Podría hablarse del formidable dúo Lidia Borda – Ariel Ardit. Pero la honestidad impone decir que los hermosos cantantes son la cara visible de lo que en verdad es un cuarteto que completan Daniel Godfrid y Andrés Linetzky. El sonido expresado en Somos es una de esas maravillas no habituales a las que nos tiene acostumbrados la música popular argentina; captura la magia de un formato poco usual: dos voces y dos pianos. El registro en vivo de cuatro shows que Borda – Ardit dieron en el Torquato Tasso (responsable de que se volvieran a juntar) en los últimos años tiene formato de disco desde diciembre pasado. Y el próximo 20 de junio tendrá una nueva presentación, la primera con el disco en la calle. Aquí hablan de cómo surgió Somos, cómo terminó convertido en disco y qué esperan que pase el 20.
-¿Somos es el cierre de una etapa?
Ariel Ardit: No, para nada. Es una presentación de disco, lo que significa que cerramos un inicio. Llevamos cuatro años con el espectáculo, pero paradójicamente no hicimos giras extensas ni salimos a cantar a todas las provincias. Entonces uno saca el disco con la ilusión de que tenga más difusión para poder tener más laburo y más presentaciones. La idea es la continuidad.
Lidia Borda: Exacto. De hecho, es un espectáculo que fuimos haciendo de a poco. Hicimos funciones en Córdoba, Mar del Plata y Entre Ríos cuando todavía el disco no existía como objeto. Ahora que está la grabación, la intención es que el formato crezca.
-Son dos pianos y dos voces. ¿Esa austeridad es una decisión artística?
A.A.: Es una decisión muy consciente. Hay tanta música producida con máquinas y artificios que a nosotros lo que nos encanta es esto de las dos voces en comunión con los dos pianos. Es un formato poco usual. Cuando nos convocaron para hacer el show, teníamos dos caminos: hacer lo que se hace habitualmente -cinco temas cada uno y un par de dúos al final- o inventar algo distinto.
L.B.: Ahí apareció un conflicto hermoso. Nosotros tenemos dos directores musicales, uno cada uno, y los dos son pianistas. Al decidir la formación, ninguno de los dos quería renunciar a su director. Dijimos: “Es ridículo, ¿cómo se sostiene un concierto con dos pianos en vez de un trío o un cuarteto?”. Pero el capricho, o la curiosidad, nos llevó a intentarlo. Andrés y Daniel, los pianistas, se llevan súper bien y son muy cómplices. Eso se nota en la música.

-¿Cómo fue la elección de los temas?
L.B.: El repertorio se armó como un relato. Respetamos lo que iba apareciendo en la intimidad del encuentro. Cada uno traía canciones que lo representaban y, de repente, se iba construyendo una continuidad dramática. Por ejemplo, cuando nos metimos con Sandro fue porque los dos tenemos un amor fuerte por él. Yo lo saqué de la galera por recuerdos infantiles.
A.A.: La columna vertebral de este show, y lo que nos interesó que quedara grabado, son los dúos. La mayoría de los arreglos fueron preparados específicamente para este espectáculo: los contracantos, los climas, todo fue creado para esto. El único tema que venía de antes es “Paisaje”, un vals hermoso que yo grabé como invitado para un disco de Lidia en 2001. Ese fue, de alguna manera, nuestro primer tema juntos.
L.B.: Claro. Ahora no, pero daba inicio al concierto que hacíamos en el Tasso. De alguna manera es nuestro primer tema juntados (término que provoca el chiste de Ardit sobre la chica juntada, como antaño se decía de la mujer en pareja que no se casaba).
A.A.: Lo piola de esto es que tranquilamente podríamos haber hecho un show más afanado, si se quiere, con todo respeto para los que afanan ese tipo de show: cantá vos los cinco tuyos y yo los cinco míos. Y el laburo que hubo fue realmente armar un repertorio a dos voces con arreglos hechos a dos pianos. Lo primero que empezamos a hacer cuando vimos que era un show que tenía como 30 temas fue sacar “Mariposita”, “La luz de un fósforo”, sacar los temas que Lidia ya había grabado, y nos quedamos esencialmente con las cosas que pertenecen a este show. Decidimos armar un repertorio a dos voces que no está en otro lado.
-En la grabación se pueden sentir hasta los suspiros.
L.B.: El vivo tiene esa cosa de la polenta que uno encuentra, de la energía, de algo que en estudio es más difícil de encontrar. Una cosa aparte: a mí me gustaba mucho Palo Pandolfo, me gusta mucho y grabé con él alguna cosa. Era increíble cómo lograba ese apasionamiento dentro del estudio, similar al que conseguía arriba del escenario. Pero eso es algo difícil de conseguir. No está la motivación del público, de la escena, del compartir, del estar en una situación que a nosotros nos apasiona porque justamente eso es lo que a nosotros nos gusta: estar arriba de un escenario.
–¿Cómo fue la curaduría?
L.B.: Ese es un laburo chino que tiene nombre y apellido: Daniel Godfrid. Nosotros participamos, pero él organizó todo: horas y horas frente a la computadora, abriendo los proyectos de las cuatro noches que trabajamos. Obviamente nos dejó toda la libertad para elegir la escucha de cada uno independientemente y seleccionar las tomas que más nos gustaban. Daniel se puso al hombro todo eso.
-¿Es la única fecha o piensan agregar más?
A.A.: En principio es una. Veremos cómo va. La Trastienda tiene una programación muy abierta y siempre se puede volver a programar. Una vez que el formato quede armado, seguro agregaremos.
L.B.: Está pasando por un momento interesante. Se ha renovado, está preciosa, con una artística muy convocante. Es casi un oasis porque la realidad de los espectáculos en Argentina es compleja, difícil. Nadie está excluido de eso. Pero La Trastienda se llena, tanto con artistas locales como con músicos de afuera. Se ha recuperado una mística que tal vez había perdido.

-¿Hay alguna fantasía que cada uno espera descubrir en este show?
A.A.: Que esto dure y que no nos cansemos. Cada vez que lo hacemos lo disfruto mucho. Y para mí ya está completo. No tiene que ver con la cantidad de gente que nos vaya a ver o no. Tiene que ver con ese disfrute. Esa era mi fantasía y ya está cubierta.
L.B.: Eso por un lado. Yo lo admiro también y lo quiero mucho. Cuando vos compartís con otros el escenario puede haber una guerra de egos. Y si no, puede haber una comunión. Y con Ari logramos la comunión. Lo que más busco cuando estoy en el escenario es que circule la emoción. Cuando circula la emoción, ahí yo ya me doy por hecha, estoy satisfecha. Cuando conectás con el músico que está cantando con vos, con el público. Y eso pasó cada vez que nos unimos con Ari en el escenario. Te lo juro que es algo que no pasa siempre. Y es lo más satisfactorio de todo. Es el éxito. Cuando estamos arriba del escenario nos miramos cantando una canción a dúo y somos capaces de llorar los dos después de haberla cantado quince veces. Y eso es algo que para mí no tiene explicación.
A.A.: Yo estoy más llorón últimamente. Y a veces me pasa.
-Puede ser un pecado mortal para un cantante.
A.A.: No le doy bola. Antes me fijaba en la técnica, pero ahora no le doy bola. Trabo la panza para que no se me cierre la garganta, pero ya no me importa nada; si lloro, lloro.
Somos. Lidia Borda y Ariel Ardit
Con Daniel Godfrid y Andrés Linetzky: pianos y arreglos. Sábado 20 de junio a las 21 en La Trastienda (Balcarce 460, Ciudad de Buenos Aires).
