba a ver si habías quitado los geranios del balcón el día que comenzaba el luto. La misma vecina a la que le podías pedir las pastillas de tinte para teñir la ropa y hacer bien el luto, era la misma que iba a controlar si habías quitado los geranios. Hay una ambigüedad. O tenías un personaje como la suegra de la abuela María, que como a la nuera le naciera una niña, ni la miraba. Esto fue algo buscado en el libro. No quise convertir a estas mujeres en seres de luz de moral perfectísima. Creo que era injusto con su memoria convertirlas en mártires o en prototipos de un feminismo que no existe.

Laura Vivar: "La pérdida quedaba del lado de las mujeres"

-¿Esa dureza era un mecanismo de defensa?

-Era la sociedad la que te empujaba a desconectarte absolutamente de tus emociones. La madre de Ventura, por ejemplo, le pega un bofetón cuando está llorando a su padre, que se está muriendo. Esto de que «en los pueblos no se llora» es una frase que aparece varias veces en el libro. Esa desconexión era un mecanismo de supervivencia. Si a cada una de estas personas le hubiera caído una depresión -que les podría haber caído con toda la razón del mundo-, no podrían haber salido adelante. Yo no me imagino hoy ni de broma pasando por lo que se cuenta en el libro.

-¿Tu abuela leyó la novela?

-Cuando le conté lo que había escrito, me torció el morro y me dijo: «Estas cosas no se cuentan» (risas). Aunque nosotros vivimos ahora en un siglo XXI donde ser víctima te sitúa socialmente, antes era distinto. Creo que tiene que ver con escarbar en un pasado del que no se sienten demasiado orgullosos. Algo de «a mí me pasó esto, pero jamás en la vida nadie lo va a saber». La vergüenza de la víctima.

Mujeres vestidas de riguroso luto

“A todas nos iba a llegar, el negro no perdonaba. Si tenías mala suerte, empezabas ya tu primer luto de niña, con tus medias negras de algodón. Si hasta la comunión he visto yo hacer de negro. Algunas mozas empalmaban los cinco años de luto riguroso por alguno de los padres, los tres de algún hermano, los años por la abuela y ya no conocían otra cosa. Que no les daba tiempo a llegar al alivio y se pasaban la vida enlutadas, saliendo poco más que para ir a oír misa, pero sin levantarse al evangelio, por lo menos el primer año. Eso contaba la Conchita, que a su madre no le había visto otra cosa que blusas negras siempre hasta el último botón. Si lo peor no eran las ropas, que ni la radio se podía poner en ese tiempo, toda la casa en silencio. Ni cantar ni silbar. Madre, como te escucharan las vecinas. Uy, ni salir a la romería con las amigas, ni a las fiestas de la Virgen. Que no se te ocurriera. Eso se acababa, te quedabas en tu casa respetando el duelo o te hacían la cruz”.

Este fragmento, que forma parte de la novela Tocan a muerto, habla del luto riguroso al que eran sometidas las mujeres en los pueblos. Un luto que podía durar años, a veces toda una vida, que llevaba a tapar los espejos de la casa para que el muerto no se reflejara en ellos, a cubrir las bombillas con telas negras y hasta a teñir de negro las sábanas. El mismo luto que lleva la mujer de la foto elegida para la tapa de Tocan a muerto, que forma parte del archivo fotográfico de la familia de la autora.

“Estuve rascando todo lo que pude, pero no sabemos quién es ella”, comentó Laura Vivar acerca de la mujer a la que se ve rodeada de niños en la foto de tapa.

“Creemos que ubicamos a uno de los niños como primo de mi padre, pero no conseguimos ubicarla a ella. Lo que sí ubicamos es el arquetipo de esta señora vestida por entero de negro. En la cubierta no se ve, porque la foto está cortada, pero hasta los calcetines son negros, las alpargatas también.

Obviamente, es día de fiesta porque los niños van de blanco, pero ella va de luto”.

Este fragmento, que forma parte de la novela Tocan a muerto, habla del luto riguroso al que eran sometidas las mujeres en los pueblos. Un luto que podía durar años, a veces toda una vida, que llevaba a tapar los espejos de la casa para que el muerto no se reflejara en ellos, a cubrir las bombillas con telas negras y hasta a teñir de negro las sábanas. El mismo luto que lleva la mujer de la foto elegida para la tapa de Tocan a muerto, que forma parte del archivo fotográfico de la familia de la autora. “Estuve rascando todo lo que pude, pero no sabemos quién es ella”, comentó Laura Vivar acerca de la mujer a la que se ve rodeada de niños en la foto de tapa. “Creemos que ubicamos a uno de los niños como primo de mi padre, pero no conseguimos ubicarla a ella. Lo que sí ubicamos es el arquetipo de esta señora vestida por entero de negro. En la cubierta no se ve, porque la foto está cortada, pero hasta los calcetines son negros, las alpargatas también. Obviamente es día de fiesta porque los niños van de blanco, pero ella va de luto”.