Después de una espera de casi diez años, Lucrecia Martel vuelve con una película que no se parece a nada de lo que había hecho antes. No sólo porque esta vez optó por el formato documental, sino porque además se propuso que la debía entender hasta un chico de diez años. Su objetivo es que llegue a todos los públicos posibles. Es que lo que cuenta en Nuestra tierra tiene que ver con un tema que le importa mucho: el mito fundacional del país que tanto ama. La película, que llegará a las salas este 5 de marzo después de haberse exhibido en festivales, trata del juicio por el asesinato de un cacique indígena en Tucumán. Pero partiendo de esa historia, que la atrapó ni bien la conoció en 2009, la directora despliega un abanico de temáticas que le parece importante exponer.

Martel nació en 1966 en Salta, donde reside otra vez desde la pandemia. Formó parte del “nuevo cine argentino” y deslumbró ya con su ópera prima, La ciénaga (2001), considerada por muchos una de las películas más importantes del siglo XXI a nivel mundial. Con su característico bastón y sus lentes de nácar, a veces un cigarro en la mano, recorre cómoda los foros de cine del mundo y es considerada una de las figuras más influyentes del cine latinoamericano contemporáneo.

Su estilo es muy personal: narrativas fragmentadas, gran atención al sonido, climas densos y una mirada crítica sobre la clase media y alta. Después de su debut vinieron La niña santa (2004), protagonizada por María Alché, la coguionista de su nuevo trabajo; La mujer sin cabeza (2008), un thriller psicológico sobre la culpa; y Zama (2017), en la que adaptó la novela homónima de Antonio Di Benedetto, ambientada en la América colonial, una indagación que profundiza ahora.

Nuestra tierra es su primer largometraje documental y se estrenó el año pasado en el Festival de Venecia. Sigue el juicio oral y público por la muerte del líder indígena Javier Chocobar, asesinado en 2009 en la comunidad Chuschagasta, en la provincia de Tucumán, en medio de un conflicto por la propiedad de las tierras. Murió por los disparos realizados por un expolicía que junto a dos cómplices intentó desalojar a la comunidad para favorecer al funcionario público y emprendedor minero Darío Amín. Afortunadamente, los hechos quedaron registrados en un video que se difundió en Internet, que hizo que los intentos de la Justicia local de cajonear el hecho no fueran del todo alcanzados.

El proceso judicial es el eje para explorar las raíces históricas del despojo de tierras indígenas, el colonialismo y el racismo institucional en la Argentina. Martel combina imágenes del juicio, material de archivo, entrevistas con miembros de la comunidad y otros registros (como fotografías familiares) para construir un relato que articula una historia más amplia sobre la memoria, la injusticia y la exclusión histórica de los pueblos originarios.


–¿Por qué esta vez elegiste el formato  documental?

-Medio que fue sucediendo. Requetecontra pensé qué podía ser más efectivo. Y había demasiados elementos que, pasados a la ficción, no hubiesen sido tan efectivos para comunicar el problema y compartirlo emocionalmente. Sentí durante muchos años que no era yo la persona para hacer este documental. Pero la historia me metió en esto porque había visto eso, porque fui, porque me contacté. En un momento pensé: bueno, ordeno el archivo de la comunidad, escaneo las fotos. Esa va a ser mi colaboración. Que tengan por lo menos todo un material documental de la causa. Todo eso lo hicimos y ya se lo hemos entregado. Y después pensé que el problema tenía mucho que ver con el cine también, que estaba muy relacionado con cierta crisis del cine, de la que me siento muy parte: quiénes somos y toda la confusión que es ser argentino. Y entonces pensé que lo tenía que hacer. Nunca me imaginé que me iba a llevar tanto tiempo. Pero investigar no es tan sencillo y que confíen en vos tampoco. Una de las señoras demoró diez años en hablar conmigo.

-Quizás si contabas lo mismo y ponías a Darín para que interprete a Chocobar tendrías una proyección internacional más grande. Pero hay también un gesto político tuyo en dejar testimonio de múltiples imágenes e historias reales de la comunidad.

-Imaginate que si yo me ponía a hacer una ficción, me iba a perder la forma del habla, las formas estéticas de vestirse. Iba a empezar a ser todo una cosa más mediada por mí. Ojo, para mí puede que alguien lo haga y termine siendo como tantas películas que han sido fundamentales para acercarse a un tema. Pero yo no sentí que era lo que yo podía hacer en este caso.

