Con el asesinato de Ali Larijani, secretario del Consejo de Seguridad iraní y exjefe del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), Israel eliminó uno de los últimos líderes con los que occidente podía encontrar contraparte para llegar a algún tipo de acuerdo dentro del país persa. Hombre nacido en una de las familias más cultas Irán, con sólido conocimiento del pensamiento occidental y doctorado en filosofía con una tesis sobre Emmanuel Kant, había sido designado para encabezar la resistencia por Ali Jamenei para el caso de su desaparición física. Y en Estados Unidos confiaban en que podría ser el personaje para llevar adelante una transición luego de la guerra desatada junto (¿por?) Israel el 28 de febrero pasado con el asesinato precisamente del ayatolah y sus familiares cercanos. Larijani tenía predicamento en las fuerzas armadas, en los dirigentes políticos y también entre los religiosos chiítas, como hijo de Hashim Ardashir Larijani, un clérigo de renombre que murió en 1993. También con Larijani fueron eliminados un hijo, una hija y los guardaespaldas, en su casa, durante un bombardeo nocturno el lunes en que también fueron atacadas las residencias vecinas del barrio de Teherán donde vivía.

Este golpe tiene aristas técnicas bien determinadas para su concreción: Donald Trump había ofrecido 10 millones de dólares de recompensa por información que llevara a su paradero, aunque había establecido contactos diplomáticos con él. Por otro lado, es posible que hubiese sido detectado por la aplicación de Palantir, la empresa de vigilancia creada por Peter Thiel que usa Inteligencia Artificial para determinar objetivos militares, y que en Gaza tuvo su bautismo de fuego. O, más sencillamente, que los servicios israelíes, el Mossad, le hubieran plantado un agente que habría ganado su confianza desde hace décadas. Algo similar habría ocurrido en la noche de martes a miércoles para detectar al jefe de la Inteligencia iraní, Ismail Jatib, también eliminado junto a su familia en su residencia, según Israel.

Desde el punto de vista táctico podrían parecer todos ellos golpes brillantes, aunque a mediano y largo plazo quizás sea el mayor error en una guerra que de por si pinta para desastrosa para los intereses estadounidenses y para la paz del mundo. Israel muestra desde hace años un particular ensañamiento contra los negociadores políticos de sus enemigos, lo que dificulta la posibilidad de alcanzar acuerdos. Y puntualmente elimina a todos los líderes tanto de Hamás como de Hezbolah en una escalada sin fin. En septiembre pasado asesinó el Doha a los altos mandos de la organización de resistencia islámica gazatí que estaban llevando adelante una mesa de diálogo con Tel Aviv. De hecho, hasta el es primer ministro Isaac Rabín fue asesinado en 1995 por un fanático extremista israelí. Rabín había firmado dos años antes los Acuerdos de Oslo con el líder palestino Yasser Arafat.  

El caso es que, mientras desde Tel Aviv mostraban como un logro el asesinato de Larijani y todavía desde Teherán no había confirmación oficial, en la cuenta de Larijani en la red X se publicó un obituario de los marineros muertos cuando un submarino estadounidense hundió a la fragata iraní Iris Dena en aguas internacionales del Océano índico.

“Su memoria permanecerá siempre en el corazón de la nación iraní, y estos mártires sentarán las bases del Ejército de la República Islámica dentro de la estructura de las fuerzas armadas durante muchos años. Ruego a Dios Todopoderoso que les conceda a estos queridos mártires el más alto rango”, decía en farsí el texto en la cuenta de X.

Al mismo tiempo, y casi en simultáneo, el jefe del Centro Nacional Antiterrorista (NCTC), Joe Kent, posteaba una carta abierta a Trump en la que le informaba al presidente de su país: «No puedo, en conciencia, apoyar la guerra en curso en Irán. Irán no representaba una amenaza inminente para nuestra nación, y está claro que iniciamos esta guerra debido a la presión de Israel y su influyente lobby estadounidense».

Si ese lobby, como todo indica, quería seguir la guerra y solo apuesta a generar un caos que colabore para la destrucción del estado islámico, la mejor opción era sacar del medio a Larijani y a todos quienes en su lugar busquen la paz en la región. Por otro lado, cada vez son más en Estados Unidos los que piensan que esa tesitura de “seguidismo a Israel” viola los compromisos electorales de Trump. Y le hacen saber con mayor énfasis que llegó a su segunda presidencia con la promesa de no meterse “en guerras estúpidas”. Por eso a medida que los que ayudaron a construir el MAGA (Make America Great Again) van dejando el barco por lo que sienten como una traición, va creciendo el rechazo en la sociedad en general a una guerra que ya es la más impopular de todas las que desarrolló el imperio en su profusa historia belicista. Uno de ellos es Joe Rogan, un presentador de podcast, donde no abunda en ideas de izquierda precisamente pero recordó las promesas incumplidas y llamó a la guerra en Irán de “una locura”.

A todo esto, la muerte de Larijani puede generar una radicalización aún mayor entre las fuerzas que controlan la nación persa. Este filósofo por vocación, pero estratega militar y político por necesidad, representaba un ala más moderada y si se quiere “occidentalista”. Había ocupado varios cargos en la estructura del poder en Irán y en 2015 había sido el negociador con el gobierno de Barack Obama del plan nuclear conocido como el «Acuerdo 5+1» que ni bien asumió Trump, en 2018, tiró a la basura. Como se dijo mas arriba, su tesis doctoral en la Universidad de Teherán fue sobre Kant. Lariani había estudiado también matemáticas y el tema de su trabajo final fue precisamente el método matemático en la filosofía kantiana. Escribió también algunos textos sobre la metafísica y las ciencias exactas, y la intuición y los juicios sintéticos a priori en la filosofía de Kant.

Un invisible lazo liga, en el fondo, a la muerte de Larijani y el filósofo que nació, vivió y murió en Könisgsberg entre 1724 y 1804. La que fuera capital de Prusia desde 1945 quedó en manos de la Unión Soviética y ahora de la Federación de Rusia. Ahora conocida como Kaliningrado, es un enclave de poco mas de 15.000 kilómetros cuadrados ubicado como una cuña entre Polonia, Lituania y el mar Báltico, y en el marco de la guerra en Ucrania se convirtió en un punto álgido en el que no pocos temen algún tipo de estallido que lleve a una confrontación abierta de Rusia con los vecinos. Ya ocurrió desde 2022, con el bloqueo parcial al tránsito ferroviario entre el oblast y el territorio ruso.

Irán, a esta altura, es una llama ardiente que puede arrastrar no solo a Estados Unidos sino al resto del mundo a una tercera guerra mundial. De no imponerse el imperativo categórico de Kant: “Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre al mismo tiempo como principio de una legislación universal”.