Hay una serie de interrogantes que recorren esta etapa oscura de la vida argentina. ¿Esta sociedad, con la tradición igualitaria que la diferenciaba del resto de Latinoamérica, cambió? ¿Está dispuesta a vivir en condiciones mucho más precarias, resignándose a que así son las cosas, que esa es “la verdad” y que tener mayor bienestar es una ficción? ¿Tan potente fue esta vez el trabajo del aparato de propaganda -que incluye a los medios tradicionales- que lograron un cambio cultural? ¿Fue la pandemia? ¿Fue el 200% de inflación del último año de Alberto Fernández?
Son incógnitas que los cronistas sólo podemos poner sobre la mesa y no responder. Esa es una tarea para disciplinas con mayor profundidad.
Hay algunas señales, sin embargo, de que esta decadencia argentina puede ser momentánea. Un repaso: la mayoría de la población votó dos veces -2023 y 2025- a un presidente que sólo siente desprecio por los mejores rasgos de este país. Es un presidente que se propone destruir los pilares que hilvanan a la población, que generan un «nosotros»: la educación pública, la producción cultural, la investigación científica, los sectores productivos que generan mejores condiciones de trabajo. Todo eso lo hace en nombre de un dogma que no se aplica en ninguna parte del mundo. Es un presidente que ha viajado 16 veces a los Estados Unidos en 27 meses de gobierno y que nunca ha visitado como mandatario las provincias de Formosa, Santiago del Estero, La Rioja, La Pampa, entre otras.
El problema no es que haya argentinos, como Milei o Federico Sturzenegger, que estén más enamorados de sus dogmas que de su país. El problema es que estén en el gobierno. Suelen referirse con desprecio a la Argentina y a su población. Lo expresó con mucha honestidad Demián Reidel, exasesor del presidente. En marzo del año pasado, durante el IEFA (Latin Forum) que se realizaba en Hotel Four Seasons de Buenos Aires, dijo: “El problema de la Argentina es que está poblada por argentinos”. Un hombre sincero.
¿Acaso el presidente Milei no parece más conmovido por los sufrimientos del pueblo de Israel que los del argentino? ¿Está mal? Claro que no. El único dilema es que sea el presidente de la Argentina. Y, además, si admira tanto a Israel, por qué no copia algunas cosas. Por ejemplo: la inversión en educación israelí alcanza al 6,1% del PBI. Milei, al contrario, impulsó que se derogara la ley sancionada durante el gobierno de Néstor Kirchner que apuntaba a que Argentina hiciera lo mismo. ¿Y los kibutz? Generan el 40% de la producción agrícola y, aunque han cambiado mucho en las últimas décadas, siguen teniendo rasgos de un modelo de propiedad comunitaria. ¡¿Qué?! Gritan en la Quinta de Olivos. Comunitaria, no concentrada en un puñado de familias. Sería algo zurdo y comunista para la limitada visión del mundo que tiene el presidente.
Volviendo a la Argentina, las encuestas más recientes muestran que quizás el cambio de la sociedad no sea estructural. La última medición de la consultora Proyección, a la que accedió Tiempo, indica que el 70% de la población considera que su situación económica empeoró o está igual de mal. Hay un 60% que piensa que en el futuro inmediato estará aún peor y sólo un 39 guarda esperanzas de que mejore. Un 57% considera que las políticas del gobierno nacional han tenido un impacto negativo en su vida cotidiana. Las respuestas se emparejan un poco cuando se consulta por el rumbo del país. Un 46% cree que es equivocado y un 40 que es correcto.
Es un pantallazo que indica que la mayoría de la sociedad empieza a percibir que el modelo de ajuste estructural, igual que todas las veces anteriores que se aplicó, no es un leve tránsito hacia una tierra prometida. Es empeorar las condiciones de vida por generaciones. Quizás el país genere una nueva sorpresa, como lo fue Milei. Pero a lo mejor en esta ocasión es que vuelve a parecerse a lo mejor de sí mismo. «