Cada vez que veo en el celular que tengo una llamada perdida, me siento tan apenada como si estuviera atravesando un duelo. ¡Una llamada perdida! ¡Perder justo una llamada en un momento en que son tan escasas! Hasta se considera de mala educación llamar por teléfono sin avisar y los mensajes de audio generan broca en quien los recibe porque lo obligan a escuchar, costumbre que se ha perdido. Curiosamente, hemos vuelto al pasado. Ahora escribimos sobre tabletas como las tabletas de arcilla que comenzaron a usar los pueblos de la Mesopotamia unos 3000 años antes de Cristo, pero iluminadas como carteles de neón.
Curiosamente, en la era de la comunicación tenemos la voz restringida. Hoy, nadie escribiría, como lo hizo Alberto Migré en los ’90, un teleteatro llamado Una voz en el teléfono no sólo porque también hemos perdido los teleteatros lacrimógenos de amores desesperados, sino porque el llamado sin fundamento “teléfono celular” se usa para muchas cosas, pero no para hablar por teléfono. También hemos perdido ese aparato negro, pesado y solemne que solía presidir el living y con el que sólo se podía hablar con alguien ausente. Su solemnidad era una marca de la importancia que tenía el diálogo telefónico. Hoy el teléfono es apenas una feta de tecnología digital que se guarda en el bolsillo o en la cartera.
Por la exigencia de poner por escrito nuestros mensajes en medio del torbellino en que se ha convertido la vida diaria, hemos perdido también la grafía de algunas palabras. Ahora el vocablo ‘porque’, al que sucede necesariamente una explicación, se ha convertido en una suerte de centauro lingüístico con cabeza de signo matemático y cuerpo de letras. Yo no quiero que me multipliquen las explicaciones con un xque, sólo aspiro a que me den una explicación cierta.
Debido al exceso de caprichosas abreviaturas los mensajes de texto parecen escritos en caracteres cuneiformes con una caña de bambú y a veces resultan inentendibles. Parece que las palabras también comienzan a perder su sentido.
Junto con las llamadas también estamos perdiendo el cuerpo. A esta altura la desmaterialización es un hecho. A diario me llegan gacetillas que informan sobre determinados eventos pero no indican dónde se realizan, como si todos fuéramos seres virtuales que vivimos en el monoambiente de la laptop o en la casona de la PC, que no es la abreviatura de Partido Comunista, sino de Personal Computer. Lo aclaro por las dudas. Tanto hemos perdido la corporalidad, que hasta desconfío de que siga habiendo misas “de cuerpo presente”.
Esto no es en absoluto un manifiesto contra la tecnología. Negar su utilidad y oponerse a ella sería tan necio como escribir un manifiesto político contra la lluvia. Es más bien un manifiesto contra las pérdidas, contra las conquistas que se pierden de la noche a la mañana.
Volviendo a las llamadas perdidas, no es que no sepa que es posible llamar al número que alguien marcó en vano y atender el llamado al que no respondimos en su momento. Tampoco es que sea una persona hipersensible o quisquillosa. Es que siento que vivimos en El país de las últimas cosas, la novela de Paul Auster en la que todo se pierde y que comienza así: “Estas son las últimas cosas – escribía él-. Desaparecen una a una y no vuelven nunca más. Puedo hablarte de las que yo he visto, de las que ya no existen; pero dudo que haya tiempo para ello. Ahora todo ocurre tan rápidamente que no puedo seguir el ritmo. No espero que me entiendas. (…) Estas son las últimas cosas. Una casa está aquí un día y al siguiente desaparece. Una calle, por la que uno caminaba ayer, hoy ya no está aquí”.
En materia de desapariciones nuestra historia reciente ha ido bastante más allá que la novela de Paul Auster, aunque muchos lo nieguen o lo reduzcan a un simple tema de cuantificación. ¿Será por eso que no reaccionamos frente a las pérdidas?
Poco a poco hemos perdido la capacidad de asombro. Ningún disparate nos parece asombroso, nada nos escandaliza. También parece que gran parte de la población perdió la capacidad de distinguir entre una promesa y una amenaza y hace dos años se infligió un daño contra sí misma en las urnas. Hoy, haciendo gala de la desaparición de la lógica y de los protocolos El Elegido se pasea por el país y el mundo en mameluco como si fuera Osías el osito, que en mameluco paseaba por la calle Chacabuco, según dice María Elena Walsh en «Marcha de Osías», una canción que, significativamente, apareció en un disco que se llamó El país de Nomeacuerdo. Dicen que El Elegido también es una víctima de la pérdida porque ha perdido la razón, pero no sé si eso es verdad. “Algunos se hacen los locos para no ir a la guerra”, solía decir mi abuela materna.
Si hiciéramos una lista –género que Georges Perec consagró como género literario- de lo que perdimos y seguimos perdiendo podríamos escribir una larga novela que iría desde la dignidad nacional hasta “las cosas que perdimos en el fuego”, para decirlo con el título de un libro de Mariana Enriquez.
No me llamaría la atención que en breve, para fomentar el turismo extranjero que en este me momento es tan escaso, los publicitarios usaran un eslogan como “Conozca Argentina aunque sea cara. Pero apúrese, visítela antes de que desaparezca”.
De todos modos, a veces me sorprendo tarareando la canción de Fito que comienza diciendo: “¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón”. «