Libertarios de la expresión

Por: Agustín Espada

Milei y sus alfiles son los matones del debate público, analógico y digital, virtual y territorial.

Para el gobierno de Javier Milei es tan importante la comunicación que su candidato en la primera elección legislativa local pero de calibre nacional es su vocero: Manuel Adorni. La construcción política del gobierno de La Libertad Avanza tiene en la comunicación uno de sus pilares. Como hace tiempo no se ve, el gobierno avanza en una disputa tan material como simbólica. Las discusiones son culturales y apuntan a la transformación del sentido común argentino. En todas sus facetas.

En ese ejercicio comunicacional, el periodismo es una actividad desechable. Los tiempos de construcción de una mística y un relato por parte del gobierno libertario prescinden de los hechos y de las verdades. Del pensamiento científico y de la actividad periodística. Te quiero, te odio, dame más pero no me importa si pasó. Es uno de los gobiernos con mayor conocimiento y experiencia en la gestión de la opinión pública y está dispuesto a todo.

El gobierno y sus principales figuras construyen su relación con los medios de comunicación y el periodismo con la voracidad y prepotencia del que siempre va a ganar. Su construcción de origen televisiva pero de afianzamiento digital le da la experiencia suficiente para conocer que de todo se puede volver. Lo importante es gritar y hacerse notar. Milei y sus alfiles son los matones del debate público, analógico y digital. Virtual y territorial.

En el primer escenario, las redes sociodigitales se transforman en un escenario dominado por trolls, influencers y replicadores que se comportan como un verdadero ejército comandado desde las oficinas de la Casa Rosada. Las principales cuentas, perfiles y canales actúan con objetivos de corto, mediano y largo plazo. Persiguen, doxean, agreden e instalan. Toda crítica al gobierno que alcanza cierta visibilidad digital es embestida. Y no importa si son propios. Este ejército también juega a las internas y se ha cobrado varias víctimas entre las líneas propias. Son militantes que trabajan de la gestión del discurso oficial en redes y cobran de la nuestra.

En el mundo analógico y territorial, las cosas funcionan más o menos parecidas. Es el presidente, muchas veces, el que se encarga de enfrentar a los periodistas desde los micrófonos de alguno de los muchos que tiene a disposición (disciplinados por los negocios empresariales). Pero en la calle la coerción se hace efectiva también con castigos materiales y físicos. Desde la gestión opaca de los miles de millones de publicidad oficial que reparte hasta la represión a Pablo Grillo.

La centralidad de la comunicación como herramienta de poder se expresa en la figura de Santiago Caputo, todoterreno y todopoderoso en la gestión. Estratega y ejecutor, se imagina mártir de un proyecto de liberación. Al menos eso dejó entrever cuando les dijo a Maia Jastreblansky y Manuel Jove, en su libro El Monje, que estuvieran seguros “de que el plan de Javier va a salir. En lo que a mí se refiere, no hay chance de que yo termine bien”. Pero si bien no se sabe cómo terminará, sí se sabe que su comienzo y andar son erráticos.

Eso expresó su actitud amenazante y amedrentadora hacia Antonio Becerra, reportero gráfico que lo abordó en su ingreso al último debate de candidatos a legisladores de CABA. Caputo se propuso doxear a Becerra, como hace su ejército en redes, pero confundió un escenario territorial con uno virtual. Esa misma confusión se expresa en la construcción de una figura política “sin cargo”, que pretende un perfil bajo y oscuro, de armador y titiritero, pero no se resiste a la notoriedad, la interacción y transformarse en tendencia.

Para el gobierno libertario de Javier Milei la libertad de expresión es prescindible. Y el periodismo, como una actividad fundamental para su garantía, es carne de cañón. En las calles y en las redes. La búsqueda por controlar la imagen y la palabra no admite interpretaciones u opiniones disidentes.

Pero, como la ejecución del poder político demuestra al gobierno desde hace meses, virtualidad y territorialidad no se comportan de igual manera. Mientras en redes, los alfiles del poder pueden perseguir hasta silenciar e invisibilizar (con ayuda de los jeques digitales), la territorialidad muestra lentes que no se bajan ante gestos amenazantes o teclados que siguen escribiendo ante el amedrentamiento oficial. La libertad de expresión es un derecho constitucional en Argentina, le pese a quien le pese. O doxeen a quien doxeen.  «

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