Darío Lopérfido, gestor cultural, ex funcionario y protagonista de intensas controversias públicas en la Argentina de las últimas décadas, murió este viernes como consecuencia de una Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), enfermedad neurodegenerativa que él mismo había hecho pública en un artículo de tono descarnado y personal. Tenía 61 años

La noticia fue confirmada por allegados a su familia. En los últimos meses su estado de salud se había deteriorado de manera acelerada. Fiel a su estilo directo y provocador, Lopérfido había decidido anticiparse a los rumores y contar en primera persona el diagnóstico en un texto publicado en el sitio Seúl, donde abordó la enfermedad con crudeza y sin concesiones retóricas.

“Tener ELA es una mierda. No por la posibilidad de morir, que me tiene sin cuidado. La vejez me resulta odiosa; morir sin atravesar esa catástrofe humana, en cambio, me parece un alivio”, escribió entonces. En otro pasaje, describió lo que consideraba la particularidad más desoladora del cuadro: “El problema de la ELA es que es una enfermedad sin épica. Un buen cáncer te da todo un tiempo con tratamientos espantosos durante el que podés aparecer pelado y decir ‘yo le voy a ganar al cáncer’. En la mayoría de los casos, el pelado se muere. Pero le deja un legado a su familia: que pueden decir ‘cómo la peleó’”.

El texto circuló con rapidez en redes sociales y fue leído tanto como un gesto de honestidad brutal como una última intervención pública coherente con la personalidad de quien, a lo largo de su carrera, se caracterizó por el tono frontal y la voluntad de confrontar.

Gestión pública y cultura

Nacido en Buenos Aires el 5 de junio de 1964, Lopérfido, desarrolló una carrera que combinó periodismo, gestión cultural y actividad política. Durante la presidencia de Fernando de la Rúa fue secretario de Cultura de la Nación y luego secretario de Medios de Comunicación. 

En ese período, integró el llamado Grupo Sushi, un núcleo informal de jóvenes funcionarios y asesores que rodearon a De la Rúa, primero en la Ciudad y luego en la Rosada. El mote —acuñado con ironía por la prensa— aludía a su perfil urbano, cosmopolita y de clase media acomodada, en contraste con la tradición más austera del radicalismo histórico. Entre reuniones políticas y cenas en restaurantes de moda, el Grupo Sushi simbolizó una renovación generacional dentro de la Alianza, pero también fue blanco de críticas que lo señalaban como expresión de una dirigencia distante de la crisis social que se profundizaría hacia el final de ese gobierno.

Su vida privada también tuvo momentos de fuerte exposición pública, especialmente durante su relación con la guitarrista y compositora María Gabriela Epumer, figura central del rock argentino de los años ochenta y noventa, integrante de bandas como Viuda e Hijas de Roque Enroll y colaboradora habitual de Charly García. La relación, que unió a un funcionario con una artista de culto, concentró atención mediática en una época de creciente interés por la vida íntima de los personajes públicos. Tras la muerte prematura de Epumer en 2003, Lopérfido la recordó en distintas entrevistas como una figura decisiva en su vida personal, en un registro muy distinto al tono confrontativo que solía adoptar en el debate político.

Lopérfido y el PRO

Años más tarde, de regreso en el ámbito porteño, ocupó cargos durante la jefatura de Gobierno de Mauricio Macri, entre ellos el de ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires.
En esa función impulsó reformas en el funcionamiento de organismos artísticos y promovió una agenda orientada, según definía, a la profesionalización de la gestión y la ampliación del acceso a bienes culturales. Sus detractores, en cambio, lo acusaron de imprimir un sesgo ideológico en las políticas culturales y de confrontar innecesariamente con sectores artísticos.

Su paso por el Teatro Colón, donde se desempeñó como director general, fue uno de los capítulos más visibles de su trayectoria. Allí promovió una política de coproducciones internacionales y una reorganización administrativa que, según sostuvo, permitió mejorar la programación y la proyección internacional de la sala. Sin embargo, también enfrentó conflictos sindicales y críticas por decisiones de gestión.

Antes y después de esos cargos, Lopérfido mantuvo una presencia activa en el debate público, con intervenciones en medios de comunicación, columnas de opinión y participación en foros culturales. Su figura quedó asociada tanto a la modernización de estructuras culturales como a polémicas declaraciones sobre la historia reciente argentina, que generaron fuertes rechazos y pedidos de renuncia por parte de organismos de Derechos Humanos y sectores políticos.

La polémica y el desgaste

Uno de los episodios que marcó un punto de inflexión en su carrera fue su cuestionamiento público de las cifras de víctimas de la última dictadura militar. Aquellas declaraciones provocaron una ola de repudios, movilizaciones y finalmente su salida del Ministerio de Cultura porteño en 2016. Lopérfido defendió entonces el derecho a revisar datos históricos y denunció lo que consideraba una utilización política de la memoria.

Ese episodio consolidó su perfil como figura polarizante: para algunos, un funcionario dispuesto a desafiar consensos; para otros, un dirigente que cruzó límites inaceptables en temas sensibles para la sociedad argentina.

Tras dejar la función pública, continuó vinculado a proyectos culturales y mantuvo presencia en medios y redes sociales. Su estilo, caracterizado por la ironía y el tono desafiante, no se atenuó con el paso de los años.

En el plano vida personal, volvió a tener una pareja conocida: en 2014 se casó con Esmeralda Mitre, la heredera del diario La Nación. El matrimonio finalizó a principios de 2018 y un año más tarde, junto a Vinnie Blache Spencer, tuvo a su hijo Theo.

La revelación de la enfermedad

El artículo publicado en Seúl, meses atrás, mostró otra faceta. Sin abandonar la ironía, Lopérfido describió el avance de la ELA, enfermedad que afecta progresivamente las neuronas motoras y provoca debilidad muscular, dificultades para hablar, tragar y respirar.

Lejos de apelar a la épica del combate contra la enfermedad, eligió desmontarla. “La ELA es una enfermedad sin épica”, escribió, marcando distancia con la narrativa habitual de lucha y superación. Esa reflexión fue interpretada por muchos lectores como un gesto de lucidez y coherencia con su visión crítica de los relatos consoladores.

En el texto también cuestionó la idealización de la vejez y expresó una mirada pragmática sobre la muerte. Esa franqueza, que en otros contextos le valió reproches, fue en este caso leída como un acto de valentía.

* Para Noticias Argentinas