-Decías que querías que el documental fuera efectivo para comunicar. De hecho, parece tu película con más capacidad para llegar a múltiples públicos.  ¿Eso fue buscado?

-Lo pensé muchísimo. Todo el tiempo le decía al equipo: esta película la tiene que entenderla un chico de diez o 12 años que no fue a la mejor escuela posible, o sea, a una escuela argentina estándar. Mirá, ¿viste cuando uno dice «cómo llegamos hasta acá»? Y no solamente en nuestro país, sino en el mundo. Y, bueno, hay mucha gente que tenía ideas buenas que no las escribió o no las puso en un lenguaje accesible y entonces llega tarde y el mundo se enquilombó. Para mí, la Argentina padece la mala educación de la clase media y la clase alta, la mala educación de los sectores que acceden al poder, sin distinción política. Los sectores que acceden a la industria, al mundo de las finanzas, están maleducados. No logró esa generación, que es la mía, tener un deseo de país para todos.

-Sobre todo quienes detentan el poder económico.

-La industria. Se transformó en esa industria de oportunismos, de ahora me voy por aquí, me voy para allá. Todas las variantes políticas pensando escasísimamente en las pequeñas y medianas empresas, que es lo que vuelve ricos a los países. Hay cosas que nos dejan a las claras que necesitamos tener algunas herramientas para conversar entre nosotros, para pensar sin inmediatamente alinearnos para un lado o para el otro y que se termine la conversación. Es terrible que pase eso.

-El afiche llama mucho la atención porque es Nuestra tierra, pero es un verde que no es de tierra. Parece casi de película de terror clase B. Sos de pensar hasta el último detalle. ¿Qué buscaste ahí?

-Es casi extraterrestre.
Yo siempre voy por ese lado con los títulos. Lo que pensé es que nosotros, cada vez que hablamos de lo indígena, pensamos que estamos hablando de un problema del pasado. Para mí es un problema del futuro. Nuestra nación tiene que revisar el mito de fundación. No podemos seguir peleados con lo indígena. Si algo construyó a toda nuestra nación es el desprecio por el indio. Tenemos que cambiarlo porque es una enorme parte del país. Porque las comunidades serán, no sé, el 2 por ciento, pero descendientes de comunidades es todo el conurbano, por citar sólo un ejemplo.

-La película deja testimonio de un asesinato brutal, pero al mismo tiempo habla de la disputa por la tierra. Cuando empezaste a hacer la película, ¿pensaste que ahora, cuando se estrena, iba a ser tan enorme esa disputa?

-No, eso no me lo imaginaba. Y menos con el nivel de tolerancia con el que estamos dejando pasar estas cosas. Porque lo que está pasando con Palestina, por ejemplo, es aterrador es aterrador. Lo vemos en detalle. Vemos gente quemándose, un pueblo sometido al hambre, el horror. O sea, vemos lo que ya pensábamos que no íbamos a volver a ver, porque lo único parecido a esas imágenes que yo vi es el Holocausto. Y después la cachetada de qué iban a hacer con esa tierra. Una suerte de country/shopping para gente de altísimo poder adquisitivo. Y vos decís: ¡Dios mío! ¡Tan rápido! ¿En la cara de todo el mundo? Expresaron todo con animación y todo, sin caretear nada.

-O como en Venezuela. Secuestran a un presidente y le dicen a todo el mundo que lo único que les interesa es el petróleo.

-Exacto. La preocupación por los narcos nadie la creyó, pero hasta desapareció del discurso inmediatamente una vez que tomaron control de Venezuela. Igual, para mí lo de Venezuela es también el fracaso político latinoamericano. ¿Cómo Latinoamérica no se preocupó también por lo que estaba pasando en Venezuela? ¿Sabés la cantidad de venezolanos fuera de Venezuela, hechos pedazos, que conozco que detestan la intervención de Trump y a la vez tienen una esperanza de volver? Es difícil ahí meterse. Lo que no me imaginé es que iba a ser tan desenmascarada la lucha por la tierra. Porque antes se hablaba de los valores, la democracia, siempre con una excusa moral, porque siempre, la maldad apela a una excusa moral.

-Casi nadie se autopercibe como hijo de puta. Necesitan crear excusas para ellos y para los demás.

-Sabés que yo a veces digo: ¿qué es lo que se dice a sí misma esa gente? O sea, ¿qué se dijo a sí mismo el soldado que fue y le pegó dos tiros a familias que estaban desarmadas? Algo te tenés que decir con lo cual te vas a dormir tranquilo a la noche.

-¿Ya se vio en la comunidad esta película?

-La primera proyección en el mundo fue en la comunidad en agosto del año pasado. Fue increíble. Todos llorando. Era una tensión para nosotros ver el esfuerzo final. Viste que ya llegás debilitado emocionalmente por el cansancio nomás. Era eso más la alegría de haberla podido terminar. Y pienso que recién la normalización del vínculo de la comunidad con la película va a ser cuando la puedan tener en el teléfono, en sus computadoras, en lo que sea. Y eso va a pasar en mayo. Así que no falta tanto.

-¿Te interesa que salga en plataformas?

-A mí me interesa que se la vea hasta en el infierno (risas). Es importante que llegue. Estamos en eso
-Hay un momento de la película en que un guía les muestra a chicos de una escuela un mural de una iglesia que refleja cómo Dios odiaba a los nativos.

-Eran de una comunidad de ahí cerca. Vos decís: ¿cómo puede mostrarles eso justo a esos niños? Ese mural fue pintado en 1945. No sé qué va a hacer la Iglesia con eso. A mí no me gusta que borren las cosas ni que tiren las estatuas. Me gusta que se diga: «Che, Colón está acá, vamos a ponerle un ejército de indios alrededor, estatuas, para que diga otra cosa». Cuando volteás las estatuas que significaron algo doloroso de tu historia, también se borra eso que pasó. Es peligrosísimo. Vos decís: pero, ¿por qué estamos reivindicando a fulano? No, no lo reivindiquemos. Pongámosle la otra estatua y que siga estando presente lo que pasó.

-En la película un miembro de la comunidad dice que Ben-Hur muestra “la hilacha del Imperio”. ¿Tu película también muestra la hilacha del imperio?

-Ojalá. Eso es lo que uno desearía. Ojalá alguien rescate mi película dentro de 50 o 60 años. Es interesante lo de Ben-Hur. Es una película de la que yo diría que es imperialista, mainstream, Hollywood. Pero uno nunca sabe lo que despierta un sentimiento en un humano. Por eso hay que tener mucho cuidado con las prohibiciones. No subestimemos la riqueza del que ve. Y este hombre vio en Ben-Hur una cosa muy concreta. Cuando él dice “me hizo pensar en nosotros mismos”, a mí me rompe el corazón. Yo digo: ojalá alguna vez uno produzca eso. «



Martel es una de las autoras fundamentales del cine latinoamericano contemporáneo.

Martel es una de las autoras fundamentales del cine latinoamericano contemporáneo.



Nuestra tierra

Dirigida por Lucrecia Martel. Escrita por María Alché y Lucrecia Martel. Estreno: jueves 5 de marzo. En cines.




Martel y las nuevas generaciones y el cine

Martel suele decir que el cine no debe pensarse como un fin en sí mismo sino como una forma de contar el mundo y observarnos a nosotros mismos. En conferencias de prensa, especialmente en América Latina, enfatizó que las rutas tradicionales del cine no están sirviendo y que, frente a nuevos modos de producción y distribución, es necesario preguntarse quién narra las historias, desde qué lugar y con qué mirada.

Esto implica que el futuro del cine, para Martel, tiene que depender menos de los grandes centros de la industria global.

-Siempre decís que hace falta que hagan cine personas de las clases más populares. ¿Cómo lo ves en este momento que se complicó todo mucho más?

-Para mí está a punto de estallar eso, porque ya hay muchas herramientas de muy buena calidad y que fácilmente las podés crackear. No para todo necesitás tanto dinero. Incluso grupos de amigos se pueden juntar para comprarlas entre muchos. Lo que falta es tener la liberación mental de imaginar otra forma de hacer cine. Pero técnicamente para mí ya están las condiciones,  va a pasar y está pasando. Nosotros le dimos un taller de cine a los chicos de la comunidad y ahí dejamos una cámara y una computadora para que editen. Sinceramente, creo que la generación que va a dar vuelta esto ahora tiene diez años. Yo siento que nacen ya en otro mundo técnico. Entonces les va a parecer una estupidez esperar toda la vida para hacer una película por plata. Van a decir: «pará, hagámosla de otra manera». Siento que eso va a pasar y es inevitable